El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Olvido

Respira. Y que sea hondo, por favor. Esta vez, que el aire llene tus pulmones, insuflando vida y muerte en tu pecho.
Y dime, ¿en qué estabas pensando? ¿No lo recuerdas? No importa entonces, ¿verdad que no? Porque, al fin y al cabo, de tantas cosas que olvidamos... Digamos que son cosa del pasado, y que si alguna vez existieron, la cosa no es ya si tenían importancia o no, ni qué eran en concreto. La cosa es que ya no están, y puede, solamente puede, que vuelvan si tenían alguna importancia.
¿Qué sería de aquel castillo que imaginabas, con sus ventanas y estandartes, si no tuvieses que reconstruirlo cada vez que invocas su recuerdo?
Las paredes que crecen entre la hierba, y se alzan pétreas e infinitas bajo la luz de un sol que no existe.
Rompen la línea ondulante de las verdes praderas, recortándose altivas en el horizonte. Ondean en lo alto las banderas, y brillan las ventanas en destellos imaginarios.
Fuegos fatuos que habitan sus pasillos, rompiendo el silencio en ecos de ultratumba, memorias salidas de la nada para poblar pabellones y de piedra inexistente.
Es aquí donde guardas tus memorias, y las pierdes y buscas y rebuscas. Si ya no están aquí, carece de sentido aventurarse más allá de las puertas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

A veces, fantasías

A veces, cierra los ojos y echa de menos aquel piso cochambroso. Cierto es que era un antro, un cúmulo de mierda, un cuchitril. Pero era su cuchitril. Aquel pequeño hueco en mitad de la nada que solo visitaba para emborracharse y dormir.
Solía tumbarse en el sofá y encender la televisión. Abría una bolsa de patatas, una lata de cerveza y de golpe era el rey de aquel pedacito de nada. Aquel salón maloliente, la cocina con los platos sucios apilados. Era el rey de una ratonera llena de basura, pero seguía siendo el rey. Solo le faltaba una corona. Mugrienta y vieja, para que hiciese juego con todo lo demás.
A veces, cierra los ojos y echa de menos aquella casa en el pueblo. Cierto es que era una casa preciosa, amplia, luminosa... pero no es eso lo que añora. Era su casa, de su familia, y allí era uno de los príncipes. El niño mimado de la realeza, que miraba con desdén a la prole de ratas y cucarachas plebeyas que huían a la luz de la linterna.
Solía tumbarse en el sofá y ver la televisión. No había cerveza, ni patatas, pero por aquel entonces no las necesitaba. Solo gritaba por dentro y esperaba que todo acabase.
A veces, cierra los ojos y los gritos de sus neuronas son tan educados que le dejan dormir.

Fantasías delatoras que dibujan sus sueños, mientras las gotas de  lluvia golpean los tendales. Caen sobre ellos con furia, y se desmoronan en mil fragmentos de aguas del cielo. ¿Es la melancolía la que mueve su mano? ¿Quizá la soledad, o una pura y profunda tristeza, lo bastante grande para hacerle llorar, pero no lo suficiente para borrar la sonrisa de su rostro?
Se pregunta a cuento de qué vienen esas frases largas, grandilocuentes. Metáforas bien envueltas que su mente vomita como si fuesen comida en mal estado. Duda a menudo de su capacidad, de lo que es real y lo que no. Y aún así, sin embargo, no obstante, en definitiva se pierde en las propias palabras. Y busca. Y patalea. Y sueña con que sus palabras son suficiente para cautivar el corazón de aquella dama. Y tocar su alma. Pero no lo son, se quedan cortas o se pasan de largo, y ahí está él de nuevo. Solo. Solo sobre las líneas de un papel vacío, descompuesto, desintegrado en una explosión de letras. De la a A a la Zeta. Como gotas de lluvia que golpean los tendales.

lunes, 31 de julio de 2017

What I carried along

May you be the love of my life;
Or the woman who turned me into a monster?
May she be between love and hate;
Or the extremes that are brought along her?

May it be that I'm alone;
Or that you all have stabbed my back?
May that feeling in my bones
Be telling me that everything's bad?

Perhaps it's time for paranoia to run free.
Time for the love to be a thing of the past.
May it be time for me to lay still,
Or to wake up and let it out at last.

Out of my brain and of my thoughts.
The hate and rage I've carried along.

miércoles, 26 de julio de 2017

Hay una hoja flotando en la ría

Hay una hoja flotando en la ría.
Esquiva, se esconde entre rocas
de caluroso día, de noche fría.
Rompe entre el agua de las olas,
y flota sobre la espuma de una mar bravía.
Vive en el puerto entre peces y escoria,
esperando viajar y no hacer historia.

Hay gaviotas entre las velas, los mástiles.
Vuelan y picotean, cayendo en picado;
a solas o en bandada, sobre presas fáciles.
Rompen entre las nubes y gritan, chillan
con rabia y hambre entre pescadores anonadados.
Viven en el puerto sobre peces y escoria,
sabedoras de su propio viaje y de su historia.

Hay hombres entre las avenidas, las aceras.
Ausentes, caminan perdidos por lugar desconocido
y se lanzan a la espera, sin cautela, sin reserva.
Rompen entre llantos y risas, el pecho henchido
en orgullo verdadero; visitantes de medio pelo, creyentes
del servilismo que sonríen entre dientes
pensando "no seamos amables con el servicio".

miércoles, 14 de junio de 2017

Navaja de afeitar

Los de tu calaña viven pensando que lo que hacen no tiene consecuencias... pero no podríais estar más equivocados. Tan errados estáis que a veces dan ganas de reír. Lo que hacéis crea monstruos... creéis que todo se olvida, todo pasa... pero no. Lo que hacéis crea monstruos, te digo. Y sentís el terror cuando estos monstruos se asoman a vuestra puerta.

La bolsa de lona se apartó de su cara con brusquedad, arrancándole parte del pelo en su trayecto. Rápidamente, el frío de una navaja de afeitar acarició su cuello. Quiso gritar, pero estaba amordazado. Quiso correr, pero estaba atado a aquella incómoda silla. Ante él, en lo que podía ver en el círculo iluminado en cuyo centro estaba la silla, solo suelo. Una habitación vacía. Alguien le sujetaba la cabeza, y quiso suponer que era la extraña voz que le hablaba desde la oscuridad.

Esa pobre chica, tan lenta, tan despistada... ese chico tan feo, tan ridículo... esos gemelos a los que vestían siempre igual, y daba para muchos chistes... Lo pasasteis bien haciéndoles daño, ¿verdad? Era por su bien, pensabais a veces. Otras solo era porque os cabreaba su mera existencia. Pensasteis que jamás valdrían nada, que todo seguiría como estaba. Siempre seríais los depredadores, siempre ellos las presas.

Recordó a sus viejos compañeros. Todos se habían desperdigado por el país en trabajos de mala muerte. Todos, sin excepción. Uno de ellos era camarero en el norte, otro barrendero en el sur... y así hasta terminar con la lista de todos los que había considerado amigos. Ahora él estaba solo, sin nadie a quien recurrir, en una habitación que ni siquiera sabía dónde estaba. En una habitación de la que ni siquiera sabía el color de las paredes. Por todo lo que sabía, podía estar a cien metros de su propia casa. Intentó gritar, pero no pudo. La mordaza estaba demasiado apretada.

No te esfuerces. No pidas ayuda. No supliques. Yo ya he tomado mi decisión igual que vosotros la tomasteis hace tiempo. Y no hay nada que temer. Al fin y al cabo, lo que te espera es una parte natural de la vida. Pronto estarás lejos, y no tendrás nadie a quien hacer daño... ni nadie que te haga daño. Olvidarás lo que es ser predador o presa. Lo olvidarás todo. Sonríe para la foto.

Un flash iluminó levemente la sala. En su retina vio a los payasos tras la cámara, riendo y bailando. Una imagen de apenas una fracción de segundo que se quedó grabada en su cerebro mientras la navaja de afeitar cruzaba su cuello de lado a lado. La sangre brotaba de aquella sonrisa siniestra, los ojos se le salían de las órbitas, ahora cegados del todo, intentando ver algo que no fuesen aquellos payasos tras la cámara. Su cuerpo se sacudía intentando alejarse de la silla. Su voz era apenas un gorgoteo que se golpeaba contra la mordaza. Y, poco a poco, la habitación se dejó ver. Borrosa, difuminada, pero se dejó ver. La luz tenue ahora la inundaba, pero los colores desaparecían. No había ningún detalle, no podía distinguir los materiales... solo a una figura que taconeaba entre los payasos, hacia la puerta. Una figura familiar... una persona a la que debió decir adiós.

jueves, 30 de marzo de 2017

Montaña rusa

De arriba a abajo. De abajo a arriba. A veces, el suelo es el cielo y el cielo el suelo. A veces todo es una espiral sin definir, una vorágine de colores surrealistas en la que no se distinguen los detalles. Otras, todo es un mar de calma. Te sientas y disfrutas del viaje. Te sientas y miras a tu alrededor, a vista de pájaro, dejando que pase el viento helado entre tus cabellos, acariciando tu frente, taponando tu nariz. Otras, las menos, estás parado. Estancado. Estás en la espera de que todo caiga, de que el suelo te atrape y te lance contra él en un letal abrazo que solo es frenado por el chirriar de las vías.
Esa sensación en el estómago que al principio es adictiva, luego cansina y al final destruye tu vida, pone patas arriba tus entrañas y fluidos mientras luchas por mantener la compostura. Esa sensación al final te derrota, y se deforma tu rostro en un grito sin palabras, en un golpe de voz largo y doloroso, que quema tus pulmones y los vacía hasta la incapacidad. Te deja, como pez fuera del agua, boqueando y aleteando débilmente, con tus brazos colgando a los lados de tu cuerpo, tus piernas dormidas e incapaces de caminar. Tirado como un muñeco de nieve al sol, que se derrite poco a poco sobre su asiento dejando escapar los fluidos que lo conforman.
Buscas a diestra y siniestra la calma. Buscas en el futuro la próxima meseta que te permita descansar, pero son todo precipicios, giros, vueltas y caminos del revés. Todo está patas arriba y no ves fin. No ves arreglo. No ves forma de cambiar nada. La inactividad te atrapa, la inefectividad se hace forma en ti, y tu impotencia no tiene límites. Tu incapacidad es tu rasgo más fuerte. Solo eres un mueble, nada más. Un mueble molesto al que hay que apartar. Un obstáculo que esquivar para llegar hasta el sofá.
Te mimetizas, te haces pequeño. Evitas que tengan que apartarse demasiado. Te alejas de todos y todas, y todo y toda. Te vas, sin hacer mucho ruido, por la puerta de atrás. Esperando que los demás tengan más suerte de la que tú tuviste. Que puedan con la montaña rusa. Que las losas que cargan no destrocen su columna vertebral. Que todo y nada vuelva a ser una escala de grises. Que haya términos medios y tranquilidad en sus vidas.
En la tuya solo quedan convulsiones y gritos ahogados en una esquina.

domingo, 19 de marzo de 2017

Die Hoffnung - Los perros de presa

Desde una posición discreta como la suya, pero poco a poco cayendo en la ruina, la familia de Mikha'el empezó a ver en noticias, en rumores, y en comentarios, cómo el cerco se iba cerrando sobre su gente. Por pura picardía, el muchacho se lograba zafar de las agresiones y la violencia, cada vez más cercanas, cada vez más peligrosas. Las palizas, los embargos, los robos impunes, cada vez más a la orden del día, se cernían sobre ellos sin rozarlos, pero siempre proyectando una sombra, una presión sobre sus gargantas.
La familia de Rifka, por otra parte, gozaba de una relativa comodidad. Acogidos por el régimen, más como utilidad que como verdaderos amigos, se les mantenía continuamente en el filo de la navaja. Aunque ella no lo sabía, sus padres se veían obligados a ceder cada vez más su honra y sus convicciones para mantenerse con vida, tan endeudados como estaban con el Partido. El matrimonio de su hija con Hans era claro ejemplo de ello, y, aunque él se iba volviendo frío y distante, a ella no se le ofrecía la posibilidad de terminar la relación.
Así, con el tiempo, tanto Rifka como Mikha'el buscaron aislarse de su vida real, ausentándose durante noches, ella casi a escondidas de su familia, y él casi a escondidas del mundo entero, en locales de música oscuros y alejados. Allí donde todo parecía pararse, y a nadie le importaba nada más que bailar y beber. Y tal era su asiduidad que, por pura estadística, no tardaron en volver a cruzarse sus caminos.
Ella bebía tranquilamente, mientras él se mantenía apartado, intentando que nadie notase el hecho de que él no estaba consumiendo nada. Que solo estaba allí por la música y la tranquilidad. Desde su esquina, el joven muchacho distinguió al instante a la joven del pelo oscuro. Bien vestida, alegre como estaba hablando con el camarero con una cerveza en la mano. Era la muchacha de la tienda de discos, y estaba radiante. Dudó si acercarse o no. Rifka estaba prometida. Con un alemán, nada menos. Él solo era un golfillo venido a menos. Un chico de la calle. La clásica historia de Romeo y Julieta, complicada no solo por sus familias, si no por el mundo en el que les había tocado vivir.
Justo ese mundo en el que vivían, al final, hizo la decisión por él. Y, cuando la joven se giró y sus miradas se cruzaron, ambos se reconocieron al instante. Se sintieron atraídos por un imán invisible. Como si sus cuerpos tuviesen la necesidad de buscar el contacto, y sus miradas no pudiesen alejarse la una de la otra. Casi sin darse cuenta, estaban frente a frente.
Si mal no recuerdo, te llamabas Rifka, ¿verdad?
Ella asintió con una sonrisa, y bebió tranquilamente de su cerveza. El camarero, ahora desocupado, se fue sin hacer preguntas, pero dejando caer una mirada de sospecha hacia el joven callejero. Ajenos a ello, los dos enamorados empezaron a hablar.
Gracias por tu ayuda el otro día. El regalo le gustó mucho a Hans... o eso creo, suspiró ella.
¿Eso crees?
Sí, bueno, es que él no es muy expresivo. No pasa nada, estoy segura de que le ha hecho ilusión.
Supongo, repuso Mikha'el mientras miraba a su alrededor. La gente empezaba a mirarles. Aunque no está bien no dejar claro cuando un regalo te hace ilusión.
¿Por qué nos miran?
No lo sé, pero no me parece nada bien... algo huele raro por aquí.
Callados, nerviosos, los dos jóvenes miraron a la puerta justo en el momento en el que se abría, dejando entrar en tromba un grupo de policías. Raudo como buen pícaro que era, Mikha'el cogió a Rifka del brazo, y al grito de "corre", ambos se lanzaron entre el gentío hacia la puerta de atrás. Cuando la patrulla los localizó, la distancia en el bar pareció desaparecer mientras los hombres uniformados corrían tras sus pasos.
En la calle, jadeando y sintiendo la lluvia golpear sus rostros, corrieron lo más rápido que les permitieron sus piernas. La policía seguía detrás de ellos, se lanzaban como perros de presa, ya preparando sus armas para disparar. Mikha'el obligó a la chica a correr en zigzag, y, en mitad de la calle, eso bastó para evitar que sus perseguidores disparasen.
La persecución los lanzó de callejón a callejón, nunca sin salida, gracias a los conocimientos del chico. Finalmente, la joven Rifka vio una vía de escape en la forma de una casa recién embargada que alguien había olvidado cerrar. Con la espalda contra la pared, y aún intentando ahogar sus jadeos, oyeron cómo las botas repiqueteaban en el asfalto a apenas unos metros de distancia. Un sonido que pasó junto a ellos fugazmente, pero en lo que pareció ser una eternidad. Sus corazones, desbocados; sus mentes, intentando ahogar imágenes de captura, prisión, agresión, asesinato...
Creo que ya se han ido... susurró al fin Mikha'el.
Me conocen... me conocen y saben quién es mi familia...