El dolor es la liberación de una mente atada a la realidad. Sólo a través del dolor podemos encontrar el camino a la nada, al punto cero. A olvidar todo lo que nos ata. Y volver a empezar.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Hogar

Huía. Huía como huyen los conejos de los perros de presa. Me acordé de Frank, mi pequeño amigo de la infancia, y de cómo con sus bigotes temblorosos me saludaba todos los días. Sentía pena por lo que supuse que habían pasado sus padres.
Me escondí raudo y veloz en las calles de un pueblecito perdido entre los bosques. Pequeñas cabañas de madera y paja que simplemente estaban allí. Ninguna tenía una historia. En ninguna había sucedido una catástrofe, ni en ninguna había salido adelante una familia de esas que llaman la atención de los medios. En niguna había nacido un Edgar Allan Poe, ni un Rick Danko. No. Las casas de aquél lugar llamaban la atención de uno por otra razón. Era algo que no podías ver, ni oir, ni tan siquiera tocar. Era como sentirse en casa. Pero no en el hogar, con tu familia, ni en un lugar en el que lleves toda tu vida, sino realmente en casa. Podías sentirte cómodo incluso aunque pasaras las horas de pie. Podías amar aquél lugar sin siquiera esta allí. Simplemente, sabías que era tu hogar. Sin necesitar nada más, podías estar dispuesto a morir por aquellas cabañas.
Y lentamente, olvidé lo que me perseguía. Olvidé todo.
Y me sumergí en aquellas calles.
Y volví a casa.

miércoles, 29 de julio de 2009

Labios que besan y ríen

Labios que susurraban mi nombre, entrelazado entre los versos de un atrayente poema. Labios rojos y frescos, como los pétalos de una rosa, que parecían hacerme trizas con cada palabra. Labios suaves, que dejaban salir una voz cálida, pero con un tono que hundía mi ego.
Labios que dejaron de hablar y se torcieron en una sonrisa que me pareció afable.
Labios que se acercaron y besaron lo poco que quedaba de mí.


Ríete, sí... dame el placer de oir tu burla sin palabras. Tu insulto sin sílabas.
Déjame que me bañe en esa risa, que recuerde cada ápice de ella para odiarla más que nunca. Déjame tener pesadillas con ese sonido, con ese gesto.
Ríete y vuelve a reírte, que quiero imaginar cómo explota ese pecho que sube y baja frenéticamente. Quiero imaginar que mientras te ríes, mil cosas horribles te pasan para acabar con ese ruido. Quiero imaginar que te atropellan, que te queman, que te aplastan, que te despellejan y te descuartizan.
Ríete, sí... ríete...
Aprovecha lo que te queda.

viernes, 10 de julio de 2009

El Reducto - Capítulo 1

Humo, frío y una copa de coñac sobre el escritorio.
Era exactamente igual que todas mis noches de soledad. Suponía que pronto caería dormido, finalmente vencido por el sopor de la embriaguez, y despertaría al día siguiente con los huesos molidos.
Pero aquél día era distinto. Pasaban las horas, y el sueño no conseguía derrotar a mis párpados.
Amaneció incluso, y los pájaros empezaron a cantar.
Ni siquiera había cerrado los ojos, más que para parpadear. Era horrible. Ni siquiera me podía mover, pues seguía absorto mirando a la nada.
Pronto todo empezó a cambiar. Los colores se mezclaron y se fundieron en un negro espeso y opresivo. Los olores, sonidos y demás entes desaparecieron por completo, y pronto quedé solo en la oscuridad, sintiéndome indefenso y abandonado como un niño perdido en un centro comercial.
El humo ya no estaba, y mi copa de coñac se había ido a un lugar muy lejano. El regusto de mi último trago seguía aún en mi boca, escapándose muy despacio por el hueco de mi garganta.
Un objeto blanco, cuya forma no pude determinar, pasó ante mis ojos como una centella. Volvió a pasar unas cuantas veces, mientras yo lo en vano buscaba entre la negrura. Parecía algo a lo que, en aquéllas circunstancias, me hubiese agarrado sin vacilar.
Intenté moverme de lugar, pero parecía no avanzar. La oscuridad era tan súmamente uniforme que no notaba mis propios movimientos, ni sabía a dónde miraba.
La forma blanca se detuvo ante mí, y al fin logré identificarla como un pájaro. Parecía un águila, pero era totalmente albina, incluido el pico y las garras.
Me miraba, curiosa.
-¿Te has perdido?-me dijo, supongo que al ver mi expresión de desconcierto.
Sentí que me caía al suelo, pero al no haber suelo no sucedió nada. Sólo mi mueca de susto se mantenía ante el extraño ser.
-¿Estás bien?-repitió.
La negrura se iba disipando, y miles de tonos verdes se asomaban a mis ojos, mientras el águila me miraba con expresión de desconcierto y la cabeza torcida. Lo miré todo, aterrado. Apenas hacía una hora que estaba en mi despacho, terriblemente deprimido, y de pronto...
De pronto, me sentía como en casa.

domingo, 14 de junio de 2009

Paz

Sentía el sol en su piel, el agua en sus manos y la arena en sus pies. Todo lo que rodeaba a la muchacha era paz. Agradable y placentera paz. Y aunque toda paz es apetecible, aquella era especial. Era como la calma que precede a la tempestad, pues todos sabían lo que se avecinaba.
El mundo lo sabía.
Todos esperaban aquello, y sabían que llegaría pronto. La brisa marina agitó los cabellos es la feliz joven, que se levantó y miró al horizonte, mientras el sol se ponía tras las olas, tras el ya oscuro mar que le protegía.
No se sobresaltó cuando los cazas salieron zumbando desde donde desaparecía el astro rey. Al contrario, caminó tranquilamente por la arena, sin siquiera mirarlos. Escuchó las balas, los gritos, las explosiones y el fuego. El fuego que subía cada vez más alto hacia la negrura de la noche.
La última noche de paz.

martes, 9 de junio de 2009

Nos dan la bienvenida - Fin

Corrí por los pasillos, asestando puñaladas aquí y allá, y dejando que la naturaleza hiciera el resto. Los alumnos, desconcertados, corrían de lado a lado, pisándose unos a otros. Los profesores, en cambio, pretendían parecer seguros, pero su gesto les delataba horriblemente. Se veía en ellos un terror enorme a la insubordinación de sus pequeñas marionetas. Eran como títeres sin hilo.
Me lancé sobre uno de ellos, que dejó soltar un gemido ahogado antes de que le dejara sin aire de un golpe. Vi cómo me miraba, con un indescriptible terror y una incomprensión enorme en sus ojos, como si no entendiera qué había hecho. Me daba igual que no se diera cuenta. Una puñalada, y tendríamos que preocuparnos de un estúpido menos.
Alcé el cuchillo, pero algo me detuvo.
Era él.
El niño bueno.
Mi otra parte.
Estaba ahí.
Volví pronto a la normalidad. Poco a poco volvieron los colores, las formas y los gritos. Los hermosos gritos. Intenté asestar el golpe, pero algo me retenía.
Un tipo grande y fuerte me sujetaba, semidesesperado, con sus dos brazos. Intenté atacarle con la otra mano, pero otro tipo me estaba sujetando por el otro lado. Pataleé locamente, y logré acertar al profesor sobre el que estaba sentado, que se quedó tirado en el suelo mientras me arrastraban.
Me llevaron, con los pies rozando el suelo, a través del pasillo, mientras veía todo lo que me rodeaba. Muerte, muerte, muerte y más muerte. Me di cuenta de que lo veía monótono. Ya no me excitaba.
Me sacaron del instituto, y me metieron en un furgón.
Y me llevaron a donde creían que debía estar.
Y jamás volví a ser el niño bueno.

martes, 2 de junio de 2009

Musa

Apareció como aparece la primavera: rodeada de hermosas melodías y atractivos colores. Adornada por increíbles imágenes y envuelta en un halo de serenidad.
Se ofreció a los ojos de un pobre iluso que se creía artista, y le enseñó (por piedad, principalmente) lo que es la belleza. Le demostró que había algo más que cuartetos, pareados y formas definidas. Que había algo más que novelas, canciones y cuadros. Había algo más, y se llamaba naturaleza.
"Sal de tu estudio", le dijo. "Sal y pinta lo que la naturaleza te ofrece. No pintes lo que ves, ni lo que imaginas, sino lo que hueles, lo que oyes y lo que tocas."
El pobre diablo, cerrado hasta más no poder, apenas comprendía las palabras de la musa que se le acababa de aparecer. No entendía lo que le estaba mostrando ella, y la miró incrédulo y con la mandíbula floja.
Pero el poder de la musa no acaba en su belleza ni en su melodiosa voz, no. La musa acompañó al supuesto artista fuera de su estudio, y lo llevó al bosque. Allí, bajo la sombra de los árboles, se tumbaron juntos durante horas. Ella expectante; y él sin acabar de comprender, pero sobrecogido por lo que le rodeaba.
Horas y horas, días y días transcurrieron, hasta que los ojos del artista finalmente se abrieron. La musa lo supo entonces, y se fue, dejando florecer la semilla que había plantado en aquél simple hombre.
Desde entonces, el pobre diablo que llevaba años vendiendo sus obras por sumas millonarias se hizo artista.
Pasaron los años, y sus obras cada vez eran más hermosas. Cada vez eran más dignas de lo que representaban.
Cuando el hombre murió, finalmente, en su humilde casita colgada en una abrumadora montaña. sus últimas palabras quedaron escritas sobre el papel, quizá con la esperanza de que alguien las encontrara algún día. Sólo eran dos palabras, pero lo decían todo. Lo decían todo para él, al menos.
"Gracias, Nanah"

Mierda

Hace tiempo, un día que fui al baño, los años de pensamientos profundos se me antojaron inútiles y estúpidos.
Llevaba yo mucho tiempo pensando en el sentido de la vida, en lo que era y en el por qué de ella, cuando lo vi. Era el excremento más grande y más marrón que la humanidad había concebido. Era, en definitiva, algo casi fuera de toda descripción.
Rodeado de moscas y mal olor, se bañaba aquél deshecho en la estancada agua del "aliviadero", inundando con su penetrante hedor toda la estancia y provocando arcadas a todo el que osara mirarla.
No pude detenerme mucho tiempo a admirarla, pero, justo antes de tirar de la cadena, supe que había hallado la respuesta (al menos mi respuesta), a la gran pregunta:
¿Qué es la vida?