Si la cerveza fuera sangre, sería la mía, perdida en un mar de venas y arterias que en otro tiempo fueron limpias, impolutas y puras. Son ahora autopistas por las que corren el alcohol y la nicotina. Carreteras de lo que otros siempre vieron como desperdicios.
Sería mi sangre pura si no le robara a cada noche dos tragos y un cigarrillo. Y una botella y dos cajetillas. Si no le robara a cada rayo de sol un poco de fuerza para seguir bebiendo y viviendo. Sería mi sangre pura, en definitiva, si no me hubiera dejado llevar.
Ya no lo es, y es tarde para lamentos. Para quejas, para lloros. Es la hora de vivir con lo que uno ha elegido ser. De tirar de ello hasta que sea bueno. Hasta que valga la pena. Y, mientras lo intentamos, solo queda esperar y confiar en que la muerte no llegue temprana. En que nos de tiempo de hacer algo que merezca la pena escribir. Algo que pueda llenar siquiera una nota a pie de página en los libros de historia.
Será que en los recuerdos del mundo se puede ser inmortal. Será que todos queremos pasar a la historia para pensar que, al menos, nuestra vida no ha sido tan efímera como en un principio pareciera.
"La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no" - Pío Baroja
El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.
sábado, 5 de septiembre de 2015
miércoles, 5 de agosto de 2015
Un set infinito de sets infinitos
Somos un set infinito de sets infinitos. Uno distinto a cada instante. Cada milésima de segundo, cada fotograma de nuestras vidas, somos una persona totalmente diferente. Creemos que seguimos siendo el mismo, creemos que seguiremos siendo el mismo, pero en realidad solamente conocemos nuestro yo del pasado.
Hace un año, vi a un chico exactamente igual que yo a su edad. La misma mirada curiosa, el mismo gesto alegre, la misma media melena, aquellas sudaderas tres o cuatro tallas más grandes. Esa falta de ducha. Poco después, al mirarme al espejo, vi a un esqueleto barbudo, de ojos cansados, no tan mal peinado. Mejor duchado. Vi mi camisa de franela y pensé: "¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Siete, ocho años? ¿Quizá más?". No soy la misma persona, y, aún así, no tuve problema en reconocerme en ese chico.
Seguimos siendo un set infinito de sets infinitos. Una recta continua sin principio ni fin, tan inagotable como el universo mismo. Y lo mágico es que, aunque seamos tan grandes como él, solo somos una millonésima parte de lo que vemos. Estamos en un éter indefinible entre el todo y la nada.
Somos el infinito en lo finito.
Hace un año, vi a un chico exactamente igual que yo a su edad. La misma mirada curiosa, el mismo gesto alegre, la misma media melena, aquellas sudaderas tres o cuatro tallas más grandes. Esa falta de ducha. Poco después, al mirarme al espejo, vi a un esqueleto barbudo, de ojos cansados, no tan mal peinado. Mejor duchado. Vi mi camisa de franela y pensé: "¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Siete, ocho años? ¿Quizá más?". No soy la misma persona, y, aún así, no tuve problema en reconocerme en ese chico.
Seguimos siendo un set infinito de sets infinitos. Una recta continua sin principio ni fin, tan inagotable como el universo mismo. Y lo mágico es que, aunque seamos tan grandes como él, solo somos una millonésima parte de lo que vemos. Estamos en un éter indefinible entre el todo y la nada.
Somos el infinito en lo finito.
sábado, 1 de agosto de 2015
Serpiente de alas rotas
¿Quién dijo qué? ¿De dónde salieron esas voces, superpuestas, rápidas, altas y nerviosas? ¿Quién dijo qué y cuándo lo dijo? Llenaron una mente con verdades y mentiras. Medias tintas y rupturas. Llenaron un alma con falsedades y certidumbres, y la rompieron en dos. En dos mitades. Una que quería creer y otra que creía saber.
Esas dos mitades lucharon. Lucharon a muerte para llenar la carcasa de un hombre viejo, ajado. Un hombre doblado por el peso del mundo. De su propia mente. De sus propios actos. Un hombre incapaz de olvidar o perdonar. Un Funes memorioso, rencoroso y amargado. Un ser deleznable hasta su último aliento, que pocos sabían que en realidad eran dos.
Sí, eran dos. Dos almas en eterna lucha. Cuando una venció, quedó solo una persona con media alma. Medio ser humano incapaz de codearse con todos aquellos seres llenos de alma. Llenos de virtud y verdad.
Quedó un alienígena tan ajeno a la especie humana como pudiera ser un perro, un gato o una serpiente.
Una serpiente alada, pero de alas rotas.
Esas dos mitades lucharon. Lucharon a muerte para llenar la carcasa de un hombre viejo, ajado. Un hombre doblado por el peso del mundo. De su propia mente. De sus propios actos. Un hombre incapaz de olvidar o perdonar. Un Funes memorioso, rencoroso y amargado. Un ser deleznable hasta su último aliento, que pocos sabían que en realidad eran dos.
Sí, eran dos. Dos almas en eterna lucha. Cuando una venció, quedó solo una persona con media alma. Medio ser humano incapaz de codearse con todos aquellos seres llenos de alma. Llenos de virtud y verdad.
Quedó un alienígena tan ajeno a la especie humana como pudiera ser un perro, un gato o una serpiente.
Una serpiente alada, pero de alas rotas.
jueves, 30 de julio de 2015
Soldados de fortuna
Hay flores que nacen en la esquina de mis paredes. Flores negras que trepan junto a la chimenea, pegadas al ladrillo. Flores que se abalanzan sobre mi cuerpo desnudo en el sofá.
Tocan en el sofá una serenata sobre mercenarios. Somos soldados unidos a la frontera. Somos soldados que deben huir, que no morirán por ninguna bandera, si no por una buena paga. Por la bandera verde. Por el vil metal. Por el que se tiran por tierra valores y personas.
Que caen jóvenes día tras día, llenos de plomo, en el suelo de una tierra a la que no pusieron nombre.
Que caen viudas a cada noche, llenas de pena, sobre las baldosas de una cocina que nadie bautizó.
Que caen niños a cada hora, vacíos de comida, en el suelo de un país del que no recordamos nombre.
Que caen lágrimas a cada minuto, llenas de sal, sobre mejillas de personas que nadie deseó.
Bajo la bandera del verde dólar. Del peso mexicano. Somos soldados de fortuna.
Tocan en el sofá una serenata sobre mercenarios. Somos soldados unidos a la frontera. Somos soldados que deben huir, que no morirán por ninguna bandera, si no por una buena paga. Por la bandera verde. Por el vil metal. Por el que se tiran por tierra valores y personas.
Que caen jóvenes día tras día, llenos de plomo, en el suelo de una tierra a la que no pusieron nombre.
Que caen viudas a cada noche, llenas de pena, sobre las baldosas de una cocina que nadie bautizó.
Que caen niños a cada hora, vacíos de comida, en el suelo de un país del que no recordamos nombre.
Que caen lágrimas a cada minuto, llenas de sal, sobre mejillas de personas que nadie deseó.
Bajo la bandera del verde dólar. Del peso mexicano. Somos soldados de fortuna.
jueves, 23 de julio de 2015
Cortinas de humo
Vendió cortinas de un humo que no era tal.
Descubrió tarde, muy tarde, demasiado tarde,
que en este mundo, de siempre da igual
qué hagas, qué desvío uses para perderte.
Y quiso tomar ese camino, lleno de señales,
de pruebas, una y un millón, de que allí
no había nada, ni caricias, ni rosales.
Pruebas de la vida triste que no debió pedir.
Murió así un pedacito de su alma,
en el pozo de cenizas junto a su cama.
Descubrió tarde, muy tarde, demasiado tarde,
que en este mundo, de siempre da igual
qué hagas, qué desvío uses para perderte.
Y quiso tomar ese camino, lleno de señales,
de pruebas, una y un millón, de que allí
no había nada, ni caricias, ni rosales.
Pruebas de la vida triste que no debió pedir.
Murió así un pedacito de su alma,
en el pozo de cenizas junto a su cama.
Nada
Dijo aquél que por mucho que hagas, mucho más quedará por hacer. Que da igual lo que sepas: siempre sabrás nada.
Una absoluta y denigrante nada. Y, después de eso, ¿qué queda? ¿Un ser? ¿Un algo? ¿Una mujer? No queda nada, amigo. No queda ni tan siquiera el rastro de un conocido. Ni tan siquiera el rastro de un colega, un ligue, un número de teléfono, los restos de unos neumáticos o el dolor de una viuda.
No queda nada, lo mires por donde lo mires. Y lo peor es que debemos sonreír.
Sonreír a la nada.
Sonreír al vacío.
Una absoluta y denigrante nada. Y, después de eso, ¿qué queda? ¿Un ser? ¿Un algo? ¿Una mujer? No queda nada, amigo. No queda ni tan siquiera el rastro de un conocido. Ni tan siquiera el rastro de un colega, un ligue, un número de teléfono, los restos de unos neumáticos o el dolor de una viuda.
No queda nada, lo mires por donde lo mires. Y lo peor es que debemos sonreír.
Sonreír a la nada.
Sonreír al vacío.
martes, 14 de julio de 2015
El miedo, el terror y el recuerdo
- ¿Y quién es este ser que me visita en la oscuridad, al borde de mi deshecha cama? ¿Quién es este ente que se recorta bajo la luz de la luna llena que se cuela por mi ventana?
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- ¿Quién eres? ¿Por qué me miras así? ¿Por qué me interrogas con tus ojos, y me haces sentir pequeño, abandonado, perdido en un mar de memorias turbias y dolorosas?
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- Aléjate. Vete de mi habitación. Huye de aquí. Vete, antes de que llegue el sol. Ve, antes de que pueda olvidarte con el nacer de un nuevo día. Déjame solo.
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- Por favor, te lo suplico, déjame solo. Déjame vivir. Déjame volver al presente, mirar al futuro. Déjame abandonar el pasado tras las huellas de mis propias pisadas. Déjame vivir lejos de lo que he hecho. Déjame vivir lejos de cuanto me arrepiento.
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- ¿Me dejarás ser feliz? ¿Podré dejar de temer? ¿Dejar de recordar?
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- Eres el miedo, el terror y el recuerdo.
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- ¿Quién eres? ¿Por qué me miras así? ¿Por qué me interrogas con tus ojos, y me haces sentir pequeño, abandonado, perdido en un mar de memorias turbias y dolorosas?
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- Aléjate. Vete de mi habitación. Huye de aquí. Vete, antes de que llegue el sol. Ve, antes de que pueda olvidarte con el nacer de un nuevo día. Déjame solo.
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- Por favor, te lo suplico, déjame solo. Déjame vivir. Déjame volver al presente, mirar al futuro. Déjame abandonar el pasado tras las huellas de mis propias pisadas. Déjame vivir lejos de lo que he hecho. Déjame vivir lejos de cuanto me arrepiento.
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- ¿Me dejarás ser feliz? ¿Podré dejar de temer? ¿Dejar de recordar?
- Soy el miedo. El terror. El recuerdo.
- Eres el miedo, el terror y el recuerdo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)