El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.

sábado, 7 de enero de 2017

El timbre de un paso a nivel

Por las noches, oigo ladridos de perros y el timbre de un paso a nivel. Es un ladrido eterno, nervioso. Se puede sentir cómo el sonido transpira ansiedad. Cómo gotea terror, destrozo, desde una jaula verde. El ladrido se cuela en mis oídos lo quiera o no, perfora mis neuronas, destruye todo y lo reemplaza por un páramo de sentimiento salvaje, primario.
El timbre es otro cantar. Otro timbrar, otro sonido. Es esquivo. Es escurridizo. Asoma al borde de mis oídos cuando no estoy atento, los acaricia y se cuela poco a poco. Es como esas luces que vemos tras nuestros párpados, en la esquina de nuestros ojos. Esas luces que huyen y desaparecen si intentamos mirarlas... solo quieren que intuyamos que están ahí. El timbre solo quiere que lo intuya. Solo desea que imagine su sonido, sus dos notas solapadas. Cuando me muevo, cuando intento escucharlo, localizarlo... se desvanece entre el silencio. Se esconde tras los ladridos de los perros.
Entre la tranquilidad de la noche, solo oigo ladridos de perros y el timbre de un paso a nivel. Amartillan la oscuridad, rompen el silencio y resquebrajan la realidad. Son sueños en vida, sonidos de un mundo onírico que se cuelan en mi despertar. O un despertar que se esconde tras mis sueños. Son la confusión, el desengaño y la soledad de una noche oscura, sin luna, encerrada en las luces de un estudio. Una noche que se cuela con polillas a través de la ventana entreabierta, y revolotea en el humo de cigarrillos, y se lanza a golpes furiosos contra las bombillas encendidas, contra la pantalla, contra mí y contra mi yo de mentira. Contra la máscara y contra los ojos.
Solo oigo ladridos de perros y el timbre de un paso a nivel.

jueves, 5 de enero de 2017

Introducción

De aquella tarde de primavera de mil novecientos sesenta y seis, recuerdo bien el soplar del viento. No era fuerte, y apenas podía con mi sotana, pero era una brisa agradable, si bien un poco fuerte, que acariciaba mi cara. La cara de un joven apenas salido del seminario, listo para ser cura en parroquia rural.
Había oído hablar del Padre Ortiz, de quien todos decían que era muy sabio, y me dirigí a un pueblo en mitad de la nada, colgado apenas en la Cordillera Cantábrica, en el que había sido párroco y ejercido oficio durante casi toda su vida. Todos decían que allí la gente no solo había crecido con un profundo conocimiento de la palabra de Dios, si no lo bastante libre como para cuestionarla desde el respeto, para entenderla en sus propios términos. Para mí, aquello era lo que buscaba.
Y es que en aquella época la libertad brillaba por su ausencia. Lo religioso era puramente leer y repetir, y alguien joven como yo podía verse inclinado con facilidad a la pérdida de la fe. Tanto fue así, que yo estuve a punto de dejar mis estudios varias veces, a punto de resignarme a la obra, que tan en boga estaba en aquel momento. Algo me impulsó a seguir, y ahora, algo me impulsaba a trepar de mala manera por los caminos que llevaban al pueblo.
"¿Ortiz?", dijo desde la puerta de la taberna un hombre curtido por el sol y la lluvia, aparentemente viejo pero de mirada joven. "Ortiz anda siempre por la iglesia. Tira por esa carretera y llegas en nada..."
Y por la carretera seguí. El pueblo era pequeño, y bien es cierto que llegué en nada, pero algo había en la iglesia que me descolocó. Me hizo sentirme confuso, quizá por aquella forma de chocar la pequeñez del edificio con lo que aquellas estatuas antiguas, aquellos sillares emanaban. Entré sin llamar al portón de madera oscura, intentando no hacer ruido para no molestar a la gente que estaba allí, rezando. El Padre estaba limpiando en el altar, de forma casi impulsiva. Cada mota de polvo se encontraba con él y era derrotada en cruento combate.
Me sonrió al verme, y me animó a presentarme.
"Me llamo Muñoz, Padre", dije, besando su mano. Aquello pareció incomodarle, así que retiré mis labios prontamente. "Soy Lázaro Muñoz."
Asintió y se presentó, simplemente, como Padre Ortiz, continuando su limpieza bajo mi mirada, de forma sigilosa y sin que ninguno de los dos párrocos que allí nos hallábamos fuésemos molestia para los parroquianos que se congregaban a rezar a aquella hora del día. Esto siguió durante unas horas, sin apenas explicación, salvo por alguna sonrisa del Padre para aplacar mi visible incomodidad.
No pasó apenas un segundo entre que terminó de limpiar, y me indicó que le siguiera, por los pasillos estrechos y húmedos de la iglesia, hasta su sacristía, preparada, como ya no era común, para la vida del Padre en ella.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Siempre que voy a Oviedo

Siempre que voy a Oviedo, veo el mismo bote, en la misma finca, a la salida del mismo Llanes. Oxidado, roto, viejo. Y siempre que lo veo, desde hace bastante tiempo ya, pienso en lo triste que debió de ser para él tener que quedarse ahí, en la hierba, mirando eternamente al mar. Desencadena, a su manera silenciosa y casi absurda, un viaje de mirar detalles a través del cristal, a toda velocidad, desde la carretera.
De mirar al caballo y el burro, junto a la caravana. De mirar las vacas en cada finca. De cómo las casas se reparten, o cómo ese árbol enorme en la distancia me genera la duda de por qué está calvo por un lado. Siempre me siento en el mismo asiento del autobús. Siempre mirando al sur, de espaldas a la mar. No para negarla... no para ignorarla, si no porque sé que está ahí. Y en mi mente sé perfectamente qué aspecto tiene. Al sur, sin embargo, están los montes. Y los veo como un muro enorme que parece separarnos del mundo. Sin embargo, solo lo parece. Ya no somos especiales, no somos un universo aparte. Somos personas, como los demás. La cordillera ya no impresiona a nadie, de no ser a un joven ingenuo que la mira, hacia arriba, a pie de tierra, desde abajo.
Cuando veo ese muro, a veces, imagino cómo sería que el mundo se derrumbase. Se rompiese y desvaneciese, mientras nosotros nos quedamos aquí, protegidos por el monte y la mar. Lejos de todo, del ruido y de la batalla, pensando solo en comer bien, beber bien y dejar atrás una buena vida que otros puedan recordar. Es algo ingenuo, pero uno no puede evitar imaginar cómo sería todo cuando esas barreras, ahora tan minúsculas, tenían alguna importancia. Aquel primer momento en el que un hombre miró a las montañas y dijo "yo eso no lo cruzo con mi caballo".
Hoy, el sol se ponía detrás de ellas y dejaba que rompiesen las sombras, en franjas, a trozos, justo antes de que las nubes viniesen a desdibujarlo todo. Parecía de otro mundo, y quizá lo fuese, tiempo atrás. Hoy, solo es un día más, el último, de un año más, esperemos que el primero de muchos.
Por suerte o por desgracia, ahí sigue el bote. Oxidado, viejo, varado, mirando a la mar con cristales de anhelo.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Con huesos a la tumba

He dado con mis huesos a la tumba.
Y en la soledad húmeda del agujero en la Tierra
veo que no es de vivos mundo que me incumba.

He caído, cadáver despechado
bajo taconeo de una Parca inmunda.
He sido tristeza del desenfado.

He perdido en azar y amor, y capitulo
no como adalid de esperanza y fe,
si no como mártir de corazón oscuro.

En mis labios oda al desengaño,
desgarrada la sonrisa de antaño.
En mis ojos infancia inexistente
de un alma por siempre inerte.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Sina

Sinalefa o con ella,
sinfonía de platónicos amores y desgarros,
cacofonía y desplatónicas meretrices con garras.
Harpías tras tapias en trance de ser derribadas
y puñaladas en puntadas sobre pieles depiladas.

Sacudidas temblorosas
entre manos sudorosas
con perfume de rosas
ponen pies en polvorosa.

Polvo rosa y polvo blanco
a cubierto o descubierto.
Amor de parque y banco
encerrado o bien abierto.

En cerrado y sin candado,
de piernas abiertas tembloroso umbral
que acoge placer y dolor por igual.
Encerado y resbaloso,
piso de pocos y consuelo de tontos,
el amor de quien no supo cuál es cuál.

martes, 6 de diciembre de 2016

Nudo

La sacristía era una pequeña sala. El Padre Ortiz vivía de forma sencilla, entre una cama, estanterías llenas de libros y un escritorio. Apenas un poco de luz que entraba por la ventana. Me invitó a sentarme mientras él preparaba café para ambos. La mejor forma de empezar la mañana, dijo, y sonrió con desgana, como siempre me habían dicho que hacía. Sonrió como aquel que cree que ninguna alegría merece ya la pena.
Cuando volvió lo vi por primera vez como quien era. Demacrado y cansado, absorto en el desorden de su hogar, descorazonado y macilento. Parecía que poco quedaba de la leyenda, si tal se podía considerar, de la que me habían hablado en el seminario. Nunca entendí bien del todo por qué era así. Por qué había terminado así. Siempre había sido un genio. El más inteligente de los pastores de nuestra fe. O eso habíamos creído todos. Quizá no era tan inteligente, o puede que la inteligencia de la que me hablaron fuese su maldición. Que no merezca la pena dejar luchar a la fe con la razón, pues a la larga puede que no gane quien nosotros deseemos que gane.
"¿Qué te trae por aquí, hijo mío?" Su hablar cadencioso se mezclaba con movimientos que parecían calculados al milímetro. Todo se reorganizaba a su paso. Sus manos acariciaban los libros, los colocaban y recolocaban hasta que ningún lomo sobresalía de entre los demás. Hasta que solo los títulos hablaban sobre los libros, y no quedaba pista de cuál era el último que el Padre Ortiz había consultado.
"Me recomendaron hablar con usted allá en el seminario. Dijeron que siempre tenía respuestas a todas las dudas."
"Oh, siempre las tuve. Respuestas, quiero decir. Tuve la suerte de la fe inquebrantable por mucho tiempo. Esa fe que contesta a toda pregunta, y siempre lo hace con la seguridad que otorga el creer, mas no saber, que uno está en el camino correcto. Es Dios quien nos hablaba, quien nos decía qué desvíos seguir, hacia qué puesta de sol avanzar, qué horizonte perseguir. Mas no dejó de ser Dios quien nos dio la espalda. No dejó de ser Él quien nos dio la fe ciega, pero también la capacidad de cuestionarla."
"No lo entiendo, Padre."
"Nadie lo entiende. En nuestro oficio no hay que entender tanto como creer, hijo mío. En nuestro oficio yo soy tu Padre y tú eres mi hijo. En nuestra fe el más cercano a Dios es más patriarca que el más cercano a nosotros. ¿Sabes por qué? Porque necesitamos palabras nacidas de la razón para explicar aquello que es ajeno a ella. Necesitamos esa figura de autoridad que justifica nuestro camino."
Tosió y volvió a pasearse por la sala, taza en mano, asegurándose de que todo estaba en su lugar. Metódicamente, pero con una mirada perdida. Una mirada que se rompía y quebraba ante el caos que la rodeaba. Que brillaba en lágrimas amargas a la vez que lo hacía en océanos dulces. Una mirada que se me quedó grabada en la mente, entre fe y razón. La mirada partida de quien no sabe dónde está, ni a dónde va. De quien creía estar seguro pero no lo está.
"Dios nos prepara para la fe ciega. Nos prepara para la creencia absoluta, y eso pide de nosotros: carencia de toda duda. Sin embargo, no entiende ni quiere entender nuestra naturaleza. No ve el dolor que nos causa renegar de esta mente cimentada sobre la duda. Sobre la curiosidad. Necesita de nosotros que abandonemos la razón y nos entreguemos a la fe."
"Eso es bueno, ¿no?", dijo un ingenuo yo. Un joven que se creyó anciano. Un bebé sabio.
El Padre Ortiz, por toda respuesta, sonrió y agachó la cabeza. O más bien se la agacharon los años, la humildad que se había cargado sobre sus hombros y ahora encorvaba su figura, acercándolo al suelo de la realidad, alejándolo del Cielo de la fe. Y es que con la edad vienen las dudas, y la sabiduría verdadera no se aprende en los libros, no se aprende en las clases. No se aprende en latín, si no en castellano.
"Llevo más de treinta años en esta iglesia, hijo mío", suspiró, como si cada año, al mencionarlo, se le clavase en el corazón en forma de clavo de Cristo. "Por estas paredes, estos bancos, pasaron la Guerra Civil y la Segunda Gran Guerra. Por aquí pasaron soldados ensangrentados a rendir culto a un Cristo ensangrentado. Un culto abierto, un culto de sangre. Un culto falsario crecido sobre el abono de los muertos. Pasaron hombres buenos convertidos en bestias. En el patio, entre los abedules, cayó una bomba en mil novecientos treinta y nueve. De las últimas de la guerra. No era de los republicanos. Era de los rebeldes. Cayó en falso y quedó clavada como una espina en la Tierra. Un golpe desde el mismo Cielo a la Tierra maldita, como queriendo clavarse en las entrañas del Infierno. Queriendo atravesar el mundo a través de la Casa del Señor. ¿Sabes qué dijeron todos cuando no explotó? Que era un milagro. Que Dios nos protegía, que la religión estaba del lado de los rebeldes. Del lado de gente que mataba. Nunca creí que la fe pudiese estar abrazada a la muerte. A la sangre. Creí que Cristo había derramado ya suficiente sangre por todos nosotros, suficiente para que Dios nos perdonara. Luego, cuando la bomba se quedó ahí durante años, cuando estuvo al acecho, clavada en el patio, entre los abedules, creí que nuestros pecados no habían sido perdonados. Soñé con penitencias, con dolor, con infiernos infinitos. No sirvió de nada: el mundo ha pasado siglos matándose a sí mismo, ha creído en el dolor desde mucho antes de que le llegase la Palabra de Dios. Nuestra fe no cambió nada, y siendo así, ¿cómo podemos creer en algo que no ha cambiado nada?"
Estaba boquiabierto. Aquello era inconcebible, dudar así de lo que nos habían enseñado desde pequeños. De lo que debíamos creer, de lo que debíamos saber sin duda alguna. Todo el mundo sabía que quienes renegaban de la Fe Verdadera morían, y eran juzgados y enviados al Infierno. Y sin embargo, ahí estaba el Padre Ortiz: un hombre bueno. Uno al que nadie había pervertido, pero que por sí mismo había dado la espalda a nuestra Iglesia. Al menos, sonaba como si lo hubiese hecho.
Sin mediar palabra, se estremeció y fue a la estantería: un lomo sobresalía, y nadie lo hubiera visto de no ser con los ojos del Padre, atado como estaba a la perfección de aquella pequeña sacristía en mitad de la nada, en un pueblo perdido en una España estremecida, abierta en canal. Y afuera, mientras el hombre con quien hablaba paseaba por su humilde hogar, la primavera avanzaba.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Sangre blanca

En horas de saliva perdidas, mareas de sangre rota.
En tiempos de soledad pedida, y noches de pena roja.
En cuadros de trazo fino, tristeza de quien quiso más
encuentra penas de gris atino, y olas de negro mar.

Pide entre dientes poder amar, de largo grito y penoso aullar.
Pide en entrañas al gruñir sin parar, en triste caída de loco de atar.
Solo y perdido en sangres ajenas, apuñalado de dagas de largas piernas.
Reniega de querer mas no de creer, que amor en esquinas podrá aparecer.

Llora y roba gemidos al placer, pierde y juega apostando al beber.

Y supura sangre blanca al amanecer.
Y se lo debe todo al no saber hacer.