El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Humo gris y líquido ámbar

Con olor a alcohol, tabaco y ciudad
Sube la colina en un miedo audaz

Teme el dolor de ver el olvido.
El dolor de la ignorancia y la cerrazón
Qué se vuelcan gota a gota en su corazón,
Qué se esconden y en su alma hacen nido

Con olor a tabaco y ciudad, a humo,
A tubo de escape, a grito y sudor
Cuenta atrás del tres al uno
Y antes de dormir ahoga el dolor

¿Es justo? ¿Es bondadoso y educado?
Puede que lo sea, pero de poco vale
En este mundo de condes y ducados,
En que todos vean, pocos amen.

Con olor a cerveza y autobús,
Rancio, bañado en sudor de extraños
Viaja con su coraza de estaño
Camino a la nada, a olvido de yos y tús

Con ceniza en las manos y humo en el pulmón
Apoya la cabeza en la almohada.
Y cierra los ojos esperando el momento
En que a casa vuelva de esta ciudad,
Olvidada.

lunes, 6 de mayo de 2019

Gotas de agua salada

No es la clase de persona a la que le prepararán una despedida lacrimógena. Nadie lo echará de menos cuando se vaya, ni buscarán demostrar lo mucho que lo quisieron. Es mejor así, en realidad: sabe que no habrá hipocresía. Que sus errores no se convertirán en detalles sin importancia, ahogados por el tinte rosa de lo hermoso que fue su andar. Sabe que a nadie le importará porque lleva años dominando el arte de ir por la vida sin hacer mucho ruido.
No sabe si lo hace por miedo, o por desconfianza. No sabe si lo hace porque no sabe hacer otra cosa, pero se ha convertido en el hombre invisible, y eso a veces pesa. A veces, cuando termina de beber y se va a casa dando tumbos, sin haberse despedido de nadie en realidad, lo piensa. A veces le enfada, a veces le entristece ser de una importancia e impacto tan ínfimos en los corazones de los demás. Pero solo a veces. Solo a veces se deja llevar por ese egoísmo que le caracteriza, esa locura de pisar o ser pisado. La paranoia mezclada en su justa medida con la necesidad de atención.
¿Y el resto de las veces? El resto de las veces recuerda que siempre tuvo sus razones para buscar el anonimato. Que dedicarse al arte y querer ser invisible es una contradicción, pero que el contradecirse, refutarse, negarse a sí mismo es una marca de la casa. ¿Quién quiere una despedida a lo grande, al fin y al cabo? Se autoconvence de que él no. Que esas gazmoñerías, esas cursiladas, no son para él. Que prefiere vestir la sonrisa de un payaso triste, y admitir de una vez por todas que, en el fondo, es un lobo solitario jugando a ser cordero. O un pretencioso jugando a ser bufón.

Y, al final, queda la pregunta: ¿cuál de estas dos verdades es la más honesta? ¿Cuál es la máscara, y cuál la enmascarada? Supongo que es difícil saberlo, o que son preguntas que siempre van a quedar sin respuesta. Al final, lo único que importa es que se deje caer sobre el colchón y se desmaye en la cama. Se deje llevar a la nada, a sabiendas de que lo único que le hará levantarse por la mañana es dibujar, escribir y cantar febrilmente, como si le fuesen tan necesarios como respirar. Cuando se despida, espera que quede alguna gota de agua salada a su paso. Pero no demasiadas, que la cosa no está para derroches.

jueves, 4 de abril de 2019

Pánico, sangre. Ahorca al disc jockey


Todos temían decir lo que era más que obvio: que no valía para esto. No era capaz de tomarse nada en serio, y todo aquello que crecía y florecía en su imaginación pugnaba por salir, empujando las paredes de su cráneo. Cuando le dijeron que aquella no sería su última pareja, cuando le dijeron que aquel no sería su último perro, ni aquellos sus últimos amigos; no se sorprendió. En realidad ya nada le sorprendía, porque desde hacía años todo le parecía una especie de broma cósmica. Enamorado como estaba del absurdo y sus implicaciones, de lo que significa un universo al que no le importaban sus tribulaciones; decidió dejarse llevar por todo lo carente de significado. Flotar y viajar a la deriva, en un mar de almas en pena e intelectos atormentados. Todo era risas, todo era un cruento sentido del humor y un chiste que no parecía tener fin. Así que cantó. Y cantó, y cantó.

Ahorca al DJ,
dijo.
Pánico en Londres,
exclamó.
Ahorca al DJ,
repitió.
Porque la música que pone a todas horas no significa nada para mí.

Y con aquellos gritos en los labios, le echaron a patadas del bar. Porque, seamos sinceros: cuando ponen cumbia, bailas y te callas.

viernes, 29 de marzo de 2019

Cuando caen las bombas

Cuando caen las bombas, todo es silencio. No oyes las explosiones, no oyes los gritos. No oyes nada. De pronto, todo el universo se detiene. Y, aunque no los veas, sabes que los planetas ya no giran. Las nubes ya no se retuercen en el lienzo azul, y los cadáveres dejan de descomponerse. Todo está quieto. Silencioso. Brillante. Las sombras bailan quietas al son de unas llamas sólidas como piedras. Las chispas se quedan detenidas en el aire, y el zumbido de los insectos se vuelve incesante, como si las moscas ya no descansaran de pared en pared. Desde que cayeron las bombas, olvidas que todo antes se movía. Todo antes era ruido. Las vibraciones se arrastraban por las superficies, saltaban desde ellas y se asomaban a tus oídos.
Desde que cayeron las bombas, has dado varias vueltas al mundo. Has seguido caminando, sin rumbo fijo, sin cansancio ni hambre. Sin sed ni deseo, ni sueño, ni tristeza, ni alegría. Has caminado, simplemente. Has visitado cada rincón, cada esquina. Le has puesto nombre a cada uno de los árboles que ya no crecen, a cada una de las golondrinas que cuelgan del cielo. A cada uno de los niños, congelados en el tiempo, que lanzan piedras sobre la superficie de los lagos. Han pasado millones de años, o solo una milésima de segundo. Ha pasado todo, y a la vez no ha pasado nada. Te preguntas si alguna vez las bombas llegaron a caer. Si realmente hubo un momento en que todo esto no era así, y el mundo no era un lugar estático. Si alguna vez tú no fuiste santo entre inertes. Rayo veloz entre pecadores.
Si alguna vez las bombas llegaron a caer, desde luego fue donde ahora estás parado. Fue aquí, donde puedes mirarte cara a cara. Donde ves el horror en esas facciones que te resultan tan extrañas y a la vez tan familiares. ¿Quién es ese ser, paralizado, frío? ¿Eres tú? ¿Es tuyo ese rictus de pánico absoluto, mientras las llamas se reflejan quietas en tus pupilas? ¿Qué haces ahí, flotando en un aire que no se mueve? ¿De qué te intentan proteger tus manos?
"No te preocupes. Tú ya no vives ahí", dice una voz detrás de ti, profunda, eterna, sin forma ni cuerpo pero con un peso más real del que nunca recuerdas haber sentido. O lo que tú crees que puede ser un peso, algo que ya no recuerdas, que ni siquiera sabes si podrías definir. Te giras. Miras a los ojos al negro chacal. Desapareces, y todo se vuelve a mover ante unos ojos que ya no están ahí. Unos ojos derretidos en sus cuencas por el fuego de las bombas. "Cuando caen las bombas, tú ya no vives ahí."

viernes, 22 de febrero de 2019

Remix

Escuchas la canción, una y otra vez. Escuchas cada segundo, cada milésima, a la caza eterna del más mínimo error. ¿Por qué es tan corta?, te preguntan. Y solo sabes contestar que porque no se te ocurría nada más. Pero tú y yo sabemos la verdad: es porque un minuto en tu mundo se ha convertido en horas y horas de sentarte frente a la pantalla. De leer ondas de sonido que no tienen sentido para ti. Ojos, espalda, piernas, manos doloridas que intentan frenéticamente hacer el mejor trabajo posible, mientras tu mente empieza a gritarte cada vez más alto que no tienes los medios necesarios. Que no vales. Que no tienes. Que no vales.
El presupuesto es bajo, inexistente. Trabajas con lo que tienes a la espera da que algún día consigas dinero para reinvertir y comprar algo que merezca la pena usar. Pero sientes miedo, y es comprensible. ¿Qué te hizo pensar que podrías enfrentarte a esto? ¿Qué te hizo pensar que podías abrirte un hueco en el mundo y dejar tu huella? Quizá fuiste un iluso, quizá apuntaste demasiado alto o saltaste demasiado poco. Pero, al fin y al cabo, es todo lo que te queda. Ese objetivo enfermizo de ser recordado por generaciones venideras. Por personas que jamás te han conocido y jamás te conocerán. Ese deseo de ser un modelo a seguir, de que tu manera torcida y extraña de ver el mundo que te rodea resulte contagiosa, mágica. El deseo de tocar las mentes y corazones de personas que jamás mirarás a los ojos, y enamorar a alguien que no existe. En ese afán, olvidarás enamorar a los que sí existen, y te rodean.
Pero no hay victoria sin sacrificio, no hay tortilla sin huevos rotos. Y si quieres pasar a la historia, tener una vida después de tu vida... bueno, entonces vas a tener que sacrificar tus minutos sobre la faz de la Tierra para, con suerte (con mucha suerte), conseguirlo. No decaigas, sigue intentándolo. Y si todo se derrumba a tu alrededor, al menos tendrás libros, discos y quizá incluso películas que abrazar como si fuesen tus hijos.

domingo, 10 de febrero de 2019

Anoche soñé que te violaban

Anoche soñé que te violaban. En callejón, en una esquina, en un bar... eso da igual. Solo sé que soñé que un ser impresentable se abalanzaba sobre ti. Aún recuerdo cómo te resistías. Cómo luchabas, pero él era demasiado grande, demasiado fuerte. Recuerdo cómo aproveché que estaba distraído para golpearle con una piedra. Cómo su cráneo crujía y se hundía bajo el peso de mi bota. Recuerdo la sangre, y el último balbuceo. También recuerdo cómo me mirabas, confusa, cuando me giré y me marché, ignorándote por completo.
Entiende esto: no lo aparté de ti porque me gustes. Ni porque me caigas bien, siquiera. No llego ni a tenerte respeto. Me pareces vanidosa, insufrible, ególatra, creída, superficial... y tu propio ego ni siquiera te permita entender que todo esto es honestidad pura: no te soporto. Pero eso da igual. No importa que te soporte o no. No importa que me gustes o me disgustes, porque siempre hay un enemigo mayor. Por mal que me caigas, por poco que te aguante, siempre será peor ese tipejo que estropea todo lo que toca. Por mucho que piense a cada segundo lo poco que te soporto, nadie merece pasar el resto de su vida en la vergüenza y el dolor de haber sido violada. Y lo sé muy bien. Lo sé porque a mí me ha tocado. A mí me ha pasado, y estoy roto por dentro desde entonces. Cuando eres un niño y alguien te arrincona en un callejón, te mete mano y te humilla, aún no entiendes muy bien lo que es el sexo. No entiendes muy bien por qué lo hace, pero entiendes que no está bien. No está bien sentir su polla flácida golpeando tu cara, ni sus manos estrujando tus testículos. No está bien sentir su dedo dilatando tu ano para hacer tiempo y saber que no sería precisamente el dedo lo que metería ahí si no hubiesen pasado aquellos coches por la boca del callejón.
Sé lo que es eso, y también sé lo que es ver a esa pobre excusa de hombre (muchos) años después, feliz, paseando con su esposa y su hijo. Morderte la lengua porque no tienes pruebas, porque ha pasado demasiado tiempo, pero saber que ese hombre orgulloso te arruinó la vida cuando aún no tenías edad para saber lo que te había hecho. Sé lo que es pasar la vida entera sin ser capaz de entender hasta qué punto incomodas a la gente cuando hablas, sin saber qué puedes decir y qué no, porque un cerdo creó en tu vida una espiral descendente que ha torcido todos los baremos habidos y por haber, todas las creencias que otros desarrollan de forma tan natural. Porque un ser patético y vergonzoso intentó descargarse sobre ti, y desde entonces te has sentido sucio a cada segundo de tu vida.
Así que sí. Soñé que te intentaban violar. Y soñé que mataba a aquel ser como mil veces antes he soñado matar a quien me hizo lo mismo a mí, fuera de la tierra de los sueños. Pero no te confundas: no me caes mejor por ello. Nunca te defenderé a ti. Nunca estaré de tu parte, porque no te soporto. Y no necesito hacerlo. No necesito que me gustes para entender que por irremediablemente insulsa que seas, aquel que se atreve a imponerse así sobre otra persona no merece un segundo más de sangre corriendo por sus venas.
Así que sí. Lo maté. Y lo mataré. Y los mataré tantas veces como me lo permita mi cuerpo descuidado. Y no lo haré por amor, ni siquiera por atracción ni por un ideal arcaico de caballería y nobleza. Lo haré por odio. Por asco, y por puro desprecio hacia lo que son y lo que representan. El escalafón más bajo de una especie caníbal y sin remordimientos. Los nuevos dueños tras la rebelión en la granja. Los infraseres que pronto se sentarán en el palco. La representación callejera de los que harán que pronto, te pongas como te pongas, a nadie le importará que te hayan violado.

Y a quien lo hizo, si me lee, le diré que entienda esto: tal vez nunca haga nada. Tal vez lo haga mañana o tal vez me presente en tu lecho de muerte. Pero si alguna vez te miro a los ojos, sabrás lo que hay tras ellos. Y quiero que sepas que no pasa un minuto de mi vida sin que imagine cómo será sentir tu cuerpo estremecerse mientras meto la hoja del cuchillo en tu carne. Mientras siento tus costillas crujir y tu sangre bañar mi brazo. Espero que sepas que, si alguna vez lo hago, lo haré sin remordimiento alguno. Y disfrutaré cada momento. Cada gota de sangre que vomites de la pura tensión. Espero que sepas que, gracias a ti, no soy nada cristiano. Y yo ni perdono ni olvido.

domingo, 20 de enero de 2019

El hombre desharrapado

Soy el hombre desharrapado, sucio, mugriento, sin afeitar ni peinar que grita a la nada en mitad de la calle; en un aullido que esconde entre lágrimas de locura la esperanza de que alguien se pare a escuchar.
Así que bienvenidos, bienvenidos todos a mi cabaret de las locuras. El circo de lo ilógico. El Moulin Rouge de lo intrascendente. La gran epopeya de lo más completamente olvidado. Observad la épica historia del mendigo al que ayer le lanzasteis un par de céntimos. Observad las espeluznantes imágenes del niño muerto en la playa, del niño cubierto de ceniza y sangre, del niño desmembrado, del niño... del niño... del niño...
¿Por dónde iba? Ah, sí. Observad a la humanidad, amigos y amigas. Observad en lo que nos hemos convertido y preguntad al aire y con cada aliento de vuestra asquerosa boca si realmente el progreso siempre trae tiempos mejores. Si realmente hemos ido a más. Si realmente somos lo que creemos ser. Observad y llorad, o reíd, o haced cabriolas y masturbaros unos a otros hasta romperlo todo en un gemido orgásmico que alcance la Puerta de Tannhäuser. Quizá, de entre todos, os escuche Roy Batty y tire abajo las paredes de vuestra estupidez con un severo y sonriente cabezazo.
¿Demasiado agresivo, demasiado incoherente, demasiado caótico? Permitidme que lo intente de nuevo. Observad a la humanidad. Observad a la más absoluta y abyecta nada mientras os grito al oído palabras de amor. Observad las mentiras que seguís creyendo cada día mientras yo lleno vuestra cabeza de más mentiras, de autoafirmación, de palabras que os hagan creer lo especiales que sois y lo mucho que valéis. El universo tiene un plan para todos nosotros, amigos y amigas. El universo tiene un plan, oh, sí, y vosotros y vosotras y vuestros hijos y vuestras hijas formáis parte de él. La niña que sujetáis en vuestra mano tiene el destino escrito en las estrellas. Las mismas estrellas, desde tiempos inmemoriales, están gritando y cantando cómo su padre la violará cuando cumpla los 13 años. El niño al que acunáis por la noche vive una vida ya narrada. Esa vida en la que acabará en prisión por descuartizar a su mejor amigo en un ataque de ira. Sí, todos tenéis un destino. Hay un plan para todos. Sonreíd, todo va bien.
¿Así mejor?
¿Sí?
Sonreíd, todo va bien.
Todo va bien.
Todo va bien, malditos.
Todo va bien, asquerosa plaga de infectos desperdicios de lo que una vez fue la humanidad.
¡Gracias! ¡Os quiero! ¡Os quiero tanto como a la mierda que cago cada mañana!

¿Qué te parece?
No sé...
Hombre, energía tiene. Yo creo que con un par de cambios, nos puede servir.
Llámale...

lunes, 3 de diciembre de 2018

La única respuesta serán los disparos


Es la manera de exportar multas que tienen. Como tienen una posición de poder ante gente que quiere ganar más y más, están blindados. Como están blindados, las acciones desde el gobierno para mantenerlos dentro de la ley son irrisorias. Como esas acciones son irrisorias, los miembros del gobierno tienen asegurado su futuro.

Cuando estas acciones irrisorias llegan a Europa, con razón, multan al gobierno. Y el gobierno, ahora sí, nos dice "eh, lo pagamos todos que el gobierno es de todos"; solo que lo dice muy bajito, para que no te enteres de que de ese dinero extra que pagas por la comida, la ropa, por trabajar, por vivir, eso que pagas de tu casa o de tu empresa; eso que debería ir a mejorar hospitales, rebajar las tasas en la educación, mantener una policía bien cribada y entrenada para mantener la seguridad en un país cada vez más peligroso; bomberos, profesores, pensiones... ese dinero que todos pagamos porque debería ser DE TODOS se dedica a cubrir estas multas que llegan desde fuera a un gobierno que no solo no hace su trabajo, si no que al no hacerlo se garantiza un puesto de lujo en una multinacional.

Ahí es cuando llega Podemos, y dice que no queremos pagar esas multas. Que no deberíamos pagar esas multas que son a personas que no tienen nada que ver con nosotros. Y Podemos usa populismo para ganar escaños. Gente de izquierda se envalentona y empieza a llamar a ciertos movimientos y ciertas acciones "fascismo", porque es lo que son. Así que la derecha se victimiza, lloriquea y grita "es que estos comunistas hijos de la grandísima puta nos están insultando y nadie les dice nada, y salen impunes" (mientras mandan a humoristas, raperos, manifestantes y demás a la cárcel o les multan; o les parten la cara de un porrazo...). Y como eso surge, aparece gente como Alianza Nacional o Vox a hacer un revival de los fascismos originales. Los violentos, los de principios del Siglo XX. Unos son directamente una pandilla de brutos y matones, y otros dicen "eh, a Podemos le funcionó esto del populismo", y hacen exactamente lo mismo que Podemos para que la extrema derecha más rancia meta un pie en el gobierno con un programa electoral que se salta a la torera los derechos humanos.

Surge entonces una división en la población. La izquierda se asusta y empieza a gritar más y más fuerte. La derecha se victimiza aún más y los fascistas se alimentan de ello. Cada vez más gente se cree el discurso de la derecha, y desde ahí cada vez más fascistas creen que gente como Abascal merece la pena. Que realmente tienen algo que decir. Algunos incluso sacan las similitudes de su programa con el de Podemos, o incluso las promesas bondadosas que tiene para ocultar su xenofobia, su machismo y su agresividad. Entre todo este ruido, cada persona que intente argumentar o hablar calmadamente verá su voz perdida. Cada persona que intente decir las cosas como son, que intente analizar los puntos fuertes y débiles de cada ideología, que intente informar y que intente dar su opinión de forma racional; verá su voz perdida.

Dicen desde hace años que Cataluña quiere dividir España. Que el País Vasco quiere dividir España. Mientras dicen eso, con las manos escondidas, usan todos los trucos del arsenal de quien está en su poder para dividir más aún a España. Para enfrentar a la población que solo quiere vivir, y crear esclavos. Algunos dicen que todo esto es ser alarmista. Que estamos en una democracia, que eso nunca pasaría. Algunos prefieren olvidar, pensar que nunca pasó. Que el partido nazi nunca ganó unas elecciones, que Adolf Hitler nunca decidió usar una mitad de Alemania para ahogar a la otra y crear un ejército de monos sabios. Monos ciegos, mudos y sordos.

Algunos prefieren olvidar que somos el país donde el fascismo triunfó, y donde sigue triunfando.
Algunos prefieren olvidar que Francisco Franco nombró a Juan Carlos de Borbón como su heredero.
Algunos prefieren olvidar que se defiende a los golpistas desde hace casi un siglo.
Algunos creen que hay que callar.
Y con tanto silencio, al final la única respuesta tendrá forma de balas.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La gente de los coches

La gente de los coches parece cansada, agotada, perdida. Aislada del mundo que existe más allá de los confines de su ventanilla. Como si todo el aire de su burbuja de aislamiento se extinguiera, se llevase su alma a una dimensión paralela, inaccesible, inefable. Como si su casa sobre cuatro ruedas se alimentase de sonrisas para moverse por la ciudad.
La gente de los coches, en definitiva, no pierde un minuto, y a la vez pierden horas, días, semanas enteras. Llegan siempre a tiempo, o a veces incluso antes de su momento. A veces se sientan en el mismo coche, frente al volante, fumando con expresión ausente. Y uno, al pasar junto a ellos, tan cerca pero tan lejos, no puede evitar cuestionarse qué piensan. Qué hay tras esos ojos vacíos, tras esa mirada triste y perdida que deja entrever el peso de toda una ciudad sobre sus hombros. 
La gente de los coches está abatida, aplastada por el peso de una vida que no eligieron. De una casa que no es la que quieren. De unos hijos repelentes que no quieren mirar a la cara. De un marido o una mujer que es en realidad la mitad de una esposa. Una esposa atada a la muñeca, más y más apretada cada día que pasa, hasta que al final no se la pueden quitar. Al final es tan parte de ellos como esa alma que han perdido en su casa que no quieren, en sus hijos que detestan. En esa prisión de cuatro ruedas con asientos de cuero y dolby surround.
La gente de los coches tiene el cenicero lleno de colillas.
La gente de los coches tiene una guantera sin guantes, cinturones de inseguridad y una bolsa de aire que les asfixia. Tienen todo y no tienen nada. Tienen deudas, pagos pendientes, dinero perdido. Tienen un alma vacía por culpa de tantas y tantas necesidades. Tantas y tantas responsabilidades.
La gente de los coches lo es todo, y no es nada.

No salgas a por tabaco cuando haya caído la noche.
Corres el peligro de encontrarte a la gente de los coches.

sábado, 17 de marzo de 2018

Post-coitum

Con un jadeo estertóreo, como el resoplido de un animal primario, el rugido una bestia de épocas pasadas y olvidadas. Así es como ambos amantes se separaron. El hombre, aún sin aliento, se sentó en el borde de la cama, con el rostro entre sus manos. Ella lo miraba, confusa, quizá con un tinte de decepción en su pálido rostro. Sobre las vigas, en las tejas de arcilla que cubrían aquel techo abuhardillado, repiqueteaban las gotas de una lluvia incesante. Y entre la madera, con pereza pero decididas, algunas de aquellas guerreras de agua se deslizaban hasta el interior, resbalando hasta caer con todo su peso sobre el suelo de parqué. El charco que se formaba crecía más y más, y a ninguno de los dos amantes parecía importarle. El tiempo se había detenido, y ahora no eran si no dos estátuas de mármol, brillantes con el sudor de la pasión que resbalaba por su piel. Eran, vistos desde fuera, un cuadro en la penumbra. La imagen de lo que pudo llegar a ser pero jamás se formó.
"No deberías preocuparte", dijo ella, al fin, con un hilo de voz entrecortada. El hombre se limitó a soltar un bufido. No había respuesta posible ante aquello. Todo lo que resonaba en su cabeza eran palabras de desaliento, gritos de frustración que ningún canto de sirena podía ahogar.
Ella suspiró y se encendió un cigarrillo, sentándose con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Con desgana, le lanzó la cajetilla y el encendedor al hombre, con la ligera esperanza de que aquello le diese una motivación para salir de aquel trance insondable, aquella ausencia total y absoluta. No funcionó, sin embargo, y los cigarrillos quedaron desparramados sobre la colcha al salir despedidos de la cajetilla. Formaron en ella un dibujo de nicotina por usar, de potencial cáncer o infarto de miocardio, que a duras penas rivalizaba con las hipnóticas espirales del humo que flotaba en el aire, deslizándose sin prisa pero sin pausa desde la boca de ella y con el único objetivo de arremolinarse entre las vigas de madera oscurecida. Ante el silencio incómodo que crecía entre ambos, ella decidió hablar:
"Recuerdo cuando tenía unos cinco o seis años... recuerdo el verano, las hojas de los árboles, las flores... recuerdo que pasé una temporada soñando con ser actriz. Me imaginaba sobre las tablas, cegada por los focos... la gente me miraba, pero yo no los veía. Solo eran una neblina que había más allá de la tarima. Todo lo que podía ver y sentir era lo que mi personaje veía y sentía. Y era tantas personas... era Hipatia, era Ofelia, era Lady Macbeth y a veces Julieta. Otras era Virginia Woolf, Mary Shelley, Helena de Troya..."
"¿A dónde quieres ir a parar?", la voz del hombre sonó seca, cortante. Sus palabras quedaron suspendidas entre el humo, resonando aún con timidez entre el repiquetear de las gotas de lluvia. Entre las valientes aguas que se lanzaban desde las vigas hasta el suelo.
No hubo respuesta. Ella se limitó a mirarlo, y a fumar. Él seguía en aquella posición tan extraña, tan salvaje. Como un hombre salvaje que protege su cabeza sin saber por qué. Sin siquiera sospechar que su alma, sus recuerdos y sus conocimientos se escondían agazapados entre aquellas paredes de hueso blanquecino. De alguna manera, aquella imagen la excitaba. Aquella situación, aquel hombre salvaje. No sentía ofensa alguna por su interrupción, ni tenía tiempo de planteárselo. Su cabeza estaba ocupada imaginando mil y una cosas a la vez, la una siendo a qué se refería al hablar de sus sueños de ser actriz.
"Quizá por eso empecé a fingir los orgasmos", dijo al fin.
El hombre soltó un bufido, a medio camino entre la queja y la risa. Un bufido sin tintes de desprecio, pero que daba a entender que aquel chiste había sido entregado al público equivocado. Con movimientos lentos y calculados, se dio la vuelta y se encendió un cigarrillo, quedando sentado frente a ella, en la cama. En sus ojos aún se entreveía la vergüenza. En los de ella, sin embargo, una compasión infinita.
"Solo digo que estas cosas pasan, ¿no?"
"Puede ser", respondió el hombre, su vista fija en la pared tras la cama. Su mente vagando sin saber siquiera dónde. "Puede ser... supongo que no es para tanto, pero me fastidia. Supongo que me aterra haberte decepcionado."
"Me decepcionan tantas cosas a lo largo del día..."
"¿Qué pasó con tu sueño de ser actriz?"
"Se diluyó, como se diluyen todos los sueños. No fue de la noche a la mañana, como mucha gente piensa. No me desperté un día pensando que, bueno, que aquel sueño ya no era para mí. Más bien fue como echar un polvo bajo la lluvia. El sudor estaba ahí y, sin saber cómo, poco a poco, fue reemplazado por el agua."
"¿Nunca volviste a pensarlo?"
"Lo recuerdo siempre... pero no creo que sea importante ya, creo que fue un deseo pasajero que dejé atrás. ¿Tú no tienes deseos así?"
"Bueno, durante mucho tiempo quise ser pintor... luego músico, inventor, programador, escritor... quise ser tantas cosas que perdí la cuenta. Se me escurrieron entre las manos con el pasar de los años."
Se miran y sonríen. La lluvia cesa. Y como el cantar matutino de un gallo en un corral, la última gota golpea contra el suelo.

lunes, 19 de febrero de 2018

La Tormenta


Cuando se avecina la tormenta, corremos carretera abajo. El aire se carga con electricidad, como una amenaza del mal que está por venir, mientras vemos pasar a través de nuestras ventanillas los pocos arbustos que pueblan el desierto, la arena que baila en el viento.

A menudo nos despertamos al alba. A veces, con suerte, Él nos deja dormir un poco más, solo unos minutos, para que creamos que es bondadoso. A mí y a los otros niños, nos llama sheriffs. A los trabajadores, los llama civiles. Caminamos juntos, ellos rodeados por nosotros, y Él nos dice que lo que hacemos es bueno. Que nuestro trabajo es mantener el orden. Los trabajadores trabajan, nosotros nos aseguramos de que lo hagan.
La mayoría de los niños ya tienen los ojos medio ciegos, las orejas despellejadas... ya sabe, por la sal y la sequedad. Al sol del mediodía, vigilan los trabajos, yendo y viniendo con sus armas. Yo existo al margen, más allá, vigilando la carretera a la espera de que vengan los salteadores. Los comerciantes. Los caravaneros. Cuando llegan, les vendemos a trabajadores. Les damos carne viva que se llevan lejos, muy lejos, y los olvidamos. Eran importantes hasta que dejaron de serlo.
A la noche, los niños y yo nos sentamos a cenar. Una vez cada semana, Él nos dice que sobran dos. Que somos demasiadas bocas que alimentar, que moriremos de hambre. Elegimos a dos al azar y les obligamos a comerse el uno al otro. Vemos cómo lo hacen, cómo se despiezan y despellejan, y a través de ojos medio ciegos gritamos con salvajismo, animando a nuestro favorito para que muera el último.
Todo comienza de nuevo a la mañana siguiente, y no sabemos cómo, siempre hay gente nueva. Nuevos trabajadores que ocupan el lugar de los que hemos vendido a los caravaneros. Nuevos niños que hacen de sheriffs. Algún día, cuando yo ya esté ciego como ellos, habrá un nuevo vigía. Uno más que avisará cuando lleguen los salteadores. Uno más que animará a uno de los niños. Y que gritará mientras yo intento comerme a mi rival.

Nuestro objetivo es sobrevivir. Caminamos por la carretera en busca de nuevas vetas de sal. Más bocas que alimentar, más armas que apuntar a los trabajadores. Ellos trabajan, nosotros vigilamos, y Él lo controla todo desde su trono. Él nos mantiene en orden, Él nos protege de la tormenta.

martes, 6 de febrero de 2018

Ni dolor ni rabia

Corría de brinco en brinco tras la atención de hombres, mujeres, y todo cuanto estuviese en medio. Buscando esa pizca de caso que pudiera mendigar a los corazones ya rebosantes de quienes le rodeaban. Era esa clase de persona a la que la soledad no le sienta bien, esa persona que en soledad no se convierte en un pasar melancólico de imágenes, si no más bien en una fotografía vieja y mal encuadrada. Una imagen quieta que envejece abandonada en lo más alto de una pequeña mesita de noche.
Corría, como he dicho, de brinco en brinco. Y a cada brinco martillaban su cabeza las mismas preguntas, los mismos pensamientos. Como un día en bucle que nunca acaba, o una noche en vela que nunca empieza. Eran las mismas palabras, una y otra vez, las que se repetían en su cabeza con un tono más apagado a cada hora, a cada segundo.
Esos pensamientos se agolparon poco a poco, se convirtieron en un muro de contención de lágrimas por caer, y llenaron habitaciones enteras entre sus neuronas. Y perdido, desesperado, solitario, no supo entender lo que era la compañía. Engañado por la imagen del amor y el romanticismo que había visto en las películas que con tanta pasión devoraba, creyó que debía buscarlo, acecharlo y cazarlo como un animal caza a su cena. O a su desayuno, eso no importaba.
Hasta que un día, cansado, dejó de correr. Ante él, un árbol se balanceaba al viento. Le miraba, con sus ramas regias y nudosas. Le olía con sus hojas poco verdes, ya casi marrones, a punto de caer por la fuerza del otoño. Le escuchaba, con aquellas raíces clavadas en el suelo.
"Al fin te detienes..."
Y él asintió, sin mediar palabra, y miró a su alrededor. Vio todas aquellas fachadas vacías, aquellas ventanas cegadas, aquel sol que no iluminaba y las nubes que corrían por el cielo sin ir a ningún lado. Entre tanto, el árbol siguió hablando con los nudos de su corteza. Y siguió cantando a un viento que llevara su palabra lejos, más allá de ninguna frontera.
Respiró hondo y miró al suelo, luego al cielo, y luego a la nada. Y decidió descansar al fin, sentado a la sombra de aquel árbol, bajo la caricia de sus hojas. Hojas marrones que, al fin, ya se dejaban derrotar por la mano de Mabon.
Respiró hondo y cerró los ojos.
Cerró los ojos y respiró hondo.
Y ya no sintió más la necesidad de correr de brinco en brinco, ni de perseguir quimeras. Ya no sintió la quemazón de la soledad. Ya no sintió dolor ni rabia. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

Olvido

Respira. Y que sea hondo, por favor. Esta vez, que el aire llene tus pulmones, insuflando vida y muerte en tu pecho.
Y dime, ¿en qué estabas pensando? ¿No lo recuerdas? No importa entonces, ¿verdad que no? Porque, al fin y al cabo, de tantas cosas que olvidamos... Digamos que son cosa del pasado, y que si alguna vez existieron, la cosa no es ya si tenían importancia o no, ni qué eran en concreto. La cosa es que ya no están, y puede, solamente puede, que vuelvan si tenían alguna importancia.
¿Qué sería de aquel castillo que imaginabas, con sus ventanas y estandartes, si no tuvieses que reconstruirlo cada vez que invocas su recuerdo?
Las paredes que crecen entre la hierba, y se alzan pétreas e infinitas bajo la luz de un sol que no existe.
Rompen la línea ondulante de las verdes praderas, recortándose altivas en el horizonte. Ondean en lo alto las banderas, y brillan las ventanas en destellos imaginarios.
Fuegos fatuos que habitan sus pasillos, rompiendo el silencio en ecos de ultratumba, memorias salidas de la nada para poblar pabellones y de piedra inexistente.
Es aquí donde guardas tus memorias, y las pierdes y buscas y rebuscas. Si ya no están aquí, carece de sentido aventurarse más allá de las puertas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

A veces, fantasías

A veces, cierra los ojos y echa de menos aquel piso cochambroso. Cierto es que era un antro, un cúmulo de mierda, un cuchitril. Pero era su cuchitril. Aquel pequeño hueco en mitad de la nada que solo visitaba para emborracharse y dormir.
Solía tumbarse en el sofá y encender la televisión. Abría una bolsa de patatas, una lata de cerveza y de golpe era el rey de aquel pedacito de nada. Aquel salón maloliente, la cocina con los platos sucios apilados. Era el rey de una ratonera llena de basura, pero seguía siendo el rey. Solo le faltaba una corona. Mugrienta y vieja, para que hiciese juego con todo lo demás.
A veces, cierra los ojos y echa de menos aquella casa en el pueblo. Cierto es que era una casa preciosa, amplia, luminosa... pero no es eso lo que añora. Era su casa, de su familia, y allí era uno de los príncipes. El niño mimado de la realeza, que miraba con desdén a la prole de ratas y cucarachas plebeyas que huían a la luz de la linterna.
Solía tumbarse en el sofá y ver la televisión. No había cerveza, ni patatas, pero por aquel entonces no las necesitaba. Solo gritaba por dentro y esperaba que todo acabase.
A veces, cierra los ojos y los gritos de sus neuronas son tan educados que le dejan dormir.

Fantasías delatoras que dibujan sus sueños, mientras las gotas de  lluvia golpean los tendales. Caen sobre ellos con furia, y se desmoronan en mil fragmentos de aguas del cielo. ¿Es la melancolía la que mueve su mano? ¿Quizá la soledad, o una pura y profunda tristeza, lo bastante grande para hacerle llorar, pero no lo suficiente para borrar la sonrisa de su rostro?
Se pregunta a cuento de qué vienen esas frases largas, grandilocuentes. Metáforas bien envueltas que su mente vomita como si fuesen comida en mal estado. Duda a menudo de su capacidad, de lo que es real y lo que no. Y aún así, sin embargo, no obstante, en definitiva se pierde en las propias palabras. Y busca. Y patalea. Y sueña con que sus palabras son suficiente para cautivar el corazón de aquella dama. Y tocar su alma. Pero no lo son, se quedan cortas o se pasan de largo, y ahí está él de nuevo. Solo. Solo sobre las líneas de un papel vacío, descompuesto, desintegrado en una explosión de letras. De la a A a la Zeta. Como gotas de lluvia que golpean los tendales.

lunes, 31 de julio de 2017

What I carried along

May you be the love of my life;
Or the woman who turned me into a monster?
May she be between love and hate;
Or the extremes that are brought along her?

May it be that I'm alone;
Or that you all have stabbed my back?
May that feeling in my bones
Be telling me that everything's bad?

Perhaps it's time for paranoia to run free.
Time for the love to be a thing of the past.
May it be time for me to lay still,
Or to wake up and let it out at last.

Out of my brain and of my thoughts.
The hate and rage I've carried along.

miércoles, 26 de julio de 2017

Hay una hoja flotando en la ría

Hay una hoja flotando en la ría.
Esquiva, se esconde entre rocas
de caluroso día, de noche fría.
Rompe entre el agua de las olas,
y flota sobre la espuma de una mar bravía.
Vive en el puerto entre peces y escoria,
esperando viajar y no hacer historia.

Hay gaviotas entre las velas, los mástiles.
Vuelan y picotean, cayendo en picado;
a solas o en bandada, sobre presas fáciles.
Rompen entre las nubes y gritan, chillan
con rabia y hambre entre pescadores anonadados.
Viven en el puerto sobre peces y escoria,
sabedoras de su propio viaje y de su historia.

Hay hombres entre las avenidas, las aceras.
Ausentes, caminan perdidos por lugar desconocido
y se lanzan a la espera, sin cautela, sin reserva.
Rompen entre llantos y risas, el pecho henchido
en orgullo verdadero; visitantes de medio pelo, creyentes
del servilismo que sonríen entre dientes
pensando "no seamos amables con el servicio".

miércoles, 14 de junio de 2017

Navaja de afeitar

Los de tu calaña viven pensando que lo que hacen no tiene consecuencias... pero no podríais estar más equivocados. Tan errados estáis que a veces dan ganas de reír. Lo que hacéis crea monstruos... creéis que todo se olvida, todo pasa... pero no. Lo que hacéis crea monstruos, te digo. Y sentís el terror cuando estos monstruos se asoman a vuestra puerta.

La bolsa de lona se apartó de su cara con brusquedad, arrancándole parte del pelo en su trayecto. Rápidamente, el frío de una navaja de afeitar acarició su cuello. Quiso gritar, pero estaba amordazado. Quiso correr, pero estaba atado a aquella incómoda silla. Ante él, en lo que podía ver en el círculo iluminado en cuyo centro estaba la silla, solo suelo. Una habitación vacía. Alguien le sujetaba la cabeza, y quiso suponer que era la extraña voz que le hablaba desde la oscuridad.

Esa pobre chica, tan lenta, tan despistada... ese chico tan feo, tan ridículo... esos gemelos a los que vestían siempre igual, y daba para muchos chistes... Lo pasasteis bien haciéndoles daño, ¿verdad? Era por su bien, pensabais a veces. Otras solo era porque os cabreaba su mera existencia. Pensasteis que jamás valdrían nada, que todo seguiría como estaba. Siempre seríais los depredadores, siempre ellos las presas.

Recordó a sus viejos compañeros. Todos se habían desperdigado por el país en trabajos de mala muerte. Todos, sin excepción. Uno de ellos era camarero en el norte, otro barrendero en el sur... y así hasta terminar con la lista de todos los que había considerado amigos. Ahora él estaba solo, sin nadie a quien recurrir, en una habitación que ni siquiera sabía dónde estaba. En una habitación de la que ni siquiera sabía el color de las paredes. Por todo lo que sabía, podía estar a cien metros de su propia casa. Intentó gritar, pero no pudo. La mordaza estaba demasiado apretada.

No te esfuerces. No pidas ayuda. No supliques. Yo ya he tomado mi decisión igual que vosotros la tomasteis hace tiempo. Y no hay nada que temer. Al fin y al cabo, lo que te espera es una parte natural de la vida. Pronto estarás lejos, y no tendrás nadie a quien hacer daño... ni nadie que te haga daño. Olvidarás lo que es ser predador o presa. Lo olvidarás todo. Sonríe para la foto.

Un flash iluminó levemente la sala. En su retina vio a los payasos tras la cámara, riendo y bailando. Una imagen de apenas una fracción de segundo que se quedó grabada en su cerebro mientras la navaja de afeitar cruzaba su cuello de lado a lado. La sangre brotaba de aquella sonrisa siniestra, los ojos se le salían de las órbitas, ahora cegados del todo, intentando ver algo que no fuesen aquellos payasos tras la cámara. Su cuerpo se sacudía intentando alejarse de la silla. Su voz era apenas un gorgoteo que se golpeaba contra la mordaza. Y, poco a poco, la habitación se dejó ver. Borrosa, difuminada, pero se dejó ver. La luz tenue ahora la inundaba, pero los colores desaparecían. No había ningún detalle, no podía distinguir los materiales... solo a una figura que taconeaba entre los payasos, hacia la puerta. Una figura familiar... una persona a la que debió decir adiós.

jueves, 30 de marzo de 2017

Montaña rusa

De arriba a abajo. De abajo a arriba. A veces, el suelo es el cielo y el cielo el suelo. A veces todo es una espiral sin definir, una vorágine de colores surrealistas en la que no se distinguen los detalles. Otras, todo es un mar de calma. Te sientas y disfrutas del viaje. Te sientas y miras a tu alrededor, a vista de pájaro, dejando que pase el viento helado entre tus cabellos, acariciando tu frente, taponando tu nariz. Otras, las menos, estás parado. Estancado. Estás en la espera de que todo caiga, de que el suelo te atrape y te lance contra él en un letal abrazo que solo es frenado por el chirriar de las vías.
Esa sensación en el estómago que al principio es adictiva, luego cansina y al final destruye tu vida, pone patas arriba tus entrañas y fluidos mientras luchas por mantener la compostura. Esa sensación al final te derrota, y se deforma tu rostro en un grito sin palabras, en un golpe de voz largo y doloroso, que quema tus pulmones y los vacía hasta la incapacidad. Te deja, como pez fuera del agua, boqueando y aleteando débilmente, con tus brazos colgando a los lados de tu cuerpo, tus piernas dormidas e incapaces de caminar. Tirado como un muñeco de nieve al sol, que se derrite poco a poco sobre su asiento dejando escapar los fluidos que lo conforman.
Buscas a diestra y siniestra la calma. Buscas en el futuro la próxima meseta que te permita descansar, pero son todo precipicios, giros, vueltas y caminos del revés. Todo está patas arriba y no ves fin. No ves arreglo. No ves forma de cambiar nada. La inactividad te atrapa, la inefectividad se hace forma en ti, y tu impotencia no tiene límites. Tu incapacidad es tu rasgo más fuerte. Solo eres un mueble, nada más. Un mueble molesto al que hay que apartar. Un obstáculo que esquivar para llegar hasta el sofá.
Te mimetizas, te haces pequeño. Evitas que tengan que apartarse demasiado. Te alejas de todos y todas, y todo y toda. Te vas, sin hacer mucho ruido, por la puerta de atrás. Esperando que los demás tengan más suerte de la que tú tuviste. Que puedan con la montaña rusa. Que las losas que cargan no destrocen su columna vertebral. Que todo y nada vuelva a ser una escala de grises. Que haya términos medios y tranquilidad en sus vidas.
En la tuya solo quedan convulsiones y gritos ahogados en una esquina.

domingo, 19 de marzo de 2017

Die Hoffnung - Los perros de presa

Desde una posición discreta como la suya, pero poco a poco cayendo en la ruina, la familia de Mikha'el empezó a ver en noticias, en rumores, y en comentarios, cómo el cerco se iba cerrando sobre su gente. Por pura picardía, el muchacho se lograba zafar de las agresiones y la violencia, cada vez más cercanas, cada vez más peligrosas. Las palizas, los embargos, los robos impunes, cada vez más a la orden del día, se cernían sobre ellos sin rozarlos, pero siempre proyectando una sombra, una presión sobre sus gargantas.
La familia de Rifka, por otra parte, gozaba de una relativa comodidad. Acogidos por el régimen, más como utilidad que como verdaderos amigos, se les mantenía continuamente en el filo de la navaja. Aunque ella no lo sabía, sus padres se veían obligados a ceder cada vez más su honra y sus convicciones para mantenerse con vida, tan endeudados como estaban con el Partido. El matrimonio de su hija con Hans era claro ejemplo de ello, y, aunque él se iba volviendo frío y distante, a ella no se le ofrecía la posibilidad de terminar la relación.
Así, con el tiempo, tanto Rifka como Mikha'el buscaron aislarse de su vida real, ausentándose durante noches, ella casi a escondidas de su familia, y él casi a escondidas del mundo entero, en locales de música oscuros y alejados. Allí donde todo parecía pararse, y a nadie le importaba nada más que bailar y beber. Y tal era su asiduidad que, por pura estadística, no tardaron en volver a cruzarse sus caminos.
Ella bebía tranquilamente, mientras él se mantenía apartado, intentando que nadie notase el hecho de que él no estaba consumiendo nada. Que solo estaba allí por la música y la tranquilidad. Desde su esquina, el joven muchacho distinguió al instante a la joven del pelo oscuro. Bien vestida, alegre como estaba hablando con el camarero con una cerveza en la mano. Era la muchacha de la tienda de discos, y estaba radiante. Dudó si acercarse o no. Rifka estaba prometida. Con un alemán, nada menos. Él solo era un golfillo venido a menos. Un chico de la calle. La clásica historia de Romeo y Julieta, complicada no solo por sus familias, si no por el mundo en el que les había tocado vivir.
Justo ese mundo en el que vivían, al final, hizo la decisión por él. Y, cuando la joven se giró y sus miradas se cruzaron, ambos se reconocieron al instante. Se sintieron atraídos por un imán invisible. Como si sus cuerpos tuviesen la necesidad de buscar el contacto, y sus miradas no pudiesen alejarse la una de la otra. Casi sin darse cuenta, estaban frente a frente.
Si mal no recuerdo, te llamabas Rifka, ¿verdad?
Ella asintió con una sonrisa, y bebió tranquilamente de su cerveza. El camarero, ahora desocupado, se fue sin hacer preguntas, pero dejando caer una mirada de sospecha hacia el joven callejero. Ajenos a ello, los dos enamorados empezaron a hablar.
Gracias por tu ayuda el otro día. El regalo le gustó mucho a Hans... o eso creo, suspiró ella.
¿Eso crees?
Sí, bueno, es que él no es muy expresivo. No pasa nada, estoy segura de que le ha hecho ilusión.
Supongo, repuso Mikha'el mientras miraba a su alrededor. La gente empezaba a mirarles. Aunque no está bien no dejar claro cuando un regalo te hace ilusión.
¿Por qué nos miran?
No lo sé, pero no me parece nada bien... algo huele raro por aquí.
Callados, nerviosos, los dos jóvenes miraron a la puerta justo en el momento en el que se abría, dejando entrar en tromba un grupo de policías. Raudo como buen pícaro que era, Mikha'el cogió a Rifka del brazo, y al grito de "corre", ambos se lanzaron entre el gentío hacia la puerta de atrás. Cuando la patrulla los localizó, la distancia en el bar pareció desaparecer mientras los hombres uniformados corrían tras sus pasos.
En la calle, jadeando y sintiendo la lluvia golpear sus rostros, corrieron lo más rápido que les permitieron sus piernas. La policía seguía detrás de ellos, se lanzaban como perros de presa, ya preparando sus armas para disparar. Mikha'el obligó a la chica a correr en zigzag, y, en mitad de la calle, eso bastó para evitar que sus perseguidores disparasen.
La persecución los lanzó de callejón a callejón, nunca sin salida, gracias a los conocimientos del chico. Finalmente, la joven Rifka vio una vía de escape en la forma de una casa recién embargada que alguien había olvidado cerrar. Con la espalda contra la pared, y aún intentando ahogar sus jadeos, oyeron cómo las botas repiqueteaban en el asfalto a apenas unos metros de distancia. Un sonido que pasó junto a ellos fugazmente, pero en lo que pareció ser una eternidad. Sus corazones, desbocados; sus mentes, intentando ahogar imágenes de captura, prisión, agresión, asesinato...
Creo que ya se han ido... susurró al fin Mikha'el.
Me conocen... me conocen y saben quién es mi familia...

jueves, 16 de marzo de 2017

Falsalcurnia

De no perdidos, no ganados
títulos nobiliarios, en trance
de ser simple papel mojado
a miles de euros de alcance.

Con coste y sin valor 
se aproxima la bajada del telón.

Nobleza y alcurnia a golpe
de billetera, valencia fortuita
para el mimado niño torpe
toda entera, nunca gratuita.

Entre seda y sin temor
se acerca raudo al golpe de calor.

Destila creencias por los poros,
convencimiento de su valía.
Desbanca a unos y a otros,
su nombre usando con osadía.

Con regalos sin amor
paga presto el alquiler de un corazón.

Salvas a sus apellidos, su fortuna
siempre asumida. Piedad a sus delitos,
su alcurnia jamás puesta en duda.
Salvado por mano de poder infinito.

Rezos a un Dios vengador
que golpea a quien no gozó de "honor".