Entre una cámara de televisión y una patriótica bandera, se sienta tras su escritorio. Dirige al vacío palabras grandilocuentes, un gran discurso sobre héroes patrióticos que lo dan todo por su país. Que dan su vida, su voluntad y su dignidad por los ideales del lugar en el que viven.
Su pantomima, perfecta, llena de emoción a miles de borregos que ven la tele en sus casas, convencidos y orgullosos de su estúpida mediocridad, de no querer ser más de lo que ya son. De no aspirar a más de lo que les propongan sus superiores.
Y en un festival de lágrimas falsas; de alivios hipócritas a viudas y viudos que ya no son ni serán patriotas; de recuerdos a la muerte de un soldado que, de haber vivido, jamás habría sido un héroe... ahí es donde se cree que la nación está unida. La propia nación se autoconvence, y cree que por ello ningún enemigo podrá derrotarla jamás. Se creen invulnerables bajo el escudo del gobierno.
Pero la realidad es un yermo desierto. La realidad, fuera de máscaras y mentiras, es que nadie llora. Que a nadie le importa quien haya muerto. Les dan igual las bajas de su país o las del otro. Les dan igual las familias de quienes han muerto. Los huérfanos, las viudas, los padres que ya no tendrán hijos. Les da igual todo, salvo la apariencia.
La apariencia de que, al fin y al cabo, son humanos, y sienten algo. Esa apariencia, esa máscara de humanidad que no hace sino desvelar a unos robots, unas máquinas, unas herramientas de un falso patriotismo que se pasan de gobierno en gobierno como un testigo, como una panacea que solventará las revueltas.
Y pese a esa panacea, un joven, un anciano, una ama de casa o cualquier otro, siempre se alzará. Vanamente, pero se alzará.
"La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no" - Pío Baroja
El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.
domingo, 14 de febrero de 2010
Una vez más
Una vez más, se sentó junto al calor de la chimenea, en el suelo, desesperado por arrancarse una lágrima. Una única gota de agua salada que le librara de ese calvario que eran sus recuerdos. Una única gota que le ayudara a dejar escapar el dolor.
En su boca sonaban, quebrados, los versos de una canción, mientras sus manos cubrian sus ojos, sin siquiera saber por qué. Y el calor del fuego, que tan hogareño le resultaba otros días, hoy le abrasaba la espalda como una tanda de latigazos.
Y entre las brumas de su desesperación, que tan fervientemente embotaban sus pensamientos, una chispa de lucidez se asomó cuando vio la viga. La vio allí, en el techo, esperando.
No tuvo ni que pensarlo. No quería pensarlo. Sabía que si lo hacía, volvería a la normalidad y al dolor de su propia mente. Y así, sin vacilar, lo hizo.
No dejó nota. No dejó más que un gemido seco, cortado por la soga.
Y cuando lo encontraron colgando, nadie supo por qué. Sólo supieron que era un juguete roto. Uno entre millones.
En su boca sonaban, quebrados, los versos de una canción, mientras sus manos cubrian sus ojos, sin siquiera saber por qué. Y el calor del fuego, que tan hogareño le resultaba otros días, hoy le abrasaba la espalda como una tanda de latigazos.
Y entre las brumas de su desesperación, que tan fervientemente embotaban sus pensamientos, una chispa de lucidez se asomó cuando vio la viga. La vio allí, en el techo, esperando.
No tuvo ni que pensarlo. No quería pensarlo. Sabía que si lo hacía, volvería a la normalidad y al dolor de su propia mente. Y así, sin vacilar, lo hizo.
No dejó nota. No dejó más que un gemido seco, cortado por la soga.
Y cuando lo encontraron colgando, nadie supo por qué. Sólo supieron que era un juguete roto. Uno entre millones.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
¿Qué piensas?
Y te levantas del sofá, tu mirada aún fija en el televisor. Desearías saber qué es lo que desencadena tu reacción, pero no encuentras nada. Simplemente, lo has hecho, y te preocupa el no saber por qué. Aún como un autómata, diriges tus pasos y tu vista hacia la ventana. El holgado pijama que llevas baila y susurra alrededor de tu cuerpo, y tus pies descalzos se estremecen sobre el frío suelo.
Llegas tras una eternidad ante la ventana, donde la luz diurna ciega tus ojos. ¿Qué esperas encontrar ahí?¿Acaso lo sabes? En la calle sólo hay decenas de personas, anónimas, cuyos rostros no son más que óvalos difusos flotando entre la multitud. Y sin embargo, algo falla. Hay en esa bulliciosa escena algo que desentona. Desentona, y te inquieta. Los nervios se apoderan de tu cuerpo, que se sacude sin control. No puedes apartar los ojos de la calle multitudinaria. Debes saber qué es lo que desentona. Lo necesitas.
Entre lágrimas que no comprendes, con tus pies apuñalados por el frío, tus ojos se posan, impacientes, sobre cada objeto, cada óvalo difuso. Y al fin comprendes. Al fin lo entiendes todo, y dejas de llorar. Esa persona que no se mueve, y que te mira a través de la ventana. Allí, junto a la farola. Deja a todo el mundo pasar, como si fuera de otro mundo, y no deja de clavar sus ojos en ti.
Está ahí. Impávida, impertérrita, imperturbable. No sabes lo que sientes, pero piensas...
-inconcluso-
Llegas tras una eternidad ante la ventana, donde la luz diurna ciega tus ojos. ¿Qué esperas encontrar ahí?¿Acaso lo sabes? En la calle sólo hay decenas de personas, anónimas, cuyos rostros no son más que óvalos difusos flotando entre la multitud. Y sin embargo, algo falla. Hay en esa bulliciosa escena algo que desentona. Desentona, y te inquieta. Los nervios se apoderan de tu cuerpo, que se sacude sin control. No puedes apartar los ojos de la calle multitudinaria. Debes saber qué es lo que desentona. Lo necesitas.
Entre lágrimas que no comprendes, con tus pies apuñalados por el frío, tus ojos se posan, impacientes, sobre cada objeto, cada óvalo difuso. Y al fin comprendes. Al fin lo entiendes todo, y dejas de llorar. Esa persona que no se mueve, y que te mira a través de la ventana. Allí, junto a la farola. Deja a todo el mundo pasar, como si fuera de otro mundo, y no deja de clavar sus ojos en ti.
Está ahí. Impávida, impertérrita, imperturbable. No sabes lo que sientes, pero piensas...
-inconcluso-
jueves, 3 de diciembre de 2009
Hermosas otrora, marchitas ahora
De las que otrora fueran hermosas,
ahora flores marchitas,
y pronto polvo entre las rosas;
no quedará sino la memoria bendita.
Ellas, que sueñan con el pasado,
que añoran su propia sonrisa;
a quienes mal el tiempo ha tratado,
sollozan ahora y buscan con prisa.
Buscan, buscan lo que todo ser
buscan amar, buscan querer.
Temen morir, morir solas
Y ser polvo entre las olas.
ahora flores marchitas,
y pronto polvo entre las rosas;
no quedará sino la memoria bendita.
Ellas, que sueñan con el pasado,
que añoran su propia sonrisa;
a quienes mal el tiempo ha tratado,
sollozan ahora y buscan con prisa.
Buscan, buscan lo que todo ser
buscan amar, buscan querer.
Temen morir, morir solas
Y ser polvo entre las olas.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Metamorfosis
Él camina por la calle, pulcramente trajeado. Vive su vida como el más respetable de todos los hombres sobre la faz de la Tierra, sus amigos le adoran, las mujeres suspiran por él.
Ella es adorablemente sumisa.
Él hace amigos nuevos todos los días. Asciende en su trabajo como un ávido depredador, pero no se le odia por eso. Sus subordinados le admiran, sus superiores quieren ser como él. Todo el mundo le idolatra. Incluso la señora de la limpieza.
Ella es buena y obediente.
Él la lleva a cenar, a pasear y al cine. Se divierten juntos y se adoran el uno al otro. Se miran con los ojos chispeantes y el mundo gira, pero no para ellos. Sólo para los demás. Y sin embargo, ¿qué importan los demás? se tienen el uno al otro. Eso es lo que importa.
Él tan solo es un poco huraño en casa. Es comprensible: se pasa el día trabajando como un descosido para que a su mujer no le falte de nada. Y ella se lo agradece.
Él grita, él se enfada muy de vez en cuando. ¿Quién no tiene un desliz?
Él se enfurece más día tras día. Es normal: está atrapado en la rutina.
Él la pega, le destroza la cara a su mujer por mirar a otro hombre.
Ella llora, pero cree que se lo merece.
Él la odia. Él la destroza.
Ella huye. Ella vuelve a su propia vida.
Él se niega a eso.
Él acaba con ella.
Ella es adorablemente sumisa.
Él hace amigos nuevos todos los días. Asciende en su trabajo como un ávido depredador, pero no se le odia por eso. Sus subordinados le admiran, sus superiores quieren ser como él. Todo el mundo le idolatra. Incluso la señora de la limpieza.
Ella es buena y obediente.
Él la lleva a cenar, a pasear y al cine. Se divierten juntos y se adoran el uno al otro. Se miran con los ojos chispeantes y el mundo gira, pero no para ellos. Sólo para los demás. Y sin embargo, ¿qué importan los demás? se tienen el uno al otro. Eso es lo que importa.
Él tan solo es un poco huraño en casa. Es comprensible: se pasa el día trabajando como un descosido para que a su mujer no le falte de nada. Y ella se lo agradece.
Él grita, él se enfada muy de vez en cuando. ¿Quién no tiene un desliz?
Él se enfurece más día tras día. Es normal: está atrapado en la rutina.
Él la pega, le destroza la cara a su mujer por mirar a otro hombre.
Ella llora, pero cree que se lo merece.
Él la odia. Él la destroza.
Ella huye. Ella vuelve a su propia vida.
Él se niega a eso.
Él acaba con ella.
martes, 10 de noviembre de 2009
Una vez fui libre
Una vez fui libre, cuando buscaba con mis amigos los vagabundos aquél Dharma que tan ajeno nos era. Entre el budismo y la filosofía hippie, viviámos más felices que nadie, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad; polizones eternos de un tren inacabable.
No teníamos dinero. ¿Para qué? Nos bastábamos para conseguir lo que fuera. Tampoco teníamos hogar. No queríamos anclas.
Nuestra ropa se deshacía sobre nosotros, hasta que lográbamos robar alguna camisa o algo de tela para tejérnosla solos. En nuestras mochilas, ajadas por la edad, se guardaban mil historias. Sexo, amor, amistad, momentos preciosos... aún recuerdo todas las puestas de sol que, junto a mí, sobre las colinas, presenció aquella bolsa que llevaba a mis hombros.
También recuerdo cómo pocas mujeres se resistían a los encantos de un excéntrico pero, de alguna forma, atractivo grupo de seres sin casa ni hogar. Frecuentábamos cualquier local en el que pudiéramos pasar un rato al abrigo de cuatro paredes.
Simplemente, todo aquello era caótico, pero acogedor. Saltar de raíl en raíl, de posada en posada, de burdel en burdel, o de esquina sucia en esquina sucia... lo que fuera con tal de recobrar energías y seguir en el camino.
Sí. Una vez fui libre, y feliz.
No teníamos dinero. ¿Para qué? Nos bastábamos para conseguir lo que fuera. Tampoco teníamos hogar. No queríamos anclas.
Nuestra ropa se deshacía sobre nosotros, hasta que lográbamos robar alguna camisa o algo de tela para tejérnosla solos. En nuestras mochilas, ajadas por la edad, se guardaban mil historias. Sexo, amor, amistad, momentos preciosos... aún recuerdo todas las puestas de sol que, junto a mí, sobre las colinas, presenció aquella bolsa que llevaba a mis hombros.
También recuerdo cómo pocas mujeres se resistían a los encantos de un excéntrico pero, de alguna forma, atractivo grupo de seres sin casa ni hogar. Frecuentábamos cualquier local en el que pudiéramos pasar un rato al abrigo de cuatro paredes.
Simplemente, todo aquello era caótico, pero acogedor. Saltar de raíl en raíl, de posada en posada, de burdel en burdel, o de esquina sucia en esquina sucia... lo que fuera con tal de recobrar energías y seguir en el camino.
Sí. Una vez fui libre, y feliz.
lunes, 26 de octubre de 2009
El Reducto - Capítulo 2
¿Había sido aquello un sueño?
Aquél lugar fantástico, tan perfecto y maravilloso, que había visitado la noche anterior... era simplemente increíble.
Mientras pensaba en ello, caminaba ausente por las calles de la ciudad. Mis ojeras, visibles desde muy lejos, delataban que la experiencia en "El Reducto" (que era como yo había decidido llamar a aquél intrigante lugar) había sido agotadora.
Era temprano y me dirigía a la biblioteca. Quizás allí pudiera encontrar algo referente a eso.
Siempre estaba la posibilidad de que hubiese sido sólo un sueño, pero... había sido tan real... había visto criaturas sin nombre, había vivido mil aventuras, y había rescatado a mil princesas. Todo ello en mi casa, en una noche frenética que nunca olvidaré.
Veía, como una especie de iluminado, cómo la gente caminaba absorta por las calles, existiendo apenas para esquivar a los demás transeuntes, como los muertos vivientes de las películas de serie B que veía mi hermano pequeño. Era grotescamente horrible. Un esperpento infinito.
Y al fin llegué a la biblioteca, que se alzaba, noble, entre las casas viejas y ruinosas del barrio. Poca gente era la que entraba en ella, pero algo debía haber dentro, pues me fijé en que tardaban mucho tiempo en salir. Supongo que el olor de los libros es más atrapante que el de un buen café.
Adentréme entonces, sin ningún miedo, en aquel imperio, en aquél último reducto del saber. Los muebles, de maderas nobles. Los libros, tomos antiguos que tomaban polvo en la estantería. Lo único que estaba fuera de lugar era la bibliotecaria, una chica joven y bien parecida, pero que por lo demás no resaltaría mucho entre cualquier masa de personas.
Me lancé raudo y veloz a buscar libros de fantasía, mientras sentía, como dos dagas, los ojos de la chica clavados en mi espalda. Busqué y busqué durante horas, en mil tomos de mil autores, antiguos como ninguno, pero poniendo un lítmite en mi frenesí para evitar dañar ninguno.
Uno de los libros, en concreto, me cautivó de un modo que nunca hubiese esperado, sobretodo por su título:
El reducto.
Aquél lugar fantástico, tan perfecto y maravilloso, que había visitado la noche anterior... era simplemente increíble.
Mientras pensaba en ello, caminaba ausente por las calles de la ciudad. Mis ojeras, visibles desde muy lejos, delataban que la experiencia en "El Reducto" (que era como yo había decidido llamar a aquél intrigante lugar) había sido agotadora.
Era temprano y me dirigía a la biblioteca. Quizás allí pudiera encontrar algo referente a eso.
Siempre estaba la posibilidad de que hubiese sido sólo un sueño, pero... había sido tan real... había visto criaturas sin nombre, había vivido mil aventuras, y había rescatado a mil princesas. Todo ello en mi casa, en una noche frenética que nunca olvidaré.
Veía, como una especie de iluminado, cómo la gente caminaba absorta por las calles, existiendo apenas para esquivar a los demás transeuntes, como los muertos vivientes de las películas de serie B que veía mi hermano pequeño. Era grotescamente horrible. Un esperpento infinito.
Y al fin llegué a la biblioteca, que se alzaba, noble, entre las casas viejas y ruinosas del barrio. Poca gente era la que entraba en ella, pero algo debía haber dentro, pues me fijé en que tardaban mucho tiempo en salir. Supongo que el olor de los libros es más atrapante que el de un buen café.
Adentréme entonces, sin ningún miedo, en aquel imperio, en aquél último reducto del saber. Los muebles, de maderas nobles. Los libros, tomos antiguos que tomaban polvo en la estantería. Lo único que estaba fuera de lugar era la bibliotecaria, una chica joven y bien parecida, pero que por lo demás no resaltaría mucho entre cualquier masa de personas.
Me lancé raudo y veloz a buscar libros de fantasía, mientras sentía, como dos dagas, los ojos de la chica clavados en mi espalda. Busqué y busqué durante horas, en mil tomos de mil autores, antiguos como ninguno, pero poniendo un lítmite en mi frenesí para evitar dañar ninguno.
Uno de los libros, en concreto, me cautivó de un modo que nunca hubiese esperado, sobretodo por su título:
El reducto.
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