Historias de demencia
"La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no" - Pío Baroja
lunes 2 de enero de 2012
Let it roll
Deja atrás tu miedo y penetra hacia la oscuridad. Siente cómo te envuelve el mar de penumbras, cómo te destruye y te vuelve a crear. Cómo renaces y vuelves a crecer una y otra vez. Antes eras un trozo de barro, luego un pedazo de cielo. Al final, una muerte certera e inmediata. El dolor. El dolor que invade tu cuerpo hueso a hueso, desde la cabeza hasta los pies. Lo destruye todo, lo quema. Convierte tu cuerpo en un infierno del que no quieres salir. El calor te derrite y es tan reconfortante. Tan tranquilo y quieto. Y a la vez baila sobre la madera, rojo, amarillo y naranja como mil amaneceres en miniatura que nacen y mueren cada centímetro y entregan todo su ser para deshacer el mundo poco a poco. Siente cómo te invade el sol naciente y cómo la luna te espera en un lugar remoto. Destrúyelo todo y vuelve a empezar. Siente el odio en los ojos de los demás, devuélveselo en una pelea de bar. Lánzales botellas que explotan en fuegos artificiales de sangre, alcohol y cristal. Cristal transparente, invisible y que sigue ahí. Que corta y despieza todo ser y lo separa de su esencia. Cristal que ha nacido del fuego y que ha crecido en él. Cristal al rojo que, incandescente, da calor a la mañana y frío a la noche. Un Universo en una botella de ginebra que apuras para encontrar el fondo. Para ver que al llegar allí todo es nuevo e inesperado. Descubre que has llegado al otro lado y que sólo los chamanes pueden darte la bienvenida.
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lunes 5 de diciembre de 2011
Mi habitación
Hipnotizado por la droga, observo mi habitación. Me sumerjo en un mar de ojos que me miran burlones. Parpadean cuando me muevo, y me tumbo. Las paredes, de mil tonos de amarillo, tiemblan despacio. Y sus tonos se confunden al deslizarse sobre mis ojos. Los ojos que lloran lágrimas frías. Me tumbo y veo en el suelo bocas que ríen alto, como a carcajadas. Pero no oigo nada. Mi perro dejó de ladrar. La puerta sangra por sus heridas, como garras de tigres que le han arrancado la vida y dejan que las sobras resbalen por su piel, relamiéndose las zarpas con un ronroneo. En mis zapatillas hay cuadrículas que bailan al ritmo de la música, y todos los pétalos del mundo hacen brotar flores verdes y amarillas, en las que lloran niños y niñas desamparados; los huérfanos del tiempo y de Dios que fueron dejados en un tronco a la deriva. Y mis letras son filas de hormigas que marchan contra un volcán para apagar su fuego, ese que viene desde las entrañas de Dios, donde llora un Buda y Ganesha pierde sus brazos. Donde Hércules pierde su fuerza. Donde el Dharma es mentira y los ojos de Horus son ciegos. Donde Eva y yo paseamos entre las flores de un Edén perdido.
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martes 25 de octubre de 2011
Comodidad
Con un hierro al rojo se marca en el antebrazo. En dos días quedará ahí una cicatriz rojiza de por vida. Se ha convertido en ganado. Esa educación que le daba datos inútiles con el fin de convertirle en una herramienta cada año más útil para el mundo que otros habían creado le queda ya muy atrás. Quiere ser otro. No quiere ser ganado. Quiere ser otro tipo de ser. Un ser libre. Un ser que vuela sobre el mundo y ve cómo decae, cómo se pudre en vidas cómodas y sencillas, sin ningún objetivo más allá de la muerte.
Sin ningún objetivo más allá de vivir y olvidar. De perder el tiempo que la ciencia les da. Llegando a viejos para nada en particular, sólo para morir y ser olvidados. Creyendo religiosamente en una maldición y una redención que les obliga a crear una moral con la que obtener premios y más premios tras una muerte que temen en lugar de asumir.
Huyendo del dolor, sintiendo pánico del placer, y sólo les queda vivir en un estado de comodidad vacía y muerta. Fría como el hielo.
Sin ningún objetivo más allá de vivir y olvidar. De perder el tiempo que la ciencia les da. Llegando a viejos para nada en particular, sólo para morir y ser olvidados. Creyendo religiosamente en una maldición y una redención que les obliga a crear una moral con la que obtener premios y más premios tras una muerte que temen en lugar de asumir.
Huyendo del dolor, sintiendo pánico del placer, y sólo les queda vivir en un estado de comodidad vacía y muerta. Fría como el hielo.
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miércoles 31 de agosto de 2011
Noche tras noche
Noche tras noche, se encuentra mirando a las luces de ciudad y preguntándose si todo merece la pena. Si él ya es un juguete roto o queda aún algún Geppetto que lo pueda arreglar. Que pueda llegar y darle color a su mundo. Su musa está vacía, su garganta seca y llena de humo arde como mil fuegos, y las lágrimas le manchan la chaqueta. De tanto pasarse las manos por él, su pelo tiene una forma que no volverá a tener.
Sobre una hoja de papel amarilla descansan sus manos ensangrentadas. Se ha cortado hace tiempo, pero no le duele. Le duele más eso que tiene en el pecho, que le palpita y le mata. Unos lo llaman corazón. Él dice que es lo único que no quiere. Que sólo le ha traído y le traerá problemas. Que es lo que le hace llorar. No quiere amistad. No quiere amor. Ya no. Sólo son alfileres que clavar en sí mismo. Heridas nuevas que desgarran su carne.
Noche tras noche, llora.
Noche tras noche.
Sobre una hoja de papel amarilla descansan sus manos ensangrentadas. Se ha cortado hace tiempo, pero no le duele. Le duele más eso que tiene en el pecho, que le palpita y le mata. Unos lo llaman corazón. Él dice que es lo único que no quiere. Que sólo le ha traído y le traerá problemas. Que es lo que le hace llorar. No quiere amistad. No quiere amor. Ya no. Sólo son alfileres que clavar en sí mismo. Heridas nuevas que desgarran su carne.
Noche tras noche, llora.
Noche tras noche.
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domingo 7 de agosto de 2011
Three Roses Bourbon
Eran tres, y se sentaban bajo las estrellas, sobre la hierba, en una de esas calurosas noches de verano, en las que no se puede dormir pero sí soñar despierto. En el claro de aquel bosque, sólo los acordes de una guitarra tiempo atrás muerta y, de fondo, el crepitar de las llamas y el romper de las olas en una playa desconocida. Llovían estrellas y morían planetas aquella noche y ellos, aunque atrapados en una millonésima parte de la existencia, y aún jóvenes para entender lo corta que puede ser una vida, se sentían por momentos libres como pájaros al alzar el vuelo. Aquella noche, el infinito era el límite; la música, el vehículo; el bourbon, el combustible. No bebían para olvidar. Bebían porque necesitaban sentirse libres.
-He visto una luz parpadear-dijo uno.
-Has visto una estrella morir-dijo otro-. Has visto algo que pasó antes de que nada que conozcamos existiera.
Hacía horas que de los ojos del segundo brotaban lágrimas. Quizá algún amor que nunca superó. Quizá felicidad pura. Quien había visto la estrella morir, sin embargo, tenía una felicidad menos melancólica. Reía, reía y reía. Nada era mejor que aquello.
El tercero, suerte de disc-jockey, escuchaba ausente las canciones. Una tras otra, mirando al infinito y pensando en aquella persona con quien quería estar. Ella, de todas formas, también estaba ahí. En su corazón y en el de aquellos amigos que darían un brazo por verle feliz. En cualquier caso, él debía sonreír. Otro debía dejar que se oyeran sus carcajadas. El último debía dejar sus lágrimas caer al mar.
Llegó una canción. El melancólico la recordó con un trago de bourbon. Una de las mujeres que más le habían influido en su vida se la había enseñado por primera vez hacía unos años. Una Atenea de carne y hueso que se veía fuera de lo terrenal. Cantó y cantó entre lágrimas, pensando en ella. Ya le llegaría un mensaje en una botella a las inexistentes costas de Madrid, "allá donde el mar no se puede concebir", que dijera Sabina, para contárselo.
Y al amanecer, todos deseaban de veras seguir aún en el claro de aquél bosque, junto al fuego.
Bajo las estrellas.
-He visto una luz parpadear-dijo uno.
-Has visto una estrella morir-dijo otro-. Has visto algo que pasó antes de que nada que conozcamos existiera.
Hacía horas que de los ojos del segundo brotaban lágrimas. Quizá algún amor que nunca superó. Quizá felicidad pura. Quien había visto la estrella morir, sin embargo, tenía una felicidad menos melancólica. Reía, reía y reía. Nada era mejor que aquello.
El tercero, suerte de disc-jockey, escuchaba ausente las canciones. Una tras otra, mirando al infinito y pensando en aquella persona con quien quería estar. Ella, de todas formas, también estaba ahí. En su corazón y en el de aquellos amigos que darían un brazo por verle feliz. En cualquier caso, él debía sonreír. Otro debía dejar que se oyeran sus carcajadas. El último debía dejar sus lágrimas caer al mar.
Llegó una canción. El melancólico la recordó con un trago de bourbon. Una de las mujeres que más le habían influido en su vida se la había enseñado por primera vez hacía unos años. Una Atenea de carne y hueso que se veía fuera de lo terrenal. Cantó y cantó entre lágrimas, pensando en ella. Ya le llegaría un mensaje en una botella a las inexistentes costas de Madrid, "allá donde el mar no se puede concebir", que dijera Sabina, para contárselo.
Y al amanecer, todos deseaban de veras seguir aún en el claro de aquél bosque, junto al fuego.
Bajo las estrellas.
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A ti
Querida mía:
Recuerdo aún esa noche. No hacía mucho habíamos estado en la playa y yo me moría de ganas de ser ese chico con el que jugabas. No por el hecho de ser él, sino simplemente por jugar contigo y reírnos de todo y de todos. De eso hacía sólo unas horas, pero aquella noche, después de cenar, daba igual quién estuviera: me bastaba para ser el hombre más feliz del mundo el poder dejar que se cruzaran nuestras miradas. Mis ojos de niño contra los profundos pozos que brillaban en tu cara, risueños.
Esa noche fue mágica y perfecta hasta decir basta. Cada segundo en el que sólo estábamos tú y yo, escondíamos entre el humo de nuestros cigarrillos las risas, y pensábamos que volvíamos a ser niños. Y, como colofón, te quedaste conmigo en la playa, antes de ir a casa, terminando el último mientras yo bebía para entrar en calor.
Te hubiera besado a la puerta de tu casa. Por suerte o por desgracia, soy un maldito cobarde.
Recuerdo aún esa noche. No hacía mucho habíamos estado en la playa y yo me moría de ganas de ser ese chico con el que jugabas. No por el hecho de ser él, sino simplemente por jugar contigo y reírnos de todo y de todos. De eso hacía sólo unas horas, pero aquella noche, después de cenar, daba igual quién estuviera: me bastaba para ser el hombre más feliz del mundo el poder dejar que se cruzaran nuestras miradas. Mis ojos de niño contra los profundos pozos que brillaban en tu cara, risueños.
Esa noche fue mágica y perfecta hasta decir basta. Cada segundo en el que sólo estábamos tú y yo, escondíamos entre el humo de nuestros cigarrillos las risas, y pensábamos que volvíamos a ser niños. Y, como colofón, te quedaste conmigo en la playa, antes de ir a casa, terminando el último mientras yo bebía para entrar en calor.
Te hubiera besado a la puerta de tu casa. Por suerte o por desgracia, soy un maldito cobarde.
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jueves 14 de julio de 2011
Siddhartha Gautamá
«Triunfaré sobre el nacimiento y la muerte y venceré a todos los demonios que hostigan al humano»
Sobre el niño, sentado sobre un loto, y su madre, yaciente y dolorida, herida por el elefante de seis colmillos, caía una lluvia de pétalos que lo volvía todo mágico e irreal. El niño era majestuoso. Era el hijo del rey. Era la meta de los perfectos. Aquello que todo ser debía anhelar, aquello a lo que cualquiera debía aspirar.
Aquello que se veía en el centro del Nirvana.
Ella lloraba lágrimas agridulces, de dolor y felicidad. Todo era hermoso y perfecto, y había nacido un santo.
Había nacido un santo.
Sobre el niño, sentado sobre un loto, y su madre, yaciente y dolorida, herida por el elefante de seis colmillos, caía una lluvia de pétalos que lo volvía todo mágico e irreal. El niño era majestuoso. Era el hijo del rey. Era la meta de los perfectos. Aquello que todo ser debía anhelar, aquello a lo que cualquiera debía aspirar.
Aquello que se veía en el centro del Nirvana.
Ella lloraba lágrimas agridulces, de dolor y felicidad. Todo era hermoso y perfecto, y había nacido un santo.
Había nacido un santo.
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