El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.
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domingo, 19 de marzo de 2017

Die Hoffnung - Los perros de presa

Desde una posición discreta como la suya, pero poco a poco cayendo en la ruina, la familia de Mikha'el empezó a ver en noticias, en rumores, y en comentarios, cómo el cerco se iba cerrando sobre su gente. Por pura picardía, el muchacho se lograba zafar de las agresiones y la violencia, cada vez más cercanas, cada vez más peligrosas. Las palizas, los embargos, los robos impunes, cada vez más a la orden del día, se cernían sobre ellos sin rozarlos, pero siempre proyectando una sombra, una presión sobre sus gargantas.
La familia de Rifka, por otra parte, gozaba de una relativa comodidad. Acogidos por el régimen, más como utilidad que como verdaderos amigos, se les mantenía continuamente en el filo de la navaja. Aunque ella no lo sabía, sus padres se veían obligados a ceder cada vez más su honra y sus convicciones para mantenerse con vida, tan endeudados como estaban con el Partido. El matrimonio de su hija con Hans era claro ejemplo de ello, y, aunque él se iba volviendo frío y distante, a ella no se le ofrecía la posibilidad de terminar la relación.
Así, con el tiempo, tanto Rifka como Mikha'el buscaron aislarse de su vida real, ausentándose durante noches, ella casi a escondidas de su familia, y él casi a escondidas del mundo entero, en locales de música oscuros y alejados. Allí donde todo parecía pararse, y a nadie le importaba nada más que bailar y beber. Y tal era su asiduidad que, por pura estadística, no tardaron en volver a cruzarse sus caminos.
Ella bebía tranquilamente, mientras él se mantenía apartado, intentando que nadie notase el hecho de que él no estaba consumiendo nada. Que solo estaba allí por la música y la tranquilidad. Desde su esquina, el joven muchacho distinguió al instante a la joven del pelo oscuro. Bien vestida, alegre como estaba hablando con el camarero con una cerveza en la mano. Era la muchacha de la tienda de discos, y estaba radiante. Dudó si acercarse o no. Rifka estaba prometida. Con un alemán, nada menos. Él solo era un golfillo venido a menos. Un chico de la calle. La clásica historia de Romeo y Julieta, complicada no solo por sus familias, si no por el mundo en el que les había tocado vivir.
Justo ese mundo en el que vivían, al final, hizo la decisión por él. Y, cuando la joven se giró y sus miradas se cruzaron, ambos se reconocieron al instante. Se sintieron atraídos por un imán invisible. Como si sus cuerpos tuviesen la necesidad de buscar el contacto, y sus miradas no pudiesen alejarse la una de la otra. Casi sin darse cuenta, estaban frente a frente.
Si mal no recuerdo, te llamabas Rifka, ¿verdad?
Ella asintió con una sonrisa, y bebió tranquilamente de su cerveza. El camarero, ahora desocupado, se fue sin hacer preguntas, pero dejando caer una mirada de sospecha hacia el joven callejero. Ajenos a ello, los dos enamorados empezaron a hablar.
Gracias por tu ayuda el otro día. El regalo le gustó mucho a Hans... o eso creo, suspiró ella.
¿Eso crees?
Sí, bueno, es que él no es muy expresivo. No pasa nada, estoy segura de que le ha hecho ilusión.
Supongo, repuso Mikha'el mientras miraba a su alrededor. La gente empezaba a mirarles. Aunque no está bien no dejar claro cuando un regalo te hace ilusión.
¿Por qué nos miran?
No lo sé, pero no me parece nada bien... algo huele raro por aquí.
Callados, nerviosos, los dos jóvenes miraron a la puerta justo en el momento en el que se abría, dejando entrar en tromba un grupo de policías. Raudo como buen pícaro que era, Mikha'el cogió a Rifka del brazo, y al grito de "corre", ambos se lanzaron entre el gentío hacia la puerta de atrás. Cuando la patrulla los localizó, la distancia en el bar pareció desaparecer mientras los hombres uniformados corrían tras sus pasos.
En la calle, jadeando y sintiendo la lluvia golpear sus rostros, corrieron lo más rápido que les permitieron sus piernas. La policía seguía detrás de ellos, se lanzaban como perros de presa, ya preparando sus armas para disparar. Mikha'el obligó a la chica a correr en zigzag, y, en mitad de la calle, eso bastó para evitar que sus perseguidores disparasen.
La persecución los lanzó de callejón a callejón, nunca sin salida, gracias a los conocimientos del chico. Finalmente, la joven Rifka vio una vía de escape en la forma de una casa recién embargada que alguien había olvidado cerrar. Con la espalda contra la pared, y aún intentando ahogar sus jadeos, oyeron cómo las botas repiqueteaban en el asfalto a apenas unos metros de distancia. Un sonido que pasó junto a ellos fugazmente, pero en lo que pareció ser una eternidad. Sus corazones, desbocados; sus mentes, intentando ahogar imágenes de captura, prisión, agresión, asesinato...
Creo que ya se han ido... susurró al fin Mikha'el.
Me conocen... me conocen y saben quién es mi familia...

martes, 28 de febrero de 2017

Die Hoffnung - La luz que titilaba

En la sorpresa propia de oir, sin previo aviso, la voz de un extraño, Rifka se giró bruscamente para encararse a aquel joven delgado, enérgico a pesar de sus ojos cansados. La ilusión se palpaba en el rostro de Mikha'el a medida que su corazón se aceleraba al ver de cerca a la hermosa chica de pelo oscuro.
Me preguntaba si buscabas algo en concreto, dijo él atropelladamente. Te he visto algo perdida.
Sí, bueno... respondió Rifka, educada como suponía que debía ser. Estoy buscando un regalo para mi prometido.
De los pedazos en que se rompió el corazón de Mikha'el en un estallido casi audible, podría haberse hecho un mosaico de la desilusión. Haciendo acopio de fuerzas, el joven respiró hondo y le ofreció su mejor sonrisa a la bella muchacha, aquella prometida que ni de lejos parecía enamorada. Ella, por su parte, y olvidando todo pensamiento sobre el exitoso Hans, se perdió durante unos instantes en la sonrisa de aquel extraño, antes de que este hablase:
Me llamo Mikha'el. ¿Qué tal si me dices qué le gusta a tu hombre... y te ayudo a buscar un buen regalo?
En un acto, quizá insensato, promovido por la confianza que desprendía el muchacho, Rifka accedió y mencionó algunos géneros, típicamente alemanes y tan propios de los jóvenes que buscaban medrar en el partido, buscándose una posición en la política que les garantizase, quizás, una vida acomodada. Mikha'el, docto como era en los nuevos géneros americanos que tan en boga estaban en aquella época, buscó en su mente a toda velocidad algo que pudiese encajar con el prometido de su amada en ciernes.
No sé mucho de lo que mencionas, admitió, pero en este estante hay unos cuantos músicos que le podrían interesar.
Por hablar de lo reseñable, a esto se redujo el contacto entre los dos jóvenes, que casi a escondidas rebuscaron en los estantes un regalo para el joven proyecto de político. Ella dio las gracias. Él, con una sonrisa, dijo que no había nada que agradecer. Ambos, aún con la sorpresa en el cuerpo, continuaron su camino por avenidas opuestas. Ella de vuelta a las luces de su vida. Él, de vuelta a las sombras que arrojaba la suya.
En el camino, se pudo ver en el rostro de Mikha'el el hastío. El peso de que aquella desilusión camuflada en un principio de esperanza, había apoyado sobre sus hombros. Era una tarde gris, y la paleta monocroma del cielo parecía hacer eco, o pretender estar a juego, con los colores en lo más insondable del alma del joven.
En el camino, bolsa en mano, se pudo ver la confusión en el rostro de Rifka. Ella, tan acostumbrada a lo rígido de su educación, no sabía aún cómo entender algo tan casual, tan fortuito, como lo que le acababa de pasar. Era una tarde gris, pero los rayos de sol que a veces, tímidos, se colaban entre las nubes, parecían querer hacer eco, querer enseñar al mundo la luz que se asomaba detrás de las sombras de su alma.
La vida era curiosa, y de tan extremos los extremos que se tocaron, resultó empezar a nacer un magnetismo. Una atracción que, si bien ellos aún no lo sabían, daría forma a la historia de sus vidas. La moldearía tanto o más que aquella sombra con forma de águila que se cernía sobre las calles de una pequeña ciudad de Alemania.

sábado, 11 de febrero de 2017

Die hoffnung - Del fondo de la caja de Pandora

De días tristes en que nacieron familias terminadas, quiso el capricho del azar que surgiese, a escondidas, una tragicomedia. Esos dramas con final feliz, sazonados de tensión y conflicto, que sueñan con adivinar hasta qué punto puede sobrevivir la esperanza. Historias en las que el que espera, desespera; y la proverbial caja de Pandora guarda siempre un último regalo bajo sus caudales.
De todos es bien sabido que uno de esos tiempos tan tristes de la historia, en que, durante un tiempo, se pensó que toda esperanza se había perdido, que la humanidad había desaparecido y jamás volvería, fue Alemania. Fue la primera mitad del siglo. Años de racismo, de opresión, de recurrir al mal menor y descubrir, para sorpresa de algunos; que un mal bien regado, jamás es menor. Un mal regado en sangre crece hasta el infinito, si no encuentra una fuerza que lo aniquile desde la raíz.
Allí, entre las semillas de que germinó ese mal, conoció Mikha'el el amor. Era un chico joven, esbelto. Venía de una familia comerciante y humilde. No vivían desahogados, pero el muchacho podía permitirse frecuentar bares musicales, y tiendas de discos. Lugares donde, entre notas y ritmos, el joven se evadía de una realidad que descendía hacia el infierno poco a poco. Obstáculos cada vez más insalvables salían al paso de su familia. Y, como la suya, de todas "las de su calaña", como decían algunos por aquellos lares.
Poco a poco, las visitas a bares musicales se vieron menos regadas por cerveza y más por agua, finalmente a palo seco. En ocasiones, en cruzándose con extremistas, a palo de madera y huida precipitada. Poco a poco, las tiendas de discos dejaron de recibir dinero de su billetera, ya vacía. Los vinilos que le gustaba comprar primero, luego alquilar, y finalmente solo mirar; empezaron a pasar de sus estantes a las manos de los pocos usureros que seguían en activo.
La historia de Rifka, curiosamente, siguió una trayectoria opuesta. Hija de una familia incipiente, vieron sus padres en el trato con familias arias una oportunidad para sobrevivir, incluso para tener beneficio. Delatores de necesidad, quizá incluso ajenos a la realidad que les rodeaba, sus padres hablaban despreocupadamente con jóvenes miembros del partido en fiestas de alto copete. Los miembros del partido, por su parte, y con ansias de escalar por la ladera política, se preocuparon de mantener a la familia de Rifka cerca y bien cuidada mientras les fuese útil. Fue por eso, quizá, que ella se vio en brazos de Hans, joven ambicioso que vio en la agraciada muchacha de pelo oscuro más un juguete que una compañera de viaje. Más una mascota que una igual. Sin embargo, la consideraba suya. Suya y de nadie más.
Rifka, en su inexperiencia, se veía incapaz de decidir qué iba mal en su relación con Hans. Para intentar alejar esa sensación de su cabeza, pasaba los días vagando por los bares y tiendas de discos. Buscando, igual que Mikha'el, evadirse entre notas y ritmos. Allí, por primera vez, se vieron. Él, prendado al instante, buscó iniciar conversación con esa energía que aquellos días de hambre y miseria no habían logrado matar. La fuerza de los miserables, el poder que nace de la desesperación por encontrar algo bueno en un mundo marchito. La oscuridad de un reino de monstruos.
El muchacho, así, decidió aferrarse a aquella luz de ojos ligeramente rasgados, aquel pelo azabache ondulado, aquella figura esbelta que con sus dedos afilados rebuscaba entre los discos. Se aferró tanto que, como imagina uno que viajan las polillas, hipnotizadas por el brillo de una luz solitaria en la noche oscura, se acercó a ella y solo pudo decir:
¿No es maravillosa la música?