El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.

sábado, 18 de febrero de 2017

Cantaba aquel poeta

Llora, llora el coro de raíces siniestras. Llora lágrimas de cocodrilo que riegan plantas muertas. Y baila, baila en tumbas abiertas de quienes no supieron o no pudieron ganar.
Llora llena la panza de caviar, y sonríen cinco por un filete a repartir. Llora el hígado por el coñac, donde se estremece la vejiga en cerveceo. De puros a cigarrillos, de cigarrillos a colillas; muere un poquito a cada día la memoria del perdedor.
Llora lágrimas de cocodrilo ante sonrisas complacientes de diente roto y negro. Mojan mejillas entre humos de Cuba tras matar a comunistas en pro de la bandera.

"Donde nos llevó la imaginación"
que cantaba aquel poeta,
víctima de droga y pena,
condenado sin condena
a morir en la cuneta.

Nos llevó de viaje,
sin billete de vuelta.
Lleno de bache y peaje
y espuma de mar revuelta.

Nos llevó de tumba en tumba
de cantantes desgarrados.
Rotos de pobre rumba,
sucios desharrapados.

Y giró a la contra
las manecillas del reloj.
De vuelta a años de sombra
y huérfanos del horror.

Se pierden sol, espiga y deseo
de campos dorados al atardecer.
Se empareda al dulce Perseo
solo por mirar, solo por ver.

Se roban céntimos a manos llenas,
millones, de patria curandera;
que cura a ricos bajo la bandera,
que sonríe, sonríe igual que hiena.

"Se divisan infinitos campos"
que susurraba, o lloraba
aquel poeta, de mente turbia
bañada en mar helada, olvidada
tras costas de noche oscura.

sábado, 11 de febrero de 2017

Die hoffnung - Del fondo de la caja de Pandora

De días tristes en que nacieron familias terminadas, quiso el capricho del azar que surgiese, a escondidas, una tragicomedia. Esos dramas con final feliz, sazonados de tensión y conflicto, que sueñan con adivinar hasta qué punto puede sobrevivir la esperanza. Historias en las que el que espera, desespera; y la proverbial caja de Pandora guarda siempre un último regalo bajo sus caudales.
De todos es bien sabido que uno de esos tiempos tan tristes de la historia, en que, durante un tiempo, se pensó que toda esperanza se había perdido, que la humanidad había desaparecido y jamás volvería, fue Alemania. Fue la primera mitad del siglo. Años de racismo, de opresión, de recurrir al mal menor y descubrir, para sorpresa de algunos; que un mal bien regado, jamás es menor. Un mal regado en sangre crece hasta el infinito, si no encuentra una fuerza que lo aniquile desde la raíz.
Allí, entre las semillas de que germinó ese mal, conoció Mikha'el el amor. Era un chico joven, esbelto. Venía de una familia comerciante y humilde. No vivían desahogados, pero el muchacho podía permitirse frecuentar bares musicales, y tiendas de discos. Lugares donde, entre notas y ritmos, el joven se evadía de una realidad que descendía hacia el infierno poco a poco. Obstáculos cada vez más insalvables salían al paso de su familia. Y, como la suya, de todas "las de su calaña", como decían algunos por aquellos lares.
Poco a poco, las visitas a bares musicales se vieron menos regadas por cerveza y más por agua, finalmente a palo seco. En ocasiones, en cruzándose con extremistas, a palo de madera y huida precipitada. Poco a poco, las tiendas de discos dejaron de recibir dinero de su billetera, ya vacía. Los vinilos que le gustaba comprar primero, luego alquilar, y finalmente solo mirar; empezaron a pasar de sus estantes a las manos de los pocos usureros que seguían en activo.
La historia de Rifka, curiosamente, siguió una trayectoria opuesta. Hija de una familia incipiente, vieron sus padres en el trato con familias arias una oportunidad para sobrevivir, incluso para tener beneficio. Delatores de necesidad, quizá incluso ajenos a la realidad que les rodeaba, sus padres hablaban despreocupadamente con jóvenes miembros del partido en fiestas de alto copete. Los miembros del partido, por su parte, y con ansias de escalar por la ladera política, se preocuparon de mantener a la familia de Rifka cerca y bien cuidada mientras les fuese útil. Fue por eso, quizá, que ella se vio en brazos de Hans, joven ambicioso que vio en la agraciada muchacha de pelo oscuro más un juguete que una compañera de viaje. Más una mascota que una igual. Sin embargo, la consideraba suya. Suya y de nadie más.
Rifka, en su inexperiencia, se veía incapaz de decidir qué iba mal en su relación con Hans. Para intentar alejar esa sensación de su cabeza, pasaba los días vagando por los bares y tiendas de discos. Buscando, igual que Mikha'el, evadirse entre notas y ritmos. Allí, por primera vez, se vieron. Él, prendado al instante, buscó iniciar conversación con esa energía que aquellos días de hambre y miseria no habían logrado matar. La fuerza de los miserables, el poder que nace de la desesperación por encontrar algo bueno en un mundo marchito. La oscuridad de un reino de monstruos.
El muchacho, así, decidió aferrarse a aquella luz de ojos ligeramente rasgados, aquel pelo azabache ondulado, aquella figura esbelta que con sus dedos afilados rebuscaba entre los discos. Se aferró tanto que, como imagina uno que viajan las polillas, hipnotizadas por el brillo de una luz solitaria en la noche oscura, se acercó a ella y solo pudo decir:
¿No es maravillosa la música?

martes, 7 de febrero de 2017

Speculo et tribuno

En la esquina, casi por milagro, refleja el espejo un sillón señorial. Lo observa, lo exhibe enmarcado en su óvalo de forja negra. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes; el espejo lee, cual libro abierto, cada ínfimo detalle del sillón señorial.
Lee el espejo los amplios reposabrazos, las viejas maderas barnizadas de blanco brillo en marrón oscuro. Apenas visible la muesca justo encima de la pata derecha, que ofrece con orgullo la imperfección de su hechura. El espejo refleja de memoria, en su óvalo pulido, maderas oscuras y tapizado de apariencia añeja.
Se apagan a cada noche las luces de la tienda, el reflejo desaparece y el espejo duerme con la infinita esperanza de una nueva mañana, en que pueda volver a repasar, por enésima vez, todos los detalles de su sillón favorito. Esos detalles a los que, de tan suyos, incluso nombre y apellidos les ha puesto.

Se hizo la mañana y el sillón ya no estaba allí. La esperanza del espejo, que de tan grande ardía en su corazón de hierro forjado, se disipó dejando una quemazón dolorosa. Y aprendió así a vivir el espejo en anhelo continuo, a solas con los recuerdos de aquel compañero silencioso, que, inconsciente (como suelen ser los sillones), reposaba (como suelen hacer los sillones), ajeno a las miradas furtivas del espejo enamorado.
Alguien, desalmado sin saberlo, monstruo de carne y hueso, había decidido que aquel mueble, de elegancia rota e inexplicable, quedaría bonito en su salón. Que aquel asiento de aspecto cómodo sería perfecto para pasar las tardes en la compañía silenciosa de un buen libro, bajo el riego de una copa bien cargada, en el abrazo de una chimenea encendida.
Sucede que así, por inconsciente malicia, el espejo se vio forzado a enfrentarse a solas cada noche a la oscuridad de la tienda. A llorar, en silencio (como suelen hacer los espejos), la ausencia de su querido sillón. Fueron días de tristeza, a esa manera discreta propia de seres inanimados. Fueron días en los que nadie, excepto él mismo, supo de su soledad. Soledad que nadie tuvo en cuenta, sentimiento que no existía más allá de las curvilíneas paredes de hierro negro.
Un día, a media tarde, el espejo se vio descolgado de la pared. No supo si sentir alivio de poder abandonar aquel lugar de tristeza. No supo si sentir dolor de perder todo cuanto era recuerdo de su sillón. Solo supo sentirse alejado de la pared, alejado de su hogar en la tienda. Se sintió cubierto, cegado y transportado, lejos. 
Se vio a las pocas horas en una nueva pared. Se vio colgado frente a aquel sillón señorial. Suspiró así, en silencio (como suelen hacer los espejos), en un dejar de aire que no existe, en un escapar de voces que ni susurran tan siquiera. E hizo con ansia, casi con desesperación, un esfuerzo sobrehumano, o sobrespeculo. De lo más hondo del reflejo nació la voz, casi un susurro, un musitar de amor a la desesperada. Un gritar callado, que solo llegó a los oídos de aquel sillón orejero:
"Te he echado de menos..."
Rebeca 

viernes, 27 de enero de 2017

Necio de necesidad

Necio de necesidad, iluso sin ilusión
perdido por las calles grises de ciudad
que apenas conoce, si acaso un callejón.
Una avenida iluminada, soledad.

Muñeca rota, de porcelana fina, se acerca
a la farola que baña en dorado la figura
del necio, lo ilumina, y ella, ante todo terca,
le ofrece una sonrisa blanca, pura.

Paseo tranquilo, noche a solas en el parque.
Amor de tentativas tímidas, atentas miradas
y suaves caricias. Intento de ataque
frustrado por corazón roto y almas atadas.

Ayuda de un amigo inesperado, empuje
y ánimos contra unos labios suaves
y cálidos. Pérdida en abrazo que cure
las grietas de una vida que se parte.

Y mundo patas arriba.
Y caricias hasta la madrugada.
Y un amo tanto la vida.
Y una entrega desapegada.

Un soy tuyo, eres mía.
Un soy tuya, eres mío.
Una verdad perdida
para un corazón herido.

sábado, 7 de enero de 2017

El timbre de un paso a nivel

Por las noches, oigo ladridos de perros y el timbre de un paso a nivel. Es un ladrido eterno, nervioso. Se puede sentir cómo el sonido transpira ansiedad. Cómo gotea terror, destrozo, desde una jaula verde. El ladrido se cuela en mis oídos lo quiera o no, perfora mis neuronas, destruye todo y lo reemplaza por un páramo de sentimiento salvaje, primario.
El timbre es otro cantar. Otro timbrar, otro sonido. Es esquivo. Es escurridizo. Asoma al borde de mis oídos cuando no estoy atento, los acaricia y se cuela poco a poco. Es como esas luces que vemos tras nuestros párpados, en la esquina de nuestros ojos. Esas luces que huyen y desaparecen si intentamos mirarlas... solo quieren que intuyamos que están ahí. El timbre solo quiere que lo intuya. Solo desea que imagine su sonido, sus dos notas solapadas. Cuando me muevo, cuando intento escucharlo, localizarlo... se desvanece entre el silencio. Se esconde tras los ladridos de los perros.
Entre la tranquilidad de la noche, solo oigo ladridos de perros y el timbre de un paso a nivel. Amartillan la oscuridad, rompen el silencio y resquebrajan la realidad. Son sueños en vida, sonidos de un mundo onírico que se cuelan en mi despertar. O un despertar que se esconde tras mis sueños. Son la confusión, el desengaño y la soledad de una noche oscura, sin luna, encerrada en las luces de un estudio. Una noche que se cuela con polillas a través de la ventana entreabierta, y revolotea en el humo de cigarrillos, y se lanza a golpes furiosos contra las bombillas encendidas, contra la pantalla, contra mí y contra mi yo de mentira. Contra la máscara y contra los ojos.
Solo oigo ladridos de perros y el timbre de un paso a nivel.

jueves, 5 de enero de 2017

Introducción

De aquella tarde de primavera de mil novecientos sesenta y seis, recuerdo bien el soplar del viento. No era fuerte, y apenas podía con mi sotana, pero era una brisa agradable, si bien un poco fuerte, que acariciaba mi cara. La cara de un joven apenas salido del seminario, listo para ser cura en parroquia rural.
Había oído hablar del Padre Ortiz, de quien todos decían que era muy sabio, y me dirigí a un pueblo en mitad de la nada, colgado apenas en la Cordillera Cantábrica, en el que había sido párroco y ejercido oficio durante casi toda su vida. Todos decían que allí la gente no solo había crecido con un profundo conocimiento de la palabra de Dios, si no lo bastante libre como para cuestionarla desde el respeto, para entenderla en sus propios términos. Para mí, aquello era lo que buscaba.
Y es que en aquella época la libertad brillaba por su ausencia. Lo religioso era puramente leer y repetir, y alguien joven como yo podía verse inclinado con facilidad a la pérdida de la fe. Tanto fue así, que yo estuve a punto de dejar mis estudios varias veces, a punto de resignarme a la obra, que tan en boga estaba en aquel momento. Algo me impulsó a seguir, y ahora, algo me impulsaba a trepar de mala manera por los caminos que llevaban al pueblo.
"¿Ortiz?", dijo desde la puerta de la taberna un hombre curtido por el sol y la lluvia, aparentemente viejo pero de mirada joven. "Ortiz anda siempre por la iglesia. Tira por esa carretera y llegas en nada..."
Y por la carretera seguí. El pueblo era pequeño, y bien es cierto que llegué en nada, pero algo había en la iglesia que me descolocó. Me hizo sentirme confuso, quizá por aquella forma de chocar la pequeñez del edificio con lo que aquellas estatuas antiguas, aquellos sillares emanaban. Entré sin llamar al portón de madera oscura, intentando no hacer ruido para no molestar a la gente que estaba allí, rezando. El Padre estaba limpiando en el altar, de forma casi impulsiva. Cada mota de polvo se encontraba con él y era derrotada en cruento combate.
Me sonrió al verme, y me animó a presentarme.
"Me llamo Muñoz, Padre", dije, besando su mano. Aquello pareció incomodarle, así que retiré mis labios prontamente. "Soy Lázaro Muñoz."
Asintió y se presentó, simplemente, como Padre Ortiz, continuando su limpieza bajo mi mirada, de forma sigilosa y sin que ninguno de los dos párrocos que allí nos hallábamos fuésemos molestia para los parroquianos que se congregaban a rezar a aquella hora del día. Esto siguió durante unas horas, sin apenas explicación, salvo por alguna sonrisa del Padre para aplacar mi visible incomodidad.
No pasó apenas un segundo entre que terminó de limpiar, y me indicó que le siguiera, por los pasillos estrechos y húmedos de la iglesia, hasta su sacristía, preparada, como ya no era común, para la vida del Padre en ella.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Siempre que voy a Oviedo

Siempre que voy a Oviedo, veo el mismo bote, en la misma finca, a la salida del mismo Llanes. Oxidado, roto, viejo. Y siempre que lo veo, desde hace bastante tiempo ya, pienso en lo triste que debió de ser para él tener que quedarse ahí, en la hierba, mirando eternamente al mar. Desencadena, a su manera silenciosa y casi absurda, un viaje de mirar detalles a través del cristal, a toda velocidad, desde la carretera.
De mirar al caballo y el burro, junto a la caravana. De mirar las vacas en cada finca. De cómo las casas se reparten, o cómo ese árbol enorme en la distancia me genera la duda de por qué está calvo por un lado. Siempre me siento en el mismo asiento del autobús. Siempre mirando al sur, de espaldas a la mar. No para negarla... no para ignorarla, si no porque sé que está ahí. Y en mi mente sé perfectamente qué aspecto tiene. Al sur, sin embargo, están los montes. Y los veo como un muro enorme que parece separarnos del mundo. Sin embargo, solo lo parece. Ya no somos especiales, no somos un universo aparte. Somos personas, como los demás. La cordillera ya no impresiona a nadie, de no ser a un joven ingenuo que la mira, hacia arriba, a pie de tierra, desde abajo.
Cuando veo ese muro, a veces, imagino cómo sería que el mundo se derrumbase. Se rompiese y desvaneciese, mientras nosotros nos quedamos aquí, protegidos por el monte y la mar. Lejos de todo, del ruido y de la batalla, pensando solo en comer bien, beber bien y dejar atrás una buena vida que otros puedan recordar. Es algo ingenuo, pero uno no puede evitar imaginar cómo sería todo cuando esas barreras, ahora tan minúsculas, tenían alguna importancia. Aquel primer momento en el que un hombre miró a las montañas y dijo "yo eso no lo cruzo con mi caballo".
Hoy, el sol se ponía detrás de ellas y dejaba que rompiesen las sombras, en franjas, a trozos, justo antes de que las nubes viniesen a desdibujarlo todo. Parecía de otro mundo, y quizá lo fuese, tiempo atrás. Hoy, solo es un día más, el último, de un año más, esperemos que el primero de muchos.
Por suerte o por desgracia, ahí sigue el bote. Oxidado, viejo, varado, mirando a la mar con cristales de anhelo.