El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.

lunes, 1 de abril de 2013

Deep River Blues

Deja que llueva. El río hace tiempo que se llevó los restos de mis cigarrillos. Y aquí estoy, con mi vieja guitarra, la que creí que jamás volvería a tocar por los recuerdos que me trajo cuando la desenfundé.
Un Deep River Blues carente de sentido. Una canción que incluso un ciego tocaría mejor. Pero me da igual. Es mi forma de hacerlo. Mis cuerdas ahogadas, mis notas desafinadas, y el humo saliendo de mi nariz.
"Pero oye, escúchame un momento: ¿desde cuándo estás aquí?"
"Hace mucho"
"Y todos esos días, ¿por qué jamás te vi?"

domingo, 10 de marzo de 2013

Una noche en el gueto

Es un susurro, apenas modulado. Los labios de la cantante besan con lujuria al micrófono, mientras su voz se cuela en los cerebros de cuantos hombres la admiran en el bar. Es un piano el que hace de fondo, un pianista deseoso de que todo termine para poderla espiar en los camerinos mientras se desnuda. Deseoso de poder ver, tras la cerradura, la voluptuosa figura de Miss Sunshine.
En la barra la observan atentos dos galanes bien vestidos. Se tratan como hermanos. Volvieron juntos de la guerra que no querían librar, pero en la que se vieron obligados a pelear con quienes no conocían. Quienes les resultaban totalmente extraños. Uno de ellos, pobre, no sabe que su "amigo del alma" es quien cada noche vigila la alcoba de su mujer para hacerla gozar. Y lo hace sin remordimiento alguno, con esa sonrisa pícara y socarrona que tanto exhibe en los bares.
Una chica sola más allá, en la esquina de la barra. Desde una esquina la miran de reojo un puñado de chacales rabiosos. Hombres sin escrúpulos. La razón por la que las damas se sienten inseguras cuando entran solas en uno de estos bares de mala muerte. La razón de que los hombres demos asco a las mujeres. En la cabeza de los chacales, no bullen más que los más bajos instintos de la humanidad. Desposeerla, desgarrar sus ropas, desgarrar su cuerpo... todo con tal de saciar una sed no ya de amor, si no de violencia. De misoginia y odio a cuanto las mujeres representan.
Y allí estoy yo, en la puerta, mientras el policía me saca a rastras. Me meten en la parte trasera del coche patrulla y arrancan a toda velocidad por la ciudad. Incapaz de moverme, me enciendo un cigarrillo mientras miro por la ventana cómo las luces pasan en la oscuridad. Como notas disonantes de la melodía del piano. Como si los dos hermanos de guerra se odiaran como deben. Como cuando los chacales acaben con esa chica en el callejón que hay tras el bar.
Me siento nostálgico, es la décima vez que me llevan al calabozo. Y todo ocurre siempre en noches como esta.
En una noche en el gueto.

jueves, 7 de febrero de 2013

El Enemigo

"El enemigo sonríe, entre apacible y severo, sentado en una poltrona acolchada. No es joven, no puede serlo. El enemigo tiene mil veranos con sus inviernos. Mil veranos en los que se ha dado a subir a la poltrona. Al trono del que, dice, no bajará."
Ante los ojos del asombrado muchacho, en la opaca negrura de una noche sin luna, se enciende una débil llama, mientras La Voz, cansada y ronca, como un susurro lleno de alcohol, sigue hablando.
"En el trono, el enemigo se siente seguro. Ajeno a lo que hay bajo sus pies. Ajeno a muerte, ajeno a dolor. Y observa su reino con ojos vidriosos, incansable, para que ningún extranjero ose entrar. Ante ellos, del desfiladero de su nariz aguileña, cuelga al borde de la muerte un par de anteojos pequeños, redondos y añejos."
Entre los susurros devotos de La Voz, el muchacho recibe la cerilla en que la llama baila, consumiéndola despacio, sin parar. Ahora, el chico ve sus propios dedos, a los que se acerca el fuego. Pero no debe soltar la llama. No debe. Así es el rito y así debe ser.
"Su cabeza brilla. El pelo del enemigo, el poco que queda, se ha vuelto blanco y ha dejado a la vista la mitad de su desnudo cráneo. Su labio superior, en cambio, que antaño era limpio, ahora es abitado por un sucio, espeso bigote. El enemigo, por noches de conciencia, tiene unas abultadas ojeras que cuelgan de sus párpados como sacos de carne muerta. Viste, haga frío o calor, ropa de lana y cuellos altos. No llora. Sus lágrimas se secaron años atrás."
El chico se quema y deja caer la cerilla, que se apaga. La noche vuelve a su oscuridad natural, y los ojos del joven se ciegan. Todo es azabache, carbón y hulla. La Voz se ha callado, y ahora sólo se oye el arrollo cercano correr, ajeno al ritual. Durante minutos, el muchacho siente que su corazón se para, y que ahora la sangre en sus venas es hielo puro. Rojo y espeso, pero hielo. Un escalofrío le recorre la espalda cuando una mano se posa sobre su hombro, y La Voz le habla al oído.
"¿Quién ha de morir?"

sábado, 3 de noviembre de 2012

Ya sabes quién

Sigues aquí. No hace mucho que me saludaste y me pintaste una sonrisa en la cara. A cada segundo tenía miedo de espantarte. De que pensaras "esto es demasiado para mí". Pero eso no pasó. Es curioso. A cada segundo que temía que huyeras, más me gustaba vivir con esa incertidumbre.
Sólo espero hacerte feliz, y lo sabes. Espero que, sea en el sentido que sea, pensar en mí te ilumine el día. Quizá sólo como un compañero de copas. Quizá sólo como alguien con quien hablar de Buda o Schopenhauer. Nunca se sabe.
Pero siempre así. Espero que te valga esta humilde misiva. Espero que te valga el saber que pienso en ti. Y no. Aún no sé cómo. Pero pienso en ti. Créeme: serás la primera en saberlo cuando en mi mente esté todo claro y cristalino como un riachuelo en una tarde de verano.

viernes, 31 de agosto de 2012

Proud Mary

Tú le dabas color a este lugar. Iluminabas con luz y música las calles de este triste pueblo perdido de la mano de Dios.
Los aplausos te hacían sonreír. Sigo pensando que a mí me sonreías por algo más que por llevar una guitarra al hombro. Pero lo importante es que ya no estás. Que te has ido y que sabe Dios cuándo volverás. Espero que vayas donde vayas, el mundo te de lo que mereces. Felicidad y buenos días, por supuesto. De esos en los que el sol brilla, los pájaros cantan y te despiertas cada día con gesto alegre.
Espero que estés donde estés, algún día vuelvas.
Y te invitaré a esa cerveza que te prometí. Y para entonces ya podré tocar Proud Mary.

jueves, 30 de agosto de 2012

Far Away

Lejos es donde estás tú. ¿En qué ciudad? No me importa. Simplemente, lejos. Siempre que encuentro algo bueno, lo encuentro lejos de este pozo de perdición. De envidia y desolación humana, donde los sentimientos no son sino matices de un gris gastado.
Te encontré lejos, y lejos sigues. Pero eso da igual. Iría a donde demonios fuera si eso me permitiera ver una vez más tu sonrisa y el brillo de tus ojos. Vale, quizás me falte el dinero. Y seguro que las piernas me flaquean una vez me suba al autobús. Pero llegue a donde llegue, el día es largo. La noche, también. Y mientras me acompañe mi guiarra. The Truth. La verdad. Mientras me acompañe mi guitarra, siempre habrá alegría en mi pequeño mundo. Sólo espero que la gente sea capaz de verlo y me deje alguna propina para que, además de alegría, haya comida.
Por la música es que no me siento solo. Y por ti es que no me siento un loco en un mundo de cuerdos. Sino un cuerdo en un mundo de locos.

lunes, 27 de agosto de 2012

Bajo los focos

Un mar de caras te observa, entre divertidas y prepotentes. Pretendiendo pensar que ellos lo pueden hacer mejor que tú. Pero antes de dejar que sus opiniones te dominen, plantéate algo: ¿por qué estás tú sobre el escenario? ¿Por qué son ellos los que observan y no los observados? Es bien sencillo: porque eres tú el que ha trabajado por estar ahí. El que ha buscado la forma de organizarlo todo, el que ha aprendido las canciones, y el que quiere dejar salir la música que hay en su interior.
Ellos no te miran así porque sean mejores. Ni porque crean que no mereces estar ahí. Te miran así por envidia. Porque la gente sólo observa cuando quieren ser ellos los observados. Por eso haz lo más lógico: devuélveles la mirada, sonríeles, háblales. Y toca.
Deja que de tus dedos y tu garganta salga una melodía. No tiene por qué ser perfecta: nada lo es. Pero es una melodía. Tu melodía, y no la suya. Así que, adelante: reúne tu valor, siéntate en esa silla, tras el micrófono, y canta. Rasguea. Sopla. Suelta toda la música que bulle en tu interior y silencia sus comentarios con tu voz.
¿Qué ha pasado antes y qué pasará después? Eso no importa. Ahora son ellos los que te escuchan. Son tu público, y tienes que dar la talla.