El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.
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jueves, 5 de enero de 2017

Introducción

De aquella tarde de primavera de mil novecientos sesenta y seis, recuerdo bien el soplar del viento. No era fuerte, y apenas podía con mi sotana, pero era una brisa agradable, si bien un poco fuerte, que acariciaba mi cara. La cara de un joven apenas salido del seminario, listo para ser cura en parroquia rural.
Había oído hablar del Padre Ortiz, de quien todos decían que era muy sabio, y me dirigí a un pueblo en mitad de la nada, colgado apenas en la Cordillera Cantábrica, en el que había sido párroco y ejercido oficio durante casi toda su vida. Todos decían que allí la gente no solo había crecido con un profundo conocimiento de la palabra de Dios, si no lo bastante libre como para cuestionarla desde el respeto, para entenderla en sus propios términos. Para mí, aquello era lo que buscaba.
Y es que en aquella época la libertad brillaba por su ausencia. Lo religioso era puramente leer y repetir, y alguien joven como yo podía verse inclinado con facilidad a la pérdida de la fe. Tanto fue así, que yo estuve a punto de dejar mis estudios varias veces, a punto de resignarme a la obra, que tan en boga estaba en aquel momento. Algo me impulsó a seguir, y ahora, algo me impulsaba a trepar de mala manera por los caminos que llevaban al pueblo.
"¿Ortiz?", dijo desde la puerta de la taberna un hombre curtido por el sol y la lluvia, aparentemente viejo pero de mirada joven. "Ortiz anda siempre por la iglesia. Tira por esa carretera y llegas en nada..."
Y por la carretera seguí. El pueblo era pequeño, y bien es cierto que llegué en nada, pero algo había en la iglesia que me descolocó. Me hizo sentirme confuso, quizá por aquella forma de chocar la pequeñez del edificio con lo que aquellas estatuas antiguas, aquellos sillares emanaban. Entré sin llamar al portón de madera oscura, intentando no hacer ruido para no molestar a la gente que estaba allí, rezando. El Padre estaba limpiando en el altar, de forma casi impulsiva. Cada mota de polvo se encontraba con él y era derrotada en cruento combate.
Me sonrió al verme, y me animó a presentarme.
"Me llamo Muñoz, Padre", dije, besando su mano. Aquello pareció incomodarle, así que retiré mis labios prontamente. "Soy Lázaro Muñoz."
Asintió y se presentó, simplemente, como Padre Ortiz, continuando su limpieza bajo mi mirada, de forma sigilosa y sin que ninguno de los dos párrocos que allí nos hallábamos fuésemos molestia para los parroquianos que se congregaban a rezar a aquella hora del día. Esto siguió durante unas horas, sin apenas explicación, salvo por alguna sonrisa del Padre para aplacar mi visible incomodidad.
No pasó apenas un segundo entre que terminó de limpiar, y me indicó que le siguiera, por los pasillos estrechos y húmedos de la iglesia, hasta su sacristía, preparada, como ya no era común, para la vida del Padre en ella.

martes, 6 de diciembre de 2016

Nudo

La sacristía era una pequeña sala. El Padre Ortiz vivía de forma sencilla, entre una cama, estanterías llenas de libros y un escritorio. Apenas un poco de luz que entraba por la ventana. Me invitó a sentarme mientras él preparaba café para ambos. La mejor forma de empezar la mañana, dijo, y sonrió con desgana, como siempre me habían dicho que hacía. Sonrió como aquel que cree que ninguna alegría merece ya la pena.
Cuando volvió lo vi por primera vez como quien era. Demacrado y cansado, absorto en el desorden de su hogar, descorazonado y macilento. Parecía que poco quedaba de la leyenda, si tal se podía considerar, de la que me habían hablado en el seminario. Nunca entendí bien del todo por qué era así. Por qué había terminado así. Siempre había sido un genio. El más inteligente de los pastores de nuestra fe. O eso habíamos creído todos. Quizá no era tan inteligente, o puede que la inteligencia de la que me hablaron fuese su maldición. Que no merezca la pena dejar luchar a la fe con la razón, pues a la larga puede que no gane quien nosotros deseemos que gane.
"¿Qué te trae por aquí, hijo mío?" Su hablar cadencioso se mezclaba con movimientos que parecían calculados al milímetro. Todo se reorganizaba a su paso. Sus manos acariciaban los libros, los colocaban y recolocaban hasta que ningún lomo sobresalía de entre los demás. Hasta que solo los títulos hablaban sobre los libros, y no quedaba pista de cuál era el último que el Padre Ortiz había consultado.
"Me recomendaron hablar con usted allá en el seminario. Dijeron que siempre tenía respuestas a todas las dudas."
"Oh, siempre las tuve. Respuestas, quiero decir. Tuve la suerte de la fe inquebrantable por mucho tiempo. Esa fe que contesta a toda pregunta, y siempre lo hace con la seguridad que otorga el creer, mas no saber, que uno está en el camino correcto. Es Dios quien nos hablaba, quien nos decía qué desvíos seguir, hacia qué puesta de sol avanzar, qué horizonte perseguir. Mas no dejó de ser Dios quien nos dio la espalda. No dejó de ser Él quien nos dio la fe ciega, pero también la capacidad de cuestionarla."
"No lo entiendo, Padre."
"Nadie lo entiende. En nuestro oficio no hay que entender tanto como creer, hijo mío. En nuestro oficio yo soy tu Padre y tú eres mi hijo. En nuestra fe el más cercano a Dios es más patriarca que el más cercano a nosotros. ¿Sabes por qué? Porque necesitamos palabras nacidas de la razón para explicar aquello que es ajeno a ella. Necesitamos esa figura de autoridad que justifica nuestro camino."
Tosió y volvió a pasearse por la sala, taza en mano, asegurándose de que todo estaba en su lugar. Metódicamente, pero con una mirada perdida. Una mirada que se rompía y quebraba ante el caos que la rodeaba. Que brillaba en lágrimas amargas a la vez que lo hacía en océanos dulces. Una mirada que se me quedó grabada en la mente, entre fe y razón. La mirada partida de quien no sabe dónde está, ni a dónde va. De quien creía estar seguro pero no lo está.
"Dios nos prepara para la fe ciega. Nos prepara para la creencia absoluta, y eso pide de nosotros: carencia de toda duda. Sin embargo, no entiende ni quiere entender nuestra naturaleza. No ve el dolor que nos causa renegar de esta mente cimentada sobre la duda. Sobre la curiosidad. Necesita de nosotros que abandonemos la razón y nos entreguemos a la fe."
"Eso es bueno, ¿no?", dijo un ingenuo yo. Un joven que se creyó anciano. Un bebé sabio.
El Padre Ortiz, por toda respuesta, sonrió y agachó la cabeza. O más bien se la agacharon los años, la humildad que se había cargado sobre sus hombros y ahora encorvaba su figura, acercándolo al suelo de la realidad, alejándolo del Cielo de la fe. Y es que con la edad vienen las dudas, y la sabiduría verdadera no se aprende en los libros, no se aprende en las clases. No se aprende en latín, si no en castellano.
"Llevo más de treinta años en esta iglesia, hijo mío", suspiró, como si cada año, al mencionarlo, se le clavase en el corazón en forma de clavo de Cristo. "Por estas paredes, estos bancos, pasaron la Guerra Civil y la Segunda Gran Guerra. Por aquí pasaron soldados ensangrentados a rendir culto a un Cristo ensangrentado. Un culto abierto, un culto de sangre. Un culto falsario crecido sobre el abono de los muertos. Pasaron hombres buenos convertidos en bestias. En el patio, entre los abedules, cayó una bomba en mil novecientos treinta y nueve. De las últimas de la guerra. No era de los republicanos. Era de los rebeldes. Cayó en falso y quedó clavada como una espina en la Tierra. Un golpe desde el mismo Cielo a la Tierra maldita, como queriendo clavarse en las entrañas del Infierno. Queriendo atravesar el mundo a través de la Casa del Señor. ¿Sabes qué dijeron todos cuando no explotó? Que era un milagro. Que Dios nos protegía, que la religión estaba del lado de los rebeldes. Del lado de gente que mataba. Nunca creí que la fe pudiese estar abrazada a la muerte. A la sangre. Creí que Cristo había derramado ya suficiente sangre por todos nosotros, suficiente para que Dios nos perdonara. Luego, cuando la bomba se quedó ahí durante años, cuando estuvo al acecho, clavada en el patio, entre los abedules, creí que nuestros pecados no habían sido perdonados. Soñé con penitencias, con dolor, con infiernos infinitos. No sirvió de nada: el mundo ha pasado siglos matándose a sí mismo, ha creído en el dolor desde mucho antes de que le llegase la Palabra de Dios. Nuestra fe no cambió nada, y siendo así, ¿cómo podemos creer en algo que no ha cambiado nada?"
Estaba boquiabierto. Aquello era inconcebible, dudar así de lo que nos habían enseñado desde pequeños. De lo que debíamos creer, de lo que debíamos saber sin duda alguna. Todo el mundo sabía que quienes renegaban de la Fe Verdadera morían, y eran juzgados y enviados al Infierno. Y sin embargo, ahí estaba el Padre Ortiz: un hombre bueno. Uno al que nadie había pervertido, pero que por sí mismo había dado la espalda a nuestra Iglesia. Al menos, sonaba como si lo hubiese hecho.
Sin mediar palabra, se estremeció y fue a la estantería: un lomo sobresalía, y nadie lo hubiera visto de no ser con los ojos del Padre, atado como estaba a la perfección de aquella pequeña sacristía en mitad de la nada, en un pueblo perdido en una España estremecida, abierta en canal. Y afuera, mientras el hombre con quien hablaba paseaba por su humilde hogar, la primavera avanzaba.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Desenlace

El Padre Ortiz giró su taza de café apenas unos grados. Como si ese pequeño giro fuese suficiente para hacer que el mundo fuese perfecto. Como si aquello pusiese en marcha la maquinaria del universo. Un pequeño engranaje en forma de taza de café, en el centro de un cosmos insondable, ajeno a la fe. Ajeno a la percepción. Ajeno a nosotros.
"Ah, hijo mío... mas el culto no deja de ser, en esencia, personal e intransferible. Es en escapando a nuestros dientes, a nuestros labios, que se convierte en fe. Es en las palabras en las que el culto haya la esperanza de cumplirse, de tener un objetivo real. Y es llegando a oídos ajenos que se convierte en elitista, en exclusivo. En discriminación. Es la guerra de la fe, y pronto una guerra de cristeros. Pronto hombre contra hombre por la Palabra de Dios o la ausencia de la misma..."
"¿Discriminación?", repuse, pensativo. Ortiz tenía la fama de ser vago y críptico en sus explicaciones. Ya desde el seminario, años atrás, me habían advertido de lo difícil que podía llegar a entenderlo. Pero no me habían advertido de aquel aura de erudición y total control que emanaba de sus poros. Que no dejaba respirar si no era hipotecando el aturdimiento de mis neuronas.
"Discriminación, en tanto que crea diferencia entre quien ha oído las Palabras y quien no las ha oído. Quien ha oído al Profeta y quien no estaba presente. Se convierte en una jerarquía, la pirámide de la fe. Se convierte en un nosotros contra el mundo, listos para elegir quién es digno del mensaje y quién no. El culto se convierte en secta."
"Pero, Padre... nuestro culto no es una secta. Tenemos tradición. Tenemos organización, tenemos la Palabra de Dios de nuestro lado", y ahora me doy cuenta de lo ingenuo que fui al decir eso.
"Tenemos la Palabra de Dios... la de quien no está aquí o no demuestra estarlo. Tenemos la palabra de la Nada, la palabra del silencio del universo. Creemos saber cuando solo sabemos creer, hijo mío."
Con un gesto me expulsó de la sacristía. Se quedó allí, entre su polvo y sus libros, ordenando todo al milímetro. No lo sabía entonces, pero jamás volvería a ver u oír al misterioso Padre. Solo se sabe a día de hoy que se desvaneció del mundo dejando atrás habitaciones ordenadas, pomos limpios y cristales rotos. Dejó entrar el aire de un mundo puro y sin pretensiones en su hogar, y salió para que el aire habitara aquellas paredes.
En el patio, yo estuve aturdido durante horas. En el banquito de madera, bajo la sombra de los cerezos, sentí palpitar mis sienes. Y curioso es que en cuanto a las palabras del Padre Ortiz (y más en cuanto a las dudas que clavaron cual Martín Lutero a la puerta de la catedral de mi fe, con clavo oxidado y martillo viejo), jamás obtuve respuesta.
Fueron sílabas que quedarían por siempre ondeando al viento de aquella tarde primaveral de mil novecientos sesenta y seis.