«Triunfaré sobre el nacimiento y la muerte y venceré a todos los demonios que hostigan al humano»
Sobre el niño, sentado sobre un loto, y su madre, yaciente y dolorida, herida por el elefante de seis colmillos, caía una lluvia de pétalos que lo volvía todo mágico e irreal. El niño era majestuoso. Era el hijo del rey. Era la meta de los perfectos. Aquello que todo ser debía anhelar, aquello a lo que cualquiera debía aspirar.
Aquello que se veía en el centro del Nirvana.
Ella lloraba lágrimas agridulces, de dolor y felicidad. Todo era hermoso y perfecto, y había nacido un santo.
Había nacido un santo.
"La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no" - Pío Baroja
El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.
jueves, 14 de julio de 2011
sábado, 4 de junio de 2011
Where do we go from here?
Se sienta sobre uno de los bancos del puente y se fuma un cigarrillo. El dolor aún es palpable, pero se ha vuelto a hacer parte de él. Como cuando era rechazado todos los días. Como cuando estaba solo. Como esas tardes, y esos días que no quiere que existan.
Contra el banco, su amante más fiel: la guitarra. Descansa en su funda, vieja y sucia. Da igual, no tiene por qué ser bonita. Ni por qué sonar bien: es suya y es lo que importa. Y como él, es siempre errante. Ever wanderer.
En su bolsillo palpa una baraja francesa y el estuche de una armónica. Otro par de amantes. Está rodeado de amor de ese que sólo dan los objetos. Que sólo miran, que sólo escuchan... pero que reconfortan a un corazón roto.
Y si las lágrimas llegaran al suelo, sería hora de irse a otro sitio.
Contra el banco, su amante más fiel: la guitarra. Descansa en su funda, vieja y sucia. Da igual, no tiene por qué ser bonita. Ni por qué sonar bien: es suya y es lo que importa. Y como él, es siempre errante. Ever wanderer.
En su bolsillo palpa una baraja francesa y el estuche de una armónica. Otro par de amantes. Está rodeado de amor de ese que sólo dan los objetos. Que sólo miran, que sólo escuchan... pero que reconfortan a un corazón roto.
Y si las lágrimas llegaran al suelo, sería hora de irse a otro sitio.
sábado, 26 de febrero de 2011
Viejo
Enciende la luz y mira por la ventana. Su rostro es venerable, anciano. Parece que polvo de un millón de años se cuele en sus arrugas cada noche. Su pelo blanco se aleja poco a poco de las sienes, huyendo de la juventud. Quiere morir.
Sus gestos son lentos, torcidos. Sus músculos son finos, débiles y temblorosos. Y si sus manos sirven para la mitad de cosas de las que podían hacer en buenos tiempos, puede dar gracia. Sus caricias languidecen y su sonrisa se apaga.
¿Y si sus piernas aún lo sostuvieran? Ahora están muertas, inútiles, sobre una silla de ruedas. Ya no correrá, ya no caminará. Lo que llega al suelo, en el suelo se queda, pues es inalcanzable para él. Las hojas de papel son tesoros olvidados en tierra de nadie. Nunca sabrá lo que cuentan: su vista ya no se lo dice. Las letras son borrosas, y las palabras, viejas y oxidadas. No sabe cómo evocarlas, no sabe cómo nacen ni cómo mueren. No sabe dónde los puntos caen, ni dónde las comas se arrastran.
Y, mirando al amanecer, muere. Muere.
... Duerme.
Sus gestos son lentos, torcidos. Sus músculos son finos, débiles y temblorosos. Y si sus manos sirven para la mitad de cosas de las que podían hacer en buenos tiempos, puede dar gracia. Sus caricias languidecen y su sonrisa se apaga.
¿Y si sus piernas aún lo sostuvieran? Ahora están muertas, inútiles, sobre una silla de ruedas. Ya no correrá, ya no caminará. Lo que llega al suelo, en el suelo se queda, pues es inalcanzable para él. Las hojas de papel son tesoros olvidados en tierra de nadie. Nunca sabrá lo que cuentan: su vista ya no se lo dice. Las letras son borrosas, y las palabras, viejas y oxidadas. No sabe cómo evocarlas, no sabe cómo nacen ni cómo mueren. No sabe dónde los puntos caen, ni dónde las comas se arrastran.
Y, mirando al amanecer, muere. Muere.
... Duerme.
sábado, 30 de octubre de 2010
Horror vacui
Le duelen las piernas al levantarse, como cada mañana. Sin desperezarse siquiera, legañoso, despeniado y encorvado por no ser capaz siquiera de estirarse aún, coge un bolígrafo y se sienta ante una hoja de papel.
Una hoja de papel que está blanca, y así lleva desde el principio de los tiempos. Como un rey orgulloso e impoluto que le desafía con la mirada. No puede ensuciarla. No puede someterla. No puede obligarla a nada. La ve y se horroriza. Siente temor, y no es para menos. Ese blanco impoluto parece absorberlo todo. Parece que lo borra todo de la faz de la Tierra con tal de expandirse.
Se posa una mosca sobre el papel.
Hoy las musas no están presentes.
Una hoja de papel que está blanca, y así lleva desde el principio de los tiempos. Como un rey orgulloso e impoluto que le desafía con la mirada. No puede ensuciarla. No puede someterla. No puede obligarla a nada. La ve y se horroriza. Siente temor, y no es para menos. Ese blanco impoluto parece absorberlo todo. Parece que lo borra todo de la faz de la Tierra con tal de expandirse.
Se posa una mosca sobre el papel.
Hoy las musas no están presentes.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Avalon
Si me despierto y aún es de noche, veo por la ventana un cielo opaco. Mi ventana da al Este y aún así no he dejado nunca que el Sol venga a darme los buenos días. Salgo de casa demasiado temprano.
Luego, mientras me siento solo en un autobús camino al matadero de pensamientos, fábrica de herramientas, miro por la ventana a las montañas. Picos agrestes y afilados que parecen desafiar a quien caiga del cielo: "venga, a ver si te cortamos". Son colmillos de la Madre Tierra que uno no ve en todas partes. Y menos así, al alcance casi de la mano.
Llega la mañana, y con ella se ven blancas las primeras nubes. En uno de los picos, veo brumas que se desgarran contra él. Se enganchan, y el viendo las lleva, ya desgajadas, más allá. Como restos de una prenda usada hasta la saciedad. Como los bajos del abrigo de un vagabundo. Se desgaja en el aire y se divide en millones de partículas.
No puedo evitar pensar en Avalon. ¿Eso imaginó el rey Arturo? ¿Eso quería ver entre las brumas de su lago?
Lo que yo querría ver tras las brumas no es Avalon. No es la morada de los Dioses. Lo que me gustaría ver entre la niebla de las montañas es una pequeña cabaña. Un cuadrado hecho con troncos, un dejado recio, leña junto a la puerta y un animal recién cazado frente a ella. Comida para por la tarde.
Tras las brumas, quiero ver mi hogar.
Luego, mientras me siento solo en un autobús camino al matadero de pensamientos, fábrica de herramientas, miro por la ventana a las montañas. Picos agrestes y afilados que parecen desafiar a quien caiga del cielo: "venga, a ver si te cortamos". Son colmillos de la Madre Tierra que uno no ve en todas partes. Y menos así, al alcance casi de la mano.
Llega la mañana, y con ella se ven blancas las primeras nubes. En uno de los picos, veo brumas que se desgarran contra él. Se enganchan, y el viendo las lleva, ya desgajadas, más allá. Como restos de una prenda usada hasta la saciedad. Como los bajos del abrigo de un vagabundo. Se desgaja en el aire y se divide en millones de partículas.
No puedo evitar pensar en Avalon. ¿Eso imaginó el rey Arturo? ¿Eso quería ver entre las brumas de su lago?
Lo que yo querría ver tras las brumas no es Avalon. No es la morada de los Dioses. Lo que me gustaría ver entre la niebla de las montañas es una pequeña cabaña. Un cuadrado hecho con troncos, un dejado recio, leña junto a la puerta y un animal recién cazado frente a ella. Comida para por la tarde.
Tras las brumas, quiero ver mi hogar.
martes, 17 de agosto de 2010
Ganado
He visto a las montañas desperezarse, tímidas, bajo un gris sol de las mañanas del norte. Lo he visto borracho, desde un coche que ya ni recuerdo de quién es.
Y seguramente el conductor también fuera borracho, pero Dios, Buda o Alá quisieron que no nos estrelláramos. A toda velocidad entre curvas de carretera comarcal, ¿y qué más da? El que manda quiere que sigamos vivos. No sé para qué quiere a los demás. Yo a veces creo que me quiere para divertirse conmigo.
Como AM en el relato de Ellison, como si yo no tuviera boca pero debiera gritar. Como un juego macabro. Me desvivo por ser buena persona. Me desvivo por no hacer daño. Y me desvivo por poner la otra mejilla. ¿Es injusticia o falta de autocrítica? Y sea lo que sea, ¿qué más da?
Al fin y al cabo, a veces me excita que me castiguen.
Y al final, me acurruco, todo cicatrices y todo excitación. Me acurruco solo en una esquina de la cama, mientras el mundo se va. Vienen amigos y se van enemigos. Vienen enemigos y se van los amigos. Y yo, acurrucado en la oscuridad, veo el amanecer venir por la ventana. Y otro día empieza. ¿Haré algo? ¿Algo fuera de esa ridícula variedad que nos hace creer libres?
No. Haré lo que hacen todos. Los que entran en manada a las discotecas, los que entran en manada a un instituto, los que entran en manada a un bar, o los que van en manada a la playa. O incluso los que viven mal todo el año para poder permitirse unas vacaciones.
Qué más da. Al fin y al cabo, hay muchos tipos de ganado.
Ganado vacuno, porcino, bovino... y humanoide.
Y seguramente el conductor también fuera borracho, pero Dios, Buda o Alá quisieron que no nos estrelláramos. A toda velocidad entre curvas de carretera comarcal, ¿y qué más da? El que manda quiere que sigamos vivos. No sé para qué quiere a los demás. Yo a veces creo que me quiere para divertirse conmigo.
Como AM en el relato de Ellison, como si yo no tuviera boca pero debiera gritar. Como un juego macabro. Me desvivo por ser buena persona. Me desvivo por no hacer daño. Y me desvivo por poner la otra mejilla. ¿Es injusticia o falta de autocrítica? Y sea lo que sea, ¿qué más da?
Al fin y al cabo, a veces me excita que me castiguen.
Y al final, me acurruco, todo cicatrices y todo excitación. Me acurruco solo en una esquina de la cama, mientras el mundo se va. Vienen amigos y se van enemigos. Vienen enemigos y se van los amigos. Y yo, acurrucado en la oscuridad, veo el amanecer venir por la ventana. Y otro día empieza. ¿Haré algo? ¿Algo fuera de esa ridícula variedad que nos hace creer libres?
No. Haré lo que hacen todos. Los que entran en manada a las discotecas, los que entran en manada a un instituto, los que entran en manada a un bar, o los que van en manada a la playa. O incluso los que viven mal todo el año para poder permitirse unas vacaciones.
Qué más da. Al fin y al cabo, hay muchos tipos de ganado.
Ganado vacuno, porcino, bovino... y humanoide.
martes, 13 de julio de 2010
Summer Love
El fuego lame con furia la oscuridad del cielo de la noche. Un cielo negro, opaco, sin estrellas. Una noche cálida, seca, veraniega.
Sobre la arena, ante el fuego, dos personas hablan, sus ojos como platos fijos en las llamas.
"¿Cuánto hace de aquello?"
"¿Cuánto hace de qué?"
"De nuestro primer beso en esta playa"
Los dos piensan. El verano se acaba poco a poco, y ese romance amenaza con dejarlos atrás, cuando vuelvan a sus casas. Amenaza con morir súbitamente, con acabar con lo que quedaba de sus corazones rotos. Amenaza, con esos últimos coletazos en la noche, en la playa, en el lugar donde todo empezó, amenaza con matar su felicidad.
"No lo sé. ¿Nos despedimos con otro?"
Obnublinados, siguen mirando al fuego. Esa hoguera es más alta que la primera que encendieron. Es como una despedida a lo grande, una torre que se ha ido formando en esos dos meses de romance, de pasión y de sexo rápido en los sucios retretes de un bar. Ella se inclina y apoya su cabeza sobre el hombro de él. Y mientras tanto, se escuchan de fondo las "Full Moon Nights". Los acordes lentos y elegantes los mantienen hipnotizados.
"Creo que no"
"Que no, ¿qué?"
"Que no deberíamos despedirnos con otro beso"
"¿Por qué?"
"Porque no deberíamos despedirnos"
Las olas rompen, y los dos se desnudan despacio. Las luces de ciudad que atraían a Loquillo parpadean a lo lejos. Las Full Moon Nights se acaban. El calor del verano se desvanece.
Y ambos caminan de la mano hacia el mar.
Sobre la arena, ante el fuego, dos personas hablan, sus ojos como platos fijos en las llamas.
"¿Cuánto hace de aquello?"
"¿Cuánto hace de qué?"
"De nuestro primer beso en esta playa"
Los dos piensan. El verano se acaba poco a poco, y ese romance amenaza con dejarlos atrás, cuando vuelvan a sus casas. Amenaza con morir súbitamente, con acabar con lo que quedaba de sus corazones rotos. Amenaza, con esos últimos coletazos en la noche, en la playa, en el lugar donde todo empezó, amenaza con matar su felicidad.
"No lo sé. ¿Nos despedimos con otro?"
Obnublinados, siguen mirando al fuego. Esa hoguera es más alta que la primera que encendieron. Es como una despedida a lo grande, una torre que se ha ido formando en esos dos meses de romance, de pasión y de sexo rápido en los sucios retretes de un bar. Ella se inclina y apoya su cabeza sobre el hombro de él. Y mientras tanto, se escuchan de fondo las "Full Moon Nights". Los acordes lentos y elegantes los mantienen hipnotizados.
"Creo que no"
"Que no, ¿qué?"
"Que no deberíamos despedirnos con otro beso"
"¿Por qué?"
"Porque no deberíamos despedirnos"
Las olas rompen, y los dos se desnudan despacio. Las luces de ciudad que atraían a Loquillo parpadean a lo lejos. Las Full Moon Nights se acaban. El calor del verano se desvanece.
Y ambos caminan de la mano hacia el mar.
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