Y, si bien el azul sobre azul se hizo la nada, aún estaba tu silueta recortada sobre el horizonte. La viva imagen de una estatua de carne, de pie al filo del universo. Desafiando con su sonrisa al propio brillo de un sol de primavera. De una primavera que aún estaba en pañales, pero una primavera al fin y al cabo.
Y resonaba tu voz en valles y cavernas, tus cantos entre las hojas de los árboles. Salida de unos pulmones abrazados a un corazón de plata, y golpeando las piedras afiladas de los acantilados de mi niñez. Esos acantilados donde el azul se rompía contra la roca, como rompió el pelo contra tu rostro.
¿Lo peor? No recordar el qué gritó. Tan perdida estaba mi mente admirando la sombra de tus curvas recortadas ante el cielo de la tarde. ¿Lo mejor? Sí recordar la melodía de aquella voz que huía de unos labios con sabor a miel.
"La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no" - Pío Baroja
El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.
martes, 29 de marzo de 2016
viernes, 18 de marzo de 2016
Up to the sunset hills
Take for granted that I would never fight against a lady, for such fair beauty and pure sight never should be disturbed by the scars of battle. Never should the cleanness of your skin, the twinkling sparkle in your eyes be extingusihed by the violence of a dispute.
Instead, I would cherish and worship; love and admire the light that you, like seven burning stars, pour into my lonely, wretched heart. A heart torn to as many pieces as leaves grow on the branches of the trees, all along the hills and fairy rings, or leaning against the rivers' calm waters. Waters that flow quietly, just like the words of your sweet voice, the whispers of your soul, floating among your lips up to beyond my thoughts, beyond my dreams, into the ghastly images of your beauty that haunt me every night, defeating the shine and beauty of the moonlight pouring through my window.
And as I close my eyes, the eyelids like courtains that fall over the stage of the world, and engulf my sight with darkness, only the light of your smile visits me, enlightening my new found world. For you are a queen. The perfect queen for the kingdom I have made for you. A kingdom of flaming passion and quiet love. A kingdom of loud moans and low whispers. Of burning stars and twinkling moons.
So come then, my love, I beg of you to take my hand. To let me be your shining knight and fend off the dakness that lurks in your nightmares. Come and let us walk side by side, among the rivers and the trees, over the leaves on the fairy rings and up to the sunset hills.
sábado, 12 de marzo de 2016
De ti ha nacido el lobo
Madre, no lo sabes, pero has creado un lobo.
De tu todo ha nacido una nada. De tu nada un todo. De ti ha crecido la necesidad de matar. De ti y de todos, la necesidad de devorar. De acabar. De eliminar.
No sé de quién, quizá de mí mismo, ha nacido la necesidad de destruir. El hastío que me llama cada noche a terminar. A acabar con todo.
De ti ha nacido el lobo.
Madre, de ti ha nacido el lobo.
De tu todo ha nacido una nada. De tu nada un todo. De ti ha crecido la necesidad de matar. De ti y de todos, la necesidad de devorar. De acabar. De eliminar.
No sé de quién, quizá de mí mismo, ha nacido la necesidad de destruir. El hastío que me llama cada noche a terminar. A acabar con todo.
De ti ha nacido el lobo.
Madre, de ti ha nacido el lobo.
sábado, 20 de febrero de 2016
Luces de ciudad
Caminando bajo la lluvia, vino su mente a pensar en todo y todos. Aquella chica que paseaba a su perro, preciosa. Aquel hombre que fumaba en la parada del bus, impaciente. Aquellos coches que rugían en la calle, exasperantes. El ruido le hacía difícil pensar. Le mareaba y levantaba migrañas. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo huir de aquellas calles ruidosas de ciudad, si no había ningún camino alternativo? Hubiera preferido sin dudarlo refugiarse en la tranquilidad del pueblo, alejarse de la carretera y vagabundear entre los árboles.
Hacía mucho que no veía un ciervo. Una ardilla. Un jabalí. Hacía mucho que no veía el mundo tal como realmente es: que solamente veía un vestido de cemento, a veces ceñido, a veces holgado, extendido sobre donde pisaban sus zapatos. Habían convertido al mundo en un ser humano más. Uno enorme, infinito en apariencia pero finito en sus formas.
Se sentó. Lió y fumó, mirando a uno de esos pequeños parques, donde los árboles se exhiben tristes para acallar las conciencias de nuestro salvaje interior. Como un zoo en pausa. Como un parque natural para animales sin músculo, sin vida aparente pero vivos a fin de cuentas. Más vivos, curiosamente, parecían los coches al otro lado de la acera. Y, le pese a quien le pese, estaban muertos. Vacíos. Llenos con cáscaras de humano, cada vez con menos alma.
Y la noche caía en el tramo de vuelta a casa. Las farolas se encendían como estrellas de pega. Los focos de los coches pasaban y cegaban. El cigarrillo ya estaba en el suelo, en cualquier charco, sabe Dios donde. Y el cielo, que tantas noches había mirado por su ventana, estaba hoy mudo, silencioso, en un plano color naranja que emanaba de millones de luces de mentira. Era mejor retirarse a morir lejos de todo.
Hacía mucho que no veía un ciervo. Una ardilla. Un jabalí. Hacía mucho que no veía el mundo tal como realmente es: que solamente veía un vestido de cemento, a veces ceñido, a veces holgado, extendido sobre donde pisaban sus zapatos. Habían convertido al mundo en un ser humano más. Uno enorme, infinito en apariencia pero finito en sus formas.
Se sentó. Lió y fumó, mirando a uno de esos pequeños parques, donde los árboles se exhiben tristes para acallar las conciencias de nuestro salvaje interior. Como un zoo en pausa. Como un parque natural para animales sin músculo, sin vida aparente pero vivos a fin de cuentas. Más vivos, curiosamente, parecían los coches al otro lado de la acera. Y, le pese a quien le pese, estaban muertos. Vacíos. Llenos con cáscaras de humano, cada vez con menos alma.
Y la noche caía en el tramo de vuelta a casa. Las farolas se encendían como estrellas de pega. Los focos de los coches pasaban y cegaban. El cigarrillo ya estaba en el suelo, en cualquier charco, sabe Dios donde. Y el cielo, que tantas noches había mirado por su ventana, estaba hoy mudo, silencioso, en un plano color naranja que emanaba de millones de luces de mentira. Era mejor retirarse a morir lejos de todo.
jueves, 28 de enero de 2016
Haberse dejado caer
Que un día le dio por mirar arriba y ver las nubes. Y vio que corrían, libres, de Este a Oeste, mecidas suavemente por un viento a punto de lanzar su cuerpo más allá del suelo y ponerlo a volar.
Que un día le dio por ver las nubes y notar cómo su lluvia caía contra su cara, y le dio por dejar que las frías gotas golpearan su piel como millones de agujas tiradas desde lo más alto.
Y cuando lo hizo pensó en lo divertido que sería poder saltar de mundo a mundo, de monte a monte, y ver la mar, y ver a las gaviotas de tú a tú.
Lo hubiera hecho, sin dudar. Quizá le hubieran crecido alas, quizá se hubiera podido lanzar a la nada y quedarse allí, flotando. Ni en el suelo ni en el cielo. Ni hombre ni ángel, dejándolo todo pasar y a todos mirar.
Y si lo hubiera hecho, ¿quién le dice que no habría sido feliz? Fuese por su victoria o su fracaso, ¿quién asegura que no hubiera preferido estar allí?
Pero no lo hizo, como tantas otras veces, y salió de su ensoñación al borde del barranco. Miró ahora hacia abajo, a donde las olas rompían con furia. Y sintió aún más el viento, a punto de tirarlo. No de lanzarlo por los aires. No de levantarlo y ponerlo a volar. Lo sintió a punto de llevarse su corazón y de dejar una carcasa vacía que llevara sus zapatos. Un cuerpo podrido y perdido en un mar de hierbas y árboles. En un desierto de asfalto y paredes.
Si hubiese echado a volar. Si se hubiese dejado caer... si lo hubiera hecho, quizás ahora sería feliz. Pero es demasiado tarde y en adelante le toca vivir.
Que un día le dio por ver las nubes y notar cómo su lluvia caía contra su cara, y le dio por dejar que las frías gotas golpearan su piel como millones de agujas tiradas desde lo más alto.
Y cuando lo hizo pensó en lo divertido que sería poder saltar de mundo a mundo, de monte a monte, y ver la mar, y ver a las gaviotas de tú a tú.
Lo hubiera hecho, sin dudar. Quizá le hubieran crecido alas, quizá se hubiera podido lanzar a la nada y quedarse allí, flotando. Ni en el suelo ni en el cielo. Ni hombre ni ángel, dejándolo todo pasar y a todos mirar.
Y si lo hubiera hecho, ¿quién le dice que no habría sido feliz? Fuese por su victoria o su fracaso, ¿quién asegura que no hubiera preferido estar allí?
Pero no lo hizo, como tantas otras veces, y salió de su ensoñación al borde del barranco. Miró ahora hacia abajo, a donde las olas rompían con furia. Y sintió aún más el viento, a punto de tirarlo. No de lanzarlo por los aires. No de levantarlo y ponerlo a volar. Lo sintió a punto de llevarse su corazón y de dejar una carcasa vacía que llevara sus zapatos. Un cuerpo podrido y perdido en un mar de hierbas y árboles. En un desierto de asfalto y paredes.
Si hubiese echado a volar. Si se hubiese dejado caer... si lo hubiera hecho, quizás ahora sería feliz. Pero es demasiado tarde y en adelante le toca vivir.
jueves, 21 de enero de 2016
Fracaso
Fracaso era una palabra poco común en su vocabulario. Prefería decir "error de cálculo", o "ya lo arreglaré". Sin embargo, aquel día, en aquella cafetería, se dio cuenta de que lo que realmente era todo aquello era un fracaso.
Creyéndose más inteligente, más hábil de lo que realmente era, metió la pata una y otra vez. Y allí estaba, perdido, sin saber si podría enfrentarse al futuro. Sin saber si podría seguir con ello. Jugueteó entre sus dedos con la idea de al fin saltar al vacío, como tantas veces había pensado asomado al filo del barranco, o al filo de un cuchillo.
Pensó que esta vez podría mirar a una mar embravecida, metros y metros bajo sus pies, golpeando las rocas con furia. Mirarla por última vez antes de dar un paso y dejarse caer, sin pensar, sin gritar, sin respirar... y abrazar con cariño al violento golpe del agua y las mareas. Abrazarlo y dejar que lo empujara una y otra vez contra las rocas.
Y ser, claro, feliz y libre al fin. Librarse de todo y todos. De cada sentimiento que corroía sus entrañas, de cada error que punzaba su memoria. De cada golpe que la vida le había dado hasta derruir su alma y dejarlo tumbado en el suelo.
No lo hizo, claro. Y a veces, y solamente a veces, la cobardía es buena en realidad. Es algo que nos salva la vida y nos aleja del filo.
Creyéndose más inteligente, más hábil de lo que realmente era, metió la pata una y otra vez. Y allí estaba, perdido, sin saber si podría enfrentarse al futuro. Sin saber si podría seguir con ello. Jugueteó entre sus dedos con la idea de al fin saltar al vacío, como tantas veces había pensado asomado al filo del barranco, o al filo de un cuchillo.
Pensó que esta vez podría mirar a una mar embravecida, metros y metros bajo sus pies, golpeando las rocas con furia. Mirarla por última vez antes de dar un paso y dejarse caer, sin pensar, sin gritar, sin respirar... y abrazar con cariño al violento golpe del agua y las mareas. Abrazarlo y dejar que lo empujara una y otra vez contra las rocas.
Y ser, claro, feliz y libre al fin. Librarse de todo y todos. De cada sentimiento que corroía sus entrañas, de cada error que punzaba su memoria. De cada golpe que la vida le había dado hasta derruir su alma y dejarlo tumbado en el suelo.
No lo hizo, claro. Y a veces, y solamente a veces, la cobardía es buena en realidad. Es algo que nos salva la vida y nos aleja del filo.
jueves, 14 de enero de 2016
De la calle gris a la mente colorida, ida y vuelta
Se cruzó con ella en el portal. Llovía, y él acababa de volver de hacer la compra. De las gafas de ella asomaban unos preciosos ojos oscuros. Bajo su deshecha melena, él exhibía unos ojos verdes. Sonrió.
-Hola.
-Hola-fue la respuesta de la chica, con idéntica sonrisa.
Y mientras abría la puerta, un gracias y un de nada le dieron qué pensar. Hacía mucho que su mente no divagaba sin ataduras. Que sus neuronas no se distraían en pleno mundo ni le alejaban de la realidad.
-Gracias a ti, por existir-le dijo, y un sonrojo apareció en los pómulos del rostro de la joven.
-Vaya, qué directo-fue la respuesta, algo tímida y entrecortada, que a su vez sonrojó los huesudos pómulos del muchacho.
Y en la terraza de al lado, el café caliente sabía a gloria, escondidos como estaban bajo el toldo mientras la lluvia inundaba las calles. Los coches iban a su ritmo, las personas caminaban apresuradas, como siempre en la bulliciosa ciudad. Pero para ellos dos, aquel momento, en aquel lugar, era pausado y eterno. Era el infinito en una taza de café con leche.
-Tienes una mancha en los dientes-dijo ella, divertida por el desastre de hombre que se sentaba al otro lado de la mesa.
-Mucho café y mucho tabaco-respondió él, pensativo-¿Te importa que fume?
-No, claro, adelante... ¿te importa compartir?
Él lió dos cigarrillos, y le dio uno a ella. Los encendieron y fumaron ante las tazas ya vacías, mientras la terraza parecía vaciarse por momentos. La gente se iba y los dejaba a solas con su intimidad. Vivían en el mismo edificio, en la misma calle de la misma ciudad, y se habían encontrado en un país patas arriba. Parecía magia de aquella que no puedes explicar.
Pero la chica ya estaba en la calle, y de los labios del muchacho nada surgió. Observó a través de la puerta cómo se iba, pensando en su propia cobardía, en su falta de valor, mientras subía la compra por las escaleras, piso a piso, apesadumbrado y aún dejando que se desvanecieran los restos de su imaginación.
El gato le saludó, y guardó todo en la nevera. Se preparó algo de comer y se sentó. Virginia Woolf le aguardaba tirada sobre el sofá, y suspiró.
La imaginación es a veces el refugio de la cobardía, se dijo a sí mismo.
-Hola.
-Hola-fue la respuesta de la chica, con idéntica sonrisa.
Y mientras abría la puerta, un gracias y un de nada le dieron qué pensar. Hacía mucho que su mente no divagaba sin ataduras. Que sus neuronas no se distraían en pleno mundo ni le alejaban de la realidad.
-Gracias a ti, por existir-le dijo, y un sonrojo apareció en los pómulos del rostro de la joven.
-Vaya, qué directo-fue la respuesta, algo tímida y entrecortada, que a su vez sonrojó los huesudos pómulos del muchacho.
Y en la terraza de al lado, el café caliente sabía a gloria, escondidos como estaban bajo el toldo mientras la lluvia inundaba las calles. Los coches iban a su ritmo, las personas caminaban apresuradas, como siempre en la bulliciosa ciudad. Pero para ellos dos, aquel momento, en aquel lugar, era pausado y eterno. Era el infinito en una taza de café con leche.
-Tienes una mancha en los dientes-dijo ella, divertida por el desastre de hombre que se sentaba al otro lado de la mesa.
-Mucho café y mucho tabaco-respondió él, pensativo-¿Te importa que fume?
-No, claro, adelante... ¿te importa compartir?
Él lió dos cigarrillos, y le dio uno a ella. Los encendieron y fumaron ante las tazas ya vacías, mientras la terraza parecía vaciarse por momentos. La gente se iba y los dejaba a solas con su intimidad. Vivían en el mismo edificio, en la misma calle de la misma ciudad, y se habían encontrado en un país patas arriba. Parecía magia de aquella que no puedes explicar.
Pero la chica ya estaba en la calle, y de los labios del muchacho nada surgió. Observó a través de la puerta cómo se iba, pensando en su propia cobardía, en su falta de valor, mientras subía la compra por las escaleras, piso a piso, apesadumbrado y aún dejando que se desvanecieran los restos de su imaginación.
El gato le saludó, y guardó todo en la nevera. Se preparó algo de comer y se sentó. Virginia Woolf le aguardaba tirada sobre el sofá, y suspiró.
La imaginación es a veces el refugio de la cobardía, se dijo a sí mismo.
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