Es iluso el que despierta día tras día. Y que día tras día piensa que no es su día. Piensa que no es su semana, ni su mes, ni su año. Ni tan siquiera su vida. Es iluso por lo que piensa y lo que siente. Por creer que piensa y siente. Porque se siente extraño en casa de huraños. Por pensar que debe seguir adelante, aunque no hay camino, caminante. Seguir porque su esperanza es que algún día todo será mejor. Que se llevará su merecida recompensa. Iluso es por engañarse, porque cree que amanecerá en un día color de rosa.
Pero está donde está, y eso no cambia. En una sociedad que pide más de lo que da. Te toma, te aprisiona y te suprime. Te convierte en una pieza producida en masa en una fría fábrica. Y el iluso espera riqueza, amparado en la escasez. Dará igual que sufra por ello, su sueño dorado no vendrá. Porque el trabajador siempre es trabajador, el mendigo mendigo, y el rico no quiere bajar de su bonito trono. Están bien donde están, creyéndote un haragán.
Así, camina cabizbajo entre ánimos rotos. Camina en la corriente que nadie remonta. Sigue la rutina que nadie confronta. Los coches rugen con rabia en junglas de cemento y metal, hormigón y cristal. Esas caras que le marcan y señalan, hacen su rutina como un Gran Hermano en la pantalla, le dicen que no da la talla. Como dijera Jim Morrison "caras severas que me miran en la televisión". Pero no se le ocurra al iluso morir, porque si lo hace, además de iluso, e iluso muerto, será un triste fracasado.
"La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no" - Pío Baroja
El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.
viernes, 19 de marzo de 2010
domingo, 14 de febrero de 2010
Soliloquio
En la negra inmensidad de un Universo mil veces transitado, la figura de un hombre de hojalata se pasea, vagamente iluminada por soles lejanos de galaxias por descubrir.
De no ser por la desesperación que le invade, admiraría el espectáculo: las supernovas, los meteoritos, las nebulosas y los mil planetas que le saludan en su periplo por las brumas del Infinito.
-¿Dónde me lleva el destino?- se pregunta-. ¿Llegarán mis ojos a ver el borde, el fin del Universo? Y si llegaran, ¿importaría? Al fin y al cabo, mi descubrimiento sería ciego a la historia. Mi mente, muerta, de nada serviría. Ni siquiera la visión del fin de todo me consolaría tras el fin de mi ser. Jamás existirá lo que estoy viendo. No más allá de las barreras de mi mente. Al fin y al cabo, estoy vagando en la nada. En aquello que está, pero nunca se desvelará.
Y entre reflexiones, su odisea continua. Su odisea sin fin, su odisea sin espectador, su odisea sin esperanza. ¿Cuánto tardará el hombre de hojalata en alcanzar la locura?¿Cuánto tardará su mente en desconectarse de una realidad que incluso ahora le resulta vacua?¿No será que le resulta así, vacía y sin sentido, porque ya ha descendido a la demencia?
Pero al final, da igual. Al final, su reflexión es inútil. Al final, no queda nada, sino polvo en la negrura. Muerte entre las estrellas. Basura en el espacio.
De no ser por la desesperación que le invade, admiraría el espectáculo: las supernovas, los meteoritos, las nebulosas y los mil planetas que le saludan en su periplo por las brumas del Infinito.
-¿Dónde me lleva el destino?- se pregunta-. ¿Llegarán mis ojos a ver el borde, el fin del Universo? Y si llegaran, ¿importaría? Al fin y al cabo, mi descubrimiento sería ciego a la historia. Mi mente, muerta, de nada serviría. Ni siquiera la visión del fin de todo me consolaría tras el fin de mi ser. Jamás existirá lo que estoy viendo. No más allá de las barreras de mi mente. Al fin y al cabo, estoy vagando en la nada. En aquello que está, pero nunca se desvelará.
Y entre reflexiones, su odisea continua. Su odisea sin fin, su odisea sin espectador, su odisea sin esperanza. ¿Cuánto tardará el hombre de hojalata en alcanzar la locura?¿Cuánto tardará su mente en desconectarse de una realidad que incluso ahora le resulta vacua?¿No será que le resulta así, vacía y sin sentido, porque ya ha descendido a la demencia?
Pero al final, da igual. Al final, su reflexión es inútil. Al final, no queda nada, sino polvo en la negrura. Muerte entre las estrellas. Basura en el espacio.
No voices in the sky
Entre una cámara de televisión y una patriótica bandera, se sienta tras su escritorio. Dirige al vacío palabras grandilocuentes, un gran discurso sobre héroes patrióticos que lo dan todo por su país. Que dan su vida, su voluntad y su dignidad por los ideales del lugar en el que viven.
Su pantomima, perfecta, llena de emoción a miles de borregos que ven la tele en sus casas, convencidos y orgullosos de su estúpida mediocridad, de no querer ser más de lo que ya son. De no aspirar a más de lo que les propongan sus superiores.
Y en un festival de lágrimas falsas; de alivios hipócritas a viudas y viudos que ya no son ni serán patriotas; de recuerdos a la muerte de un soldado que, de haber vivido, jamás habría sido un héroe... ahí es donde se cree que la nación está unida. La propia nación se autoconvence, y cree que por ello ningún enemigo podrá derrotarla jamás. Se creen invulnerables bajo el escudo del gobierno.
Pero la realidad es un yermo desierto. La realidad, fuera de máscaras y mentiras, es que nadie llora. Que a nadie le importa quien haya muerto. Les dan igual las bajas de su país o las del otro. Les dan igual las familias de quienes han muerto. Los huérfanos, las viudas, los padres que ya no tendrán hijos. Les da igual todo, salvo la apariencia.
La apariencia de que, al fin y al cabo, son humanos, y sienten algo. Esa apariencia, esa máscara de humanidad que no hace sino desvelar a unos robots, unas máquinas, unas herramientas de un falso patriotismo que se pasan de gobierno en gobierno como un testigo, como una panacea que solventará las revueltas.
Y pese a esa panacea, un joven, un anciano, una ama de casa o cualquier otro, siempre se alzará. Vanamente, pero se alzará.
Su pantomima, perfecta, llena de emoción a miles de borregos que ven la tele en sus casas, convencidos y orgullosos de su estúpida mediocridad, de no querer ser más de lo que ya son. De no aspirar a más de lo que les propongan sus superiores.
Y en un festival de lágrimas falsas; de alivios hipócritas a viudas y viudos que ya no son ni serán patriotas; de recuerdos a la muerte de un soldado que, de haber vivido, jamás habría sido un héroe... ahí es donde se cree que la nación está unida. La propia nación se autoconvence, y cree que por ello ningún enemigo podrá derrotarla jamás. Se creen invulnerables bajo el escudo del gobierno.
Pero la realidad es un yermo desierto. La realidad, fuera de máscaras y mentiras, es que nadie llora. Que a nadie le importa quien haya muerto. Les dan igual las bajas de su país o las del otro. Les dan igual las familias de quienes han muerto. Los huérfanos, las viudas, los padres que ya no tendrán hijos. Les da igual todo, salvo la apariencia.
La apariencia de que, al fin y al cabo, son humanos, y sienten algo. Esa apariencia, esa máscara de humanidad que no hace sino desvelar a unos robots, unas máquinas, unas herramientas de un falso patriotismo que se pasan de gobierno en gobierno como un testigo, como una panacea que solventará las revueltas.
Y pese a esa panacea, un joven, un anciano, una ama de casa o cualquier otro, siempre se alzará. Vanamente, pero se alzará.
Una vez más
Una vez más, se sentó junto al calor de la chimenea, en el suelo, desesperado por arrancarse una lágrima. Una única gota de agua salada que le librara de ese calvario que eran sus recuerdos. Una única gota que le ayudara a dejar escapar el dolor.
En su boca sonaban, quebrados, los versos de una canción, mientras sus manos cubrian sus ojos, sin siquiera saber por qué. Y el calor del fuego, que tan hogareño le resultaba otros días, hoy le abrasaba la espalda como una tanda de latigazos.
Y entre las brumas de su desesperación, que tan fervientemente embotaban sus pensamientos, una chispa de lucidez se asomó cuando vio la viga. La vio allí, en el techo, esperando.
No tuvo ni que pensarlo. No quería pensarlo. Sabía que si lo hacía, volvería a la normalidad y al dolor de su propia mente. Y así, sin vacilar, lo hizo.
No dejó nota. No dejó más que un gemido seco, cortado por la soga.
Y cuando lo encontraron colgando, nadie supo por qué. Sólo supieron que era un juguete roto. Uno entre millones.
En su boca sonaban, quebrados, los versos de una canción, mientras sus manos cubrian sus ojos, sin siquiera saber por qué. Y el calor del fuego, que tan hogareño le resultaba otros días, hoy le abrasaba la espalda como una tanda de latigazos.
Y entre las brumas de su desesperación, que tan fervientemente embotaban sus pensamientos, una chispa de lucidez se asomó cuando vio la viga. La vio allí, en el techo, esperando.
No tuvo ni que pensarlo. No quería pensarlo. Sabía que si lo hacía, volvería a la normalidad y al dolor de su propia mente. Y así, sin vacilar, lo hizo.
No dejó nota. No dejó más que un gemido seco, cortado por la soga.
Y cuando lo encontraron colgando, nadie supo por qué. Sólo supieron que era un juguete roto. Uno entre millones.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
¿Qué piensas?
Y te levantas del sofá, tu mirada aún fija en el televisor. Desearías saber qué es lo que desencadena tu reacción, pero no encuentras nada. Simplemente, lo has hecho, y te preocupa el no saber por qué. Aún como un autómata, diriges tus pasos y tu vista hacia la ventana. El holgado pijama que llevas baila y susurra alrededor de tu cuerpo, y tus pies descalzos se estremecen sobre el frío suelo.
Llegas tras una eternidad ante la ventana, donde la luz diurna ciega tus ojos. ¿Qué esperas encontrar ahí?¿Acaso lo sabes? En la calle sólo hay decenas de personas, anónimas, cuyos rostros no son más que óvalos difusos flotando entre la multitud. Y sin embargo, algo falla. Hay en esa bulliciosa escena algo que desentona. Desentona, y te inquieta. Los nervios se apoderan de tu cuerpo, que se sacude sin control. No puedes apartar los ojos de la calle multitudinaria. Debes saber qué es lo que desentona. Lo necesitas.
Entre lágrimas que no comprendes, con tus pies apuñalados por el frío, tus ojos se posan, impacientes, sobre cada objeto, cada óvalo difuso. Y al fin comprendes. Al fin lo entiendes todo, y dejas de llorar. Esa persona que no se mueve, y que te mira a través de la ventana. Allí, junto a la farola. Deja a todo el mundo pasar, como si fuera de otro mundo, y no deja de clavar sus ojos en ti.
Está ahí. Impávida, impertérrita, imperturbable. No sabes lo que sientes, pero piensas...
-inconcluso-
Llegas tras una eternidad ante la ventana, donde la luz diurna ciega tus ojos. ¿Qué esperas encontrar ahí?¿Acaso lo sabes? En la calle sólo hay decenas de personas, anónimas, cuyos rostros no son más que óvalos difusos flotando entre la multitud. Y sin embargo, algo falla. Hay en esa bulliciosa escena algo que desentona. Desentona, y te inquieta. Los nervios se apoderan de tu cuerpo, que se sacude sin control. No puedes apartar los ojos de la calle multitudinaria. Debes saber qué es lo que desentona. Lo necesitas.
Entre lágrimas que no comprendes, con tus pies apuñalados por el frío, tus ojos se posan, impacientes, sobre cada objeto, cada óvalo difuso. Y al fin comprendes. Al fin lo entiendes todo, y dejas de llorar. Esa persona que no se mueve, y que te mira a través de la ventana. Allí, junto a la farola. Deja a todo el mundo pasar, como si fuera de otro mundo, y no deja de clavar sus ojos en ti.
Está ahí. Impávida, impertérrita, imperturbable. No sabes lo que sientes, pero piensas...
-inconcluso-
jueves, 3 de diciembre de 2009
Hermosas otrora, marchitas ahora
De las que otrora fueran hermosas,
ahora flores marchitas,
y pronto polvo entre las rosas;
no quedará sino la memoria bendita.
Ellas, que sueñan con el pasado,
que añoran su propia sonrisa;
a quienes mal el tiempo ha tratado,
sollozan ahora y buscan con prisa.
Buscan, buscan lo que todo ser
buscan amar, buscan querer.
Temen morir, morir solas
Y ser polvo entre las olas.
ahora flores marchitas,
y pronto polvo entre las rosas;
no quedará sino la memoria bendita.
Ellas, que sueñan con el pasado,
que añoran su propia sonrisa;
a quienes mal el tiempo ha tratado,
sollozan ahora y buscan con prisa.
Buscan, buscan lo que todo ser
buscan amar, buscan querer.
Temen morir, morir solas
Y ser polvo entre las olas.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Metamorfosis
Él camina por la calle, pulcramente trajeado. Vive su vida como el más respetable de todos los hombres sobre la faz de la Tierra, sus amigos le adoran, las mujeres suspiran por él.
Ella es adorablemente sumisa.
Él hace amigos nuevos todos los días. Asciende en su trabajo como un ávido depredador, pero no se le odia por eso. Sus subordinados le admiran, sus superiores quieren ser como él. Todo el mundo le idolatra. Incluso la señora de la limpieza.
Ella es buena y obediente.
Él la lleva a cenar, a pasear y al cine. Se divierten juntos y se adoran el uno al otro. Se miran con los ojos chispeantes y el mundo gira, pero no para ellos. Sólo para los demás. Y sin embargo, ¿qué importan los demás? se tienen el uno al otro. Eso es lo que importa.
Él tan solo es un poco huraño en casa. Es comprensible: se pasa el día trabajando como un descosido para que a su mujer no le falte de nada. Y ella se lo agradece.
Él grita, él se enfada muy de vez en cuando. ¿Quién no tiene un desliz?
Él se enfurece más día tras día. Es normal: está atrapado en la rutina.
Él la pega, le destroza la cara a su mujer por mirar a otro hombre.
Ella llora, pero cree que se lo merece.
Él la odia. Él la destroza.
Ella huye. Ella vuelve a su propia vida.
Él se niega a eso.
Él acaba con ella.
Ella es adorablemente sumisa.
Él hace amigos nuevos todos los días. Asciende en su trabajo como un ávido depredador, pero no se le odia por eso. Sus subordinados le admiran, sus superiores quieren ser como él. Todo el mundo le idolatra. Incluso la señora de la limpieza.
Ella es buena y obediente.
Él la lleva a cenar, a pasear y al cine. Se divierten juntos y se adoran el uno al otro. Se miran con los ojos chispeantes y el mundo gira, pero no para ellos. Sólo para los demás. Y sin embargo, ¿qué importan los demás? se tienen el uno al otro. Eso es lo que importa.
Él tan solo es un poco huraño en casa. Es comprensible: se pasa el día trabajando como un descosido para que a su mujer no le falte de nada. Y ella se lo agradece.
Él grita, él se enfada muy de vez en cuando. ¿Quién no tiene un desliz?
Él se enfurece más día tras día. Es normal: está atrapado en la rutina.
Él la pega, le destroza la cara a su mujer por mirar a otro hombre.
Ella llora, pero cree que se lo merece.
Él la odia. Él la destroza.
Ella huye. Ella vuelve a su propia vida.
Él se niega a eso.
Él acaba con ella.
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