El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La gente de los coches

La gente de los coches parece cansada, agotada, perdida. Aislada del mundo que existe más allá de los confines de su ventanilla. Como si todo el aire de su burbuja de aislamiento se extinguiera, se llevase su alma a una dimensión paralela, inaccesible, inefable. Como si su casa sobre cuatro ruedas se alimentase de sonrisas para moverse por la ciudad.
La gente de los coches, en definitiva, no pierde un minuto, y a la vez pierden horas, días, semanas enteras. Llegan siempre a tiempo, o a veces incluso antes de su momento. A veces se sientan en el mismo coche, frente al volante, fumando con expresión ausente. Y uno, al pasar junto a ellos, tan cerca pero tan lejos, no puede evitar cuestionarse qué piensan. Qué hay tras esos ojos vacíos, tras esa mirada triste y perdida que deja entrever el peso de toda una ciudad sobre sus hombros. 
La gente de los coches está abatida, aplastada por el peso de una vida que no eligieron. De una casa que no es la que quieren. De unos hijos repelentes que no quieren mirar a la cara. De un marido o una mujer que es en realidad la mitad de una esposa. Una esposa atada a la muñeca, más y más apretada cada día que pasa, hasta que al final no se la pueden quitar. Al final es tan parte de ellos como esa alma que han perdido en su casa que no quieren, en sus hijos que detestan. En esa prisión de cuatro ruedas con asientos de cuero y dolby surround.
La gente de los coches tiene el cenicero lleno de colillas.
La gente de los coches tiene una guantera sin guantes, cinturones de inseguridad y una bolsa de aire que les asfixia. Tienen todo y no tienen nada. Tienen deudas, pagos pendientes, dinero perdido. Tienen un alma vacía por culpa de tantas y tantas necesidades. Tantas y tantas responsabilidades.
La gente de los coches lo es todo, y no es nada.

No salgas a por tabaco cuando haya caído la noche.
Corres el peligro de encontrarte a la gente de los coches.

sábado, 17 de marzo de 2018

Post-coitum

Con un jadeo estertóreo, como el resoplido de un animal primario, el rugido una bestia de épocas pasadas y olvidadas. Así es como ambos amantes se separaron. El hombre, aún sin aliento, se sentó en el borde de la cama, con el rostro entre sus manos. Ella lo miraba, confusa, quizá con un tinte de decepción en su pálido rostro. Sobre las vigas, en las tejas de arcilla que cubrían aquel techo abuhardillado, repiqueteaban las gotas de una lluvia incesante. Y entre la madera, con pereza pero decididas, algunas de aquellas guerreras de agua se deslizaban hasta el interior, resbalando hasta caer con todo su peso sobre el suelo de parqué. El charco que se formaba crecía más y más, y a ninguno de los dos amantes parecía importarle. El tiempo se había detenido, y ahora no eran si no dos estátuas de mármol, brillantes con el sudor de la pasión que resbalaba por su piel. Eran, vistos desde fuera, un cuadro en la penumbra. La imagen de lo que pudo llegar a ser pero jamás se formó.
"No deberías preocuparte", dijo ella, al fin, con un hilo de voz entrecortada. El hombre se limitó a soltar un bufido. No había respuesta posible ante aquello. Todo lo que resonaba en su cabeza eran palabras de desaliento, gritos de frustración que ningún canto de sirena podía ahogar.
Ella suspiró y se encendió un cigarrillo, sentándose con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Con desgana, le lanzó la cajetilla y el encendedor al hombre, con la ligera esperanza de que aquello le diese una motivación para salir de aquel trance insondable, aquella ausencia total y absoluta. No funcionó, sin embargo, y los cigarrillos quedaron desparramados sobre la colcha al salir despedidos de la cajetilla. Formaron en ella un dibujo de nicotina por usar, de potencial cáncer o infarto de miocardio, que a duras penas rivalizaba con las hipnóticas espirales del humo que flotaba en el aire, deslizándose sin prisa pero sin pausa desde la boca de ella y con el único objetivo de arremolinarse entre las vigas de madera oscurecida. Ante el silencio incómodo que crecía entre ambos, ella decidió hablar:
"Recuerdo cuando tenía unos cinco o seis años... recuerdo el verano, las hojas de los árboles, las flores... recuerdo que pasé una temporada soñando con ser actriz. Me imaginaba sobre las tablas, cegada por los focos... la gente me miraba, pero yo no los veía. Solo eran una neblina que había más allá de la tarima. Todo lo que podía ver y sentir era lo que mi personaje veía y sentía. Y era tantas personas... era Hipatia, era Ofelia, era Lady Macbeth y a veces Julieta. Otras era Virginia Woolf, Mary Shelley, Helena de Troya..."
"¿A dónde quieres ir a parar?", la voz del hombre sonó seca, cortante. Sus palabras quedaron suspendidas entre el humo, resonando aún con timidez entre el repiquetear de las gotas de lluvia. Entre las valientes aguas que se lanzaban desde las vigas hasta el suelo.
No hubo respuesta. Ella se limitó a mirarlo, y a fumar. Él seguía en aquella posición tan extraña, tan salvaje. Como un hombre salvaje que protege su cabeza sin saber por qué. Sin siquiera sospechar que su alma, sus recuerdos y sus conocimientos se escondían agazapados entre aquellas paredes de hueso blanquecino. De alguna manera, aquella imagen la excitaba. Aquella situación, aquel hombre salvaje. No sentía ofensa alguna por su interrupción, ni tenía tiempo de planteárselo. Su cabeza estaba ocupada imaginando mil y una cosas a la vez, la una siendo a qué se refería al hablar de sus sueños de ser actriz.
"Quizá por eso empecé a fingir los orgasmos", dijo al fin.
El hombre soltó un bufido, a medio camino entre la queja y la risa. Un bufido sin tintes de desprecio, pero que daba a entender que aquel chiste había sido entregado al público equivocado. Con movimientos lentos y calculados, se dio la vuelta y se encendió un cigarrillo, quedando sentado frente a ella, en la cama. En sus ojos aún se entreveía la vergüenza. En los de ella, sin embargo, una compasión infinita.
"Solo digo que estas cosas pasan, ¿no?"
"Puede ser", respondió el hombre, su vista fija en la pared tras la cama. Su mente vagando sin saber siquiera dónde. "Puede ser... supongo que no es para tanto, pero me fastidia. Supongo que me aterra haberte decepcionado."
"Me decepcionan tantas cosas a lo largo del día..."
"¿Qué pasó con tu sueño de ser actriz?"
"Se diluyó, como se diluyen todos los sueños. No fue de la noche a la mañana, como mucha gente piensa. No me desperté un día pensando que, bueno, que aquel sueño ya no era para mí. Más bien fue como echar un polvo bajo la lluvia. El sudor estaba ahí y, sin saber cómo, poco a poco, fue reemplazado por el agua."
"¿Nunca volviste a pensarlo?"
"Lo recuerdo siempre... pero no creo que sea importante ya, creo que fue un deseo pasajero que dejé atrás. ¿Tú no tienes deseos así?"
"Bueno, durante mucho tiempo quise ser pintor... luego músico, inventor, programador, escritor... quise ser tantas cosas que perdí la cuenta. Se me escurrieron entre las manos con el pasar de los años."
Se miran y sonríen. La lluvia cesa. Y como el cantar matutino de un gallo en un corral, la última gota golpea contra el suelo.

lunes, 19 de febrero de 2018

La Tormenta


Cuando se avecina la tormenta, corremos carretera abajo. El aire se carga con electricidad, como una amenaza del mal que está por venir, mientras vemos pasar a través de nuestras ventanillas los pocos arbustos que pueblan el desierto, la arena que baila en el viento.

A menudo nos despertamos al alba. A veces, con suerte, Él nos deja dormir un poco más, solo unos minutos, para que creamos que es bondadoso. A mí y a los otros niños, nos llama sheriffs. A los trabajadores, los llama civiles. Caminamos juntos, ellos rodeados por nosotros, y Él nos dice que lo que hacemos es bueno. Que nuestro trabajo es mantener el orden. Los trabajadores trabajan, nosotros nos aseguramos de que lo hagan.
La mayoría de los niños ya tienen los ojos medio ciegos, las orejas despellejadas... ya sabe, por la sal y la sequedad. Al sol del mediodía, vigilan los trabajos, yendo y viniendo con sus armas. Yo existo al margen, más allá, vigilando la carretera a la espera de que vengan los salteadores. Los comerciantes. Los caravaneros. Cuando llegan, les vendemos a trabajadores. Les damos carne viva que se llevan lejos, muy lejos, y los olvidamos. Eran importantes hasta que dejaron de serlo.
A la noche, los niños y yo nos sentamos a cenar. Una vez cada semana, Él nos dice que sobran dos. Que somos demasiadas bocas que alimentar, que moriremos de hambre. Elegimos a dos al azar y les obligamos a comerse el uno al otro. Vemos cómo lo hacen, cómo se despiezan y despellejan, y a través de ojos medio ciegos gritamos con salvajismo, animando a nuestro favorito para que muera el último.
Todo comienza de nuevo a la mañana siguiente, y no sabemos cómo, siempre hay gente nueva. Nuevos trabajadores que ocupan el lugar de los que hemos vendido a los caravaneros. Nuevos niños que hacen de sheriffs. Algún día, cuando yo ya esté ciego como ellos, habrá un nuevo vigía. Uno más que avisará cuando lleguen los salteadores. Uno más que animará a uno de los niños. Y que gritará mientras yo intento comerme a mi rival.

Nuestro objetivo es sobrevivir. Caminamos por la carretera en busca de nuevas vetas de sal. Más bocas que alimentar, más armas que apuntar a los trabajadores. Ellos trabajan, nosotros vigilamos, y Él lo controla todo desde su trono. Él nos mantiene en orden, Él nos protege de la tormenta.

martes, 6 de febrero de 2018

Ni dolor ni rabia

Corría de brinco en brinco tras la atención de hombres, mujeres, y todo cuanto estuviese en medio. Buscando esa pizca de caso que pudiera mendigar a los corazones ya rebosantes de quienes le rodeaban. Era esa clase de persona a la que la soledad no le sienta bien, esa persona que en soledad no se convierte en un pasar melancólico de imágenes, si no más bien en una fotografía vieja y mal encuadrada. Una imagen quieta que envejece abandonada en lo más alto de una pequeña mesita de noche.
Corría, como he dicho, de brinco en brinco. Y a cada brinco martillaban su cabeza las mismas preguntas, los mismos pensamientos. Como un día en bucle que nunca acaba, o una noche en vela que nunca empieza. Eran las mismas palabras, una y otra vez, las que se repetían en su cabeza con un tono más apagado a cada hora, a cada segundo.
Esos pensamientos se agolparon poco a poco, se convirtieron en un muro de contención de lágrimas por caer, y llenaron habitaciones enteras entre sus neuronas. Y perdido, desesperado, solitario, no supo entender lo que era la compañía. Engañado por la imagen del amor y el romanticismo que había visto en las películas que con tanta pasión devoraba, creyó que debía buscarlo, acecharlo y cazarlo como un animal caza a su cena. O a su desayuno, eso no importaba.
Hasta que un día, cansado, dejó de correr. Ante él, un árbol se balanceaba al viento. Le miraba, con sus ramas regias y nudosas. Le olía con sus hojas poco verdes, ya casi marrones, a punto de caer por la fuerza del otoño. Le escuchaba, con aquellas raíces clavadas en el suelo.
"Al fin te detienes..."
Y él asintió, sin mediar palabra, y miró a su alrededor. Vio todas aquellas fachadas vacías, aquellas ventanas cegadas, aquel sol que no iluminaba y las nubes que corrían por el cielo sin ir a ningún lado. Entre tanto, el árbol siguió hablando con los nudos de su corteza. Y siguió cantando a un viento que llevara su palabra lejos, más allá de ninguna frontera.
Respiró hondo y miró al suelo, luego al cielo, y luego a la nada. Y decidió descansar al fin, sentado a la sombra de aquel árbol, bajo la caricia de sus hojas. Hojas marrones que, al fin, ya se dejaban derrotar por la mano de Mabon.
Respiró hondo y cerró los ojos.
Cerró los ojos y respiró hondo.
Y ya no sintió más la necesidad de correr de brinco en brinco, ni de perseguir quimeras. Ya no sintió la quemazón de la soledad. Ya no sintió dolor ni rabia. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Olvido

Respira. Y que sea hondo, por favor. Esta vez, que el aire llene tus pulmones, insuflando vida y muerte en tu pecho.
Y dime, ¿en qué estabas pensando? ¿No lo recuerdas? No importa entonces, ¿verdad que no? Porque, al fin y al cabo, de tantas cosas que olvidamos... Digamos que son cosa del pasado, y que si alguna vez existieron, la cosa no es ya si tenían importancia o no, ni qué eran en concreto. La cosa es que ya no están, y puede, solamente puede, que vuelvan si tenían alguna importancia.
¿Qué sería de aquel castillo que imaginabas, con sus ventanas y estandartes, si no tuvieses que reconstruirlo cada vez que invocas su recuerdo?
Las paredes que crecen entre la hierba, y se alzan pétreas e infinitas bajo la luz de un sol que no existe.
Rompen la línea ondulante de las verdes praderas, recortándose altivas en el horizonte. Ondean en lo alto las banderas, y brillan las ventanas en destellos imaginarios.
Fuegos fatuos que habitan sus pasillos, rompiendo el silencio en ecos de ultratumba, memorias salidas de la nada para poblar pabellones y de piedra inexistente.
Es aquí donde guardas tus memorias, y las pierdes y buscas y rebuscas. Si ya no están aquí, carece de sentido aventurarse más allá de las puertas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

A veces, fantasías

A veces, cierra los ojos y echa de menos aquel piso cochambroso. Cierto es que era un antro, un cúmulo de mierda, un cuchitril. Pero era su cuchitril. Aquel pequeño hueco en mitad de la nada que solo visitaba para emborracharse y dormir.
Solía tumbarse en el sofá y encender la televisión. Abría una bolsa de patatas, una lata de cerveza y de golpe era el rey de aquel pedacito de nada. Aquel salón maloliente, la cocina con los platos sucios apilados. Era el rey de una ratonera llena de basura, pero seguía siendo el rey. Solo le faltaba una corona. Mugrienta y vieja, para que hiciese juego con todo lo demás.
A veces, cierra los ojos y echa de menos aquella casa en el pueblo. Cierto es que era una casa preciosa, amplia, luminosa... pero no es eso lo que añora. Era su casa, de su familia, y allí era uno de los príncipes. El niño mimado de la realeza, que miraba con desdén a la prole de ratas y cucarachas plebeyas que huían a la luz de la linterna.
Solía tumbarse en el sofá y ver la televisión. No había cerveza, ni patatas, pero por aquel entonces no las necesitaba. Solo gritaba por dentro y esperaba que todo acabase.
A veces, cierra los ojos y los gritos de sus neuronas son tan educados que le dejan dormir.

Fantasías delatoras que dibujan sus sueños, mientras las gotas de  lluvia golpean los tendales. Caen sobre ellos con furia, y se desmoronan en mil fragmentos de aguas del cielo. ¿Es la melancolía la que mueve su mano? ¿Quizá la soledad, o una pura y profunda tristeza, lo bastante grande para hacerle llorar, pero no lo suficiente para borrar la sonrisa de su rostro?
Se pregunta a cuento de qué vienen esas frases largas, grandilocuentes. Metáforas bien envueltas que su mente vomita como si fuesen comida en mal estado. Duda a menudo de su capacidad, de lo que es real y lo que no. Y aún así, sin embargo, no obstante, en definitiva se pierde en las propias palabras. Y busca. Y patalea. Y sueña con que sus palabras son suficiente para cautivar el corazón de aquella dama. Y tocar su alma. Pero no lo son, se quedan cortas o se pasan de largo, y ahí está él de nuevo. Solo. Solo sobre las líneas de un papel vacío, descompuesto, desintegrado en una explosión de letras. De la a A a la Zeta. Como gotas de lluvia que golpean los tendales.

lunes, 31 de julio de 2017

What I carried along

May you be the love of my life;
Or the woman who turned me into a monster?
May she be between love and hate;
Or the extremes that are brought along her?

May it be that I'm alone;
Or that you all have stabbed my back?
May that feeling in my bones
Be telling me that everything's bad?

Perhaps it's time for paranoia to run free.
Time for the love to be a thing of the past.
May it be time for me to lay still,
Or to wake up and let it out at last.

Out of my brain and of my thoughts.
The hate and rage I've carried along.